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| Zinaida Serebriakova. In the dressing room ballet (Swan Lake) 1924 |
Amiga:
Nunca imaginé que mi anuencia terminaría con semejante perorata, pero es lo que sucede cuando alguien consiente por inconsciente. Y aunque realmente no me trajo demasiadas disfunciones emocionales en los días posteriores, en ese instante tuve que aguantar casi dos horas de discurso filfoso, pigre y banal, emitido por un sujeto de carácter enteco, gofo, mendaz y atrabiliario. Cuando el fatuo zote terminó de sentirse lo que no era y nunca llegaría a ser, yo permanecí enhiesto como una figura estantigua, aunque por dentro los torzones urentes convertían mis vísceras en entrañas teratológicas.
Ahora voy a tratar de desarrollar lo mismo, pero de una manera menos afectada. Básicamente intentaba explicarte lo que sucedió después de que ese botarate me pidiera permiso para despotricar sobre las maravillas de la existencia y lo que verdaderamente significaba el vocablo Dios. Todo sucedió cuando me encontraba sentado en un buchinche, perdón, en una taberna vieja y descuidada, charlando con un tipo que había conocido unos pocos minutos antes. En un momento dado la conversación se desvió del clásico tema político (derecha contra izquierda) a Dios, Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra y único ser existente como tres personas diferentes (el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo). Obviamente, como ateo, nihilista y hereje, ese cambio de debate me dejó tan frío que en un momento dado solté una pedorreta que enfureció a mi interlocutor. Fue en ese instante cuando se levantó de la silla y me pidió permiso para decirme lo que pensaba sobre los negacionistas del Santísimo (sic).
Por supuesto, cuando el zarramplín (o pelagatos) se largó caminando en posición de crucifixión, lo que le daba un toque de humor esperpéntico a lo que había sucedido, yo saqué el cañivete que siempre llevo conmigo y me limpié los restos de los calamares que me había zampado antes de conocer a semejante prototipo. Luego, con aspecto transido y fatigado me incorporé y me dirigí al local de unos amigos donde, a modo de monipodio, conspiran contra cualquier cosa, hecho o incluso significado que huela a zahúrda, cochiquera o porqueriza, y los contraté para que me disfrazaran de princesa Odette.
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