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| Jehan Georges Vibert. La distraction (1888) |
“Que nadie le toque las pelotas a alguien que ya ha decidido que se las han tocado en demasía.”
(Proverbio benimacletero)
Hace algunos años me distraje de lo que estaba haciendo, aunque no recuerdo qué estaba haciendo. Supongo que meditando sobre la imbecilidad o algo parecido. El caso es que me distraje de lo que estaba haciendo. Ah, ya recuerdo qué es lo que estaba haciendo: recitaba una poesía bastante tristona. Por lo tanto no meditaba sobre la imbecilidad o algo parecido, aunque supongo que al mismo tiempo que recitaba una poesía bastante tristona podía estar meditando sobre la imbecilidad o algo parecido. Sea como fuere, me distraje de lo que estaba haciendo. El resultado de la distracción cambió mi vida. En realidad cambió la vida de todos los que me rodeaban en aquel momento. Y la vida de todos los que rodearon en un momento u otro a aquellos que me rodeaban en aquel momento. Y la de los hijos e hijas de todos los que rodearon en un momento u otro a aquellos que me rodeaban en aquel momento. Por supuesto, también a los hijos e hijas de los que me rodeaban en aquel momento. Y a sus padres y madres. Y a sus suegros y suegras. Y a sus yernos y nueras. Y a sus amantes de ambos sexos. Y a sus perros o perras y gatos o gatas. Incluso al hámster de sexo indefinido de la sobrina de uno de ellos. Supongo que a esa sobrina también. Por lo tanto ese resultado cambió la vida de todos los sobrinos y sobrinas de todos los que me rodeaban en aquel momento. Y la vida de todos los sobrinos y sobrinas de todos los que rodearon en un momento u otro a aquellos que me rodeaban en aquel momento. ¡Fue un verdadero desastre! Todo por haber intentado hacer dos cosas a la vez, es decir, recitar una poesía bastante tristona (aunque no está contrastado) y meditar sobre la imbecilidad o algo parecido.
Desde ese instante de hace algunos años en que me distraje de lo que estaba haciendo, no ha pasado ni un minuto en que no piense que quizá debería haber estado más atento. Es posible que si en lugar de recitar una poesía bastante tristona hubiese estado interpretando una canción de Jacques Brel, quizá «On n’oublie rien» o «La ville s’endormait», no me hubiera distraído de esa manera y por lo tanto el resultado final hubiera sido diferente, al igual que la vida de todos los que me rodeaban en aquel momento. Y la vida de todos los que rodearon en un momento u otro a aquellos que me rodeaban en aquel momento. Y la de sus familiares y la de sus mascotas, hámster incluido. El problema es que mi acento valenciano me delata claramente cuando canto en francés, ya sean temas de Jacques Brel, Édith Piaf o incluso George Brassens. Sin embargo no me sucede lo mismo cuando entono melodías de cantantes filipinos como Rubén Tagalog, Fred Panopio u Otoniel Gonzaga. O cuando canto al mismo tiempo que bailo grandes éxitos de la música senegalesa, principalmente de Yandé Codou, Pape Diouf o Baaba Maal. O cuando silbo arrastrándome sobre el suelo. O cuando toco el birimbao arrastrándome sobre el suelo. O cuando imito a una garcilla bueyera apesadumbrada por la pena mientras me arrastro por el suelo. Me gusta arrastrarme por el suelo. Desgraciadamente nadie puede arrastrarse por el techo. Pero si pudiera, estad seguros de que silbaría arrastrándome por el techo, tocaría el birimbao, ya fuera del tipo urucungo o berra-boi, mientras me arrastrara por el techo, o imitaría a una jodida garcilla bueyera (del género Bubulcus) completamente apesadumbrada por la pena mientras continuara arrastrándome y arrastrándome y arrastrándome por el techo.
El abstraído Greg
