Email del 19 de febrero 2020

Andy Warhol. Suicide (1964)

Textos inconclusos sobre personajes de mi barrio (o la vagancia del escribidor inepto). Texto número 5: Marcio

El día que Marcio Qulotte se arrojó por la ventana yo estaba convencido de que debía acabar con todo de una maldita vez. Cuando me enteré del resultado de su artístico salto, retrasé mi autoeutanasia hasta comprobar que la conmoción vecinal se apaciguaba un poco, pues Marcio era un sujeto amable, bondadoso y muy respetado en cualquier contexto, circunstancia (o como diantres se pueda llamar), al que no se le podía adjudicar ningún defecto demasiado significativo. Sin embargo yo era un tipo ruin, autoritario, codicioso, cruel, rencoroso, arrogante, egoísta, envidioso, intolerante, irritable, fanático, racista, misógino, ególatra, pedante, maleducado, hipócrita, caprichoso, resentido, vengativo, egocéntrico, tacaño, corrupto, falso, indiscreto, pendenciero, avaro, despiadado, testarudo, maleducado, vanidoso, engreído y provocador. Sí, ya sé que en varias ocasiones y en varios textos he detallado mis características más negativas, aunque juro por la infanta Elena que no me he copiado a mí mismo. Esta nueva lista es más personal que las anteriores y contiene un mayor número de adjetivos negativos. Pero, prosigamos… Algunos vecinos dicen que Marcio se precipitó al vacío disfrazado de Duarte da Costa, otros que lo hizo vestido de Juana de Arco. Sea lo que fuere, mi opinión es que Marcio Qulotte se quitó la vida porque se le infectó un uñero. Por lo menos eso es lo que me manifestó el espíritu de Carlotto Monachera por medio de la ouija. Carlotto fue un antepasado de Marcio, y a pesar de que cada vez que se aparecía para contarme chismorreos del pasado acabábamos jugando al corro chirimbolo, su compañía, aunque fuese francamente ectoplasmática, me distraía de los problemas que me ocasionaba sobrevivir. Sin embargo todo cambió el día que Josefinita Pulpillo, compañera sentimental espectral de Carlotto, decidió no volver a dar señales de vida, bueno, en este caso sería mejor decir señales de muerte, aduciendo que con cada aparición ganaba un kilo corporal. ¡Mierda! ¡Creo que me estoy liando! Voy demasiado deprisa y no me centro en la verdadera personalidad del fallecido. Marcio Qulotte fue en vida un tipo bastante bien parecido que se pegaba a sus amigos como un caramujo. Aunque su familia era una combinación de orígenes (brasileño y francés), él se sentía como pez en el agua en Benimaclet y siempre que podía manifestaba su intención de casarse con una brasileña despampanante o incluso una atractiva francesita residente en Valencia capital o en algunos de sus distritos más importantes. ¡Recuerdo el día en que me enteré de que solo tenía 28 años! Lo recuerdo porque la envidia se aferró a mi pulmón izquierdo y estuve parte de la jornada carraspeando como un contratenor destituido. En lugar de felicitarle efusivamente por su bendita juventud, se me ocurrió deslizarme como un indio arapahoe por detrás y pegarle en la espalda la foto de un ano escocido. Por supuesto, él se dio cuenta y en lugar de estrangularme hasta la muerte allí mismo, me pegó un par de palmaditas bastante amigables en un hombro mientras se partía de risa con mi falta de sutileza.

Al final Marcio Qulotte se transformó en un efecto prostético de un film de serie B. Mi amigo Jonjo vió cómo retiraban sus despojos diseminados en un radio de 120 metros cuadrados. Incluso un bombero tuvo que subirse a una farola pública para retirar con mucho cuidado su nariz (la de Marcio, no la del bombero) que se había quedado atascada entre la lámpara y la luminaria. Días más tarde, la exalcaldesa de la ciudad se presentó en el barrio con todo su séquito de chupópteros y bautizó la calle donde Marcio se quitó la vida como Avenida de la República Federativa do Brasil. Et vive la France!