Email del 5 de abril 2020

Roberto Bernardi. Supermarket (21st century)

Amiga:

El viernes pasado fui a comprar a un supermercado. Como carezco de mascarilla me protegí la boca y la nariz con una rebanada de pan Bimbo con corteza, ya sabes, el clásico de toda la vida. Cuando me puse delante de la cajera dispuesto a pagar mi compra se acercó uno de los de seguridad, y con cara de trasgo íngrimo me recriminó mi actitud, según él, excesivamente socarrona. Estaba claro, aunque él nunca se dio cuenta, que después de más de un mes soportando al patarata COVID-19 mi paciencia había llegado a un punto sin retorno, así que sin mediar palabra saqué de uno de los bolsillos mi varita mágica telescópica y transformé al segurata en una faja moldeadora y contenitiva de color crema. A los pocos segundos del acontecimiento mágico dos tipas que hacían cola se arrojaron de cabeza a por la prenda. Te juro por Cosme Engracia, el amante ágrafo y egótico de tu tía Esmeralda, que cuando salí del establecimiento todavía se peleaban por el delusivo ceñidor, más o menos elástico.

Después de aprovisionarme de víveres me dirigí a la farmacia. Al entrar el farmacólogo me pidió que que me quitara la rebanada porque no entendía lo que le decía. Yo le respondí que acababa de decir «hola», sin embargo él seguía en sus trece y cuando le pedí Hemorrane me trajo Vagisil. Como creía que me estaba vacilando volví a sacar la varita y lo transformé en una estatua de arenisca que representaba al furor uterino desquiciado. Al percatarme de que era el único boticario en esos momentos, salté el mostrador y me llevé todos los geles hidroalcóholicos, guantes de látex y laxantes que pude conseguir. Tuve mucha suerte porque justo cuando salía hacia la calle entró una anciana con aspecto de lambrucia superferolítica que me miró durante casi un minuto de una manera asquerosamente despectiva.

Antes de subir la escalera para dirigirme a mi domicilio me senté sobre el suelo del cuarto de los contadores, pues sabía que allí estaba seguro de que no me vería ni la poli ni el ejército, y llegué a una extraordinaria conclusión que no debería dejar indiferente a nadie: aunque suenen fonéticamente similares, «Bochinche» y «Buchinche» tienen significados totalmente diferentes.

Greg «Silueta integral» López