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| Charles-Francois Daubigny. Edge of the pond (1873) |
Amiga:
Ayer, a última hora de la tarde, mientras esperaba que el enema que me había aplicado hiciera efecto, escribí tres cuentecitos existenciales. El primero, titulado La poza del infierno trata sobre un pobre tipo que un día, mientras pasea por la calle, se encuentra un prepucio disecado que tiene voluntad propia y que le obliga a cantar el coro de la canción de los años sesenta de Miguel Ríos titulada El río, ya sabes el «masiu masiu masiu siu siu siu». El segundo, La charca del cielo relata las tribulaciones por las que tuvo que pasar un joven poco atribulado cuando se entera de que su madre en realidad no es su padre, y que a su padre, que aunque es madre, no es su madre, le encanta succionar. ¡Succionar! No sorber o absorber. Ni siquiera chupar o chupetear. Y durante los últimos 25 años ha succionado y succionado sin llegar a expulsar y expulsar. El tercero, El cenagal del purgatorio, trata sobre una anciana de 19 años, es decir, sobre una anciana que ya lleva 19 años siendo anciana. Por supuesto para escribir este último relato me he basado en la obra del doctor Ramírez Ramírez Ramírez, también conocido como Ramírez³, geriatra afamado y coleccionista de campos magnéticos, cuyos ensayos sobre la vejez Náusea y Náusea repugnante causaron furor entre los adolescentes rebeldes hace unos pocos años.
Greg
