![]() |
| Theodor Severin Kittelsen. Spider (XIX-XX cent.) |
Querida:
Cada vez que llego a una determinada fase de la existencia, y créeme, en mi caso hay un número considerable, acabo llegando a la misma conclusión. ¿Cuál es? ¿Cuál es? No puedo decírtelo. ¡Pero podría ofrecerte algunos buenos indicios! Si no te gusta jugar a las pistas podría invitarte a un bocadillo de anchoas, por supuesto cuando termine el estado de alarma. Si es que termina alguna vez, pues siempre que me asomo a la ventana escucho toses, estornudos y carraspeos. Claro que dentro de mi casa también escucho toses, estornudos y carraspeos. Y eso que vivo solo. Bueno, me refiero a que soy el único humano. ¡Aunque no siempre he vivido solo! En el pasado tres lustrosos arácnidos de patas largas se ocultaban detrás de mi ataúd. Déjame que te explique…
Hace un par de años me tocó un féretro en un concurso de pensamientos fúnebres. Se lo ofrecí a mis amigos, pero ninguno quiso quedárselo, así que terminé llevándomelo a casa y arrimándolo a una pared. Con el tiempo fui almacenando bebidas y vasos hasta acabar transformándolo en algo parecido a un mueble bar, eso sí, bastante tétrico aunque con un toquecito chic. Y era en ese enser donde vivían mis arañas. Generalmente se ocultaban entre la parte posterior y el tabique, aunque en ocasiones se aventuraban y emprendían pequeñas excursiones hacia el sofá de tres plazas.
A la más vieja la llamaba Vieja. A su pareja la llamaba, Pareja. Y a la más pequeña, Pequeña, aunque a veces, sobre todo cuando me enfadaba, me refería a ella como la «jodida renacuaja con ocho ojos convexos y ocho patas filamentosas». En realidad nunca supe si fue la hija de Vieja y Pareja o solo una prima lejana. De una cosa estoy seguro: Pequeña era retrasada mental. La primera vez que me di cuenta fue el 13 de febrero de 2018. Me acuerdo porque ese mismo día llegué a una de esas considerables conclusiones existenciales sobre las que te hablé en el primer párrafo. Recuerdo que estaba tumbado sobre una alfombra estrujándome la sesera e intentando mentirme a mí mismo acerca de la manera de soportar la estulticia moral y el cretinismo emocional de esta infecta sociedad, cuando de repente escuché unos ruiditos semejantes a los que haría un bedel cojo golpeando con una muleta sobre un colchón de látex. Cuando acerqué mi ojo y mis narices hacia el lugar de donde provenían dichos crujidos, aunque creo que sería mejor llamarlos estridencias o chasquiditos, observé a Pequeña restregándose sobre sí misma de la misma forma que se restregaría un psicótico intersexual sobre sí mismo para obtener interplacer. Cuando puse uno de mis dedos sobre ella, más que nada para saber si se encontraba bien o por el contrario estaba teniendo algo semejante a un ataque de pánico arañil, Pequeña me mordió cerca de la lúnula. Para ser exactos a tres centímetros del eponiquio. Si no la aplasté allí mismo fue porque cuando giré la cara 37 grados pude ver a Pareja que me miraba como diciendo «muchacho, si la revientas me demostrarás que no eres lo que yo creía que eras», así que terminé perdonándole la vida y preguntándome a mí mismo en voz baja cuál era la verdadera definición de calzonazos.
Algunos días más tarde sucedió algo semejante, solo que en esa ocasión, Pequeña me mordió una oreja. Cuando me disponía a mandarla con el gran creador de las arañas, el dios Chelicerata, volví a reparar en Pareja, que desde un intersticio poco parecido a un resquicio me observaba. Y tres meses después me mordió en la frente. Y dos semanas más tarde en el ano. Desde luego no voy a contarte por qué me mordió en esa parte tan alejada de la cara, pero seguramente iría borracho (yo, no Pequeña).
El tiempo pasaba y cada vez que era mordido por la «jodida renacuaja con ocho ojos convexos y ocho patas filamentosas» mi ira se desbordaba. Sin embargo la cuádruple mirada de Pareja me hacía retroceder. Hasta que un día contraté a una asistenta y al final de la primera jornada le pegó fuego al edificio. Murieron la asistenta, nueve vecinos, tres perros, siete gatos y Vieja y Pequeña. Cuando me senté sobre un escalón chamuscado tratando de reponerme de la pérdida de todos los enseres que había atesorado durante mi vida, noté una presencia en la lejanía del peldaño: era Pareja. ¡Y cuando enfoqué mis ojos sobre los suyos pude entender lo que me decía! ¿Qué me decía? ¿Qué me decía? No puedo contártelo. ¡Pero podría ofrecerte algunos buenos indicios! Si no te gusta jugar a las pistas podría invitarte a un bocadillo de anchoas, por supuesto cuando termine el estado de alarma. Si es que termina alguna vez, pues cada vez que me asomo a la ventana escucho toses, estornudos y carraspeos.
G
