Email del 13 de febrero 2020

Rogier van der Weyden. Demons tortures a sinner (XIV-XV cent.)

Hola:

Cada manchita que camina por la calle es una persona. Lo sé porque cuando me pongo las gafas dejan de ser ONIS, es decir, objetos no identificados y se convierten en individuos pertenecientes a la especie humana. En algunas ocasiones, en lugar de ponerme las lentes, me pongo una capucha medieval o un gorro renacentista, por lo que sigo sin distinguir si esas manchitas son personas o miodesopsias oculares, pero me siento muchísimo más exótico, y por lo tanto, extraordinariamente realizado. Sin embargo cuando me tapo los ojos con las manos, exceptuando algunos fosfenos más o menos desperdigados, no veo una jodida mierda. Eso me cabrea, y cada vez que me enfado acabo dejando de seguir a 300 o 400 followers en Instagram. Por esa razón se me conoce en dicha red social como «el sulfurado extasiado», «the angry spanish anhedonic«, «l’espagnol en colère» o «злобный ангедонец«.

En algunos de esos momentos en los que llevo las gafas o incluso las lentes de contacto puestas, y sé que cada manchita pertenece a un tipo, una tipa, o una mezcla indeterminada de ambos, siento unas terribles ganas de apretar el botón que me regaló la Virgen Tarzana de los Homo sapiens en una de sus repentinas apariciones tarzanianas. La Virgen me aseguró que si en alguna ocasión decidía apretarlo, el planeta se resquebrajaría como una pantaleta provocando la caída de todos sus habitantes a lo que ella denominó «el abismo sulfúreo de Asmodeo». Si no lo he apretado de momento ha sido porque el adjetivo indefinido «todos» implica que yo también. Y yo no estoy preparado para caer sobre una especie de fosa surgida gracias a un colosal resquebrajamiento sistematizado. Ojalá volviera a aparecerse la Virgen Tarzana de los monos, quiero decir, de los Homo sapiens, y me permitiese cambiar ese botón por otro en el que se me excluyera a mí del total aniquilamiento.

Me duele la cabeza. Supongo que es un efecto secundario de la maldad. ¡También me duele el estómago, el hígado y el páncreas! Sospecho que son los efectos colaterales. ¡La perversidad es una cualidad! ¡También es un don! Pero cuando hablo de maldad no me refiero a la de los hermanos Malasombra de Los Chiripitifláuticos, sino a la verdadera iniquidad. Esa fuerza psíquica, y de alguna forma espiritual, que nos convierte en extasiados andantes y que alegra cada uno de nuestros días y nuestras noches. ¡Mejor nuestras noches! Ser vil implica un desprecio tan sumamente exquisito que no está al alcance de todos. Puedes llegar a matar. A matar y descuartizar. A matar, descuartizar y comerte las porciones, pero nunca llegarás a ser tan maligno y depravado como… como ese número bastante apreciable de manchitas que caminan por las calles. Nuestras calles. Aunque también son sus calles. ¿Lo recuerdas?

Abigor López