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| Roy Lichtenstein. Hey you (1973) |
Si tú no eres tú, ¿entonces por qué estás convencido de que, seas lo que seas, eres lo que eres?
Sucedió mientras visitaba un mercadillo de antigüedades. En uno de los puestos más alejados de lo que podría denominarse el centro o la plaza de las exquisiteces, se amontonaban varios cachivaches y cacharros metálicos cubiertos de pátina. Uno de ellos me llamó la atención, pues su aspecto se asemejaba al de un instrumento para medir algo, o quizá para medir varias cosas. En el interior de su estructura rectangular destacaban tres niveles de tamaños diferentes, de esos que se utilizan para medir la verticalidad o la horizontalidad. Cuando le pregunté al vendedor qué (cojones) era esa «cosa» y para qué (coño) servía, el tipo me explicó que era un equilibristato, y que se utilizó desde mediados del siglo XIX hasta principios del XX en Europa y América para medir las desviaciones de las vías de los ferrocarriles o algo parecido, pero que desgraciadamente (y lamentándolo mucho) no estaba en venta. Después apuntó que lo llevaba a todos los mercados y a cualquier lugar en que se reunieran aficionados al coleccionismo ferroviario para saber si alguno conocía algún dato más sobre semejante reliquia. Tras la sumamente extensa explicación me despedí del anticuario arguyendo que tenía bastante prisa, a lo que él me contestó que nadie me había preguntado la razón por la que me marchaba, y que todo hombre o mujer desde que nace es libre para llegar, marcharse o regresar las veces que le dé la gana. Y no contento con su respuesta añadió que todas las excusas son perturbadoras y, algunas de ellas, suelen terminar derrumbándose como los ladrillos de un edificio mal cimentado. Mientras me alejaba del lugar pensando que el pobre tipo estaba tronado le escuché musitar la frase que encabeza este párrafo.
Cuando llegué a casa me quité la chaqueta, la camisa y los zapatos y me senté en la cama. De pronto reparé en un papelito doblado que destacaba sobre el suelo. Estaba claro que no era mío. Lo alisé con cuidado y leí…
Una elegía de pretextos saturados
se desbordaba, se desbordaba, se desbordaba,
sobre un mundo en el que todos eran uno mismo
y donde nadie, donde nadie, donde nadie
se atrevía, bajo ningún concepto, a equivocarse
Si tú no eres tú,
entonces eres alguien.
Pero si tú eres tú,
entonces…
Esa elegía de pretextos saturados
que se desbordaba, se desbordaba, se desbordaba,
sobre un mundo en el que todos eran uno mismo
y donde nadie, donde nadie, donde nadie
se atrevía, bajo ningún concepto, a equivocarse,
no es más que OTRA estúpida patraña.
Si tú eres tú,
¿entonces por qué estás convencido
de que, seas lo que seas,
no eres lo que eres?
Tras leer esa especie de poesía delirante empecé a creer que yo también estaba perdiendo la cabeza, sobre todo cuando el papel, todavía entre mis dedos, se transformó en una foto antigua amarillenta en la cual se podía ver a un tipo sobre otro tipo, y ambos, sobre otro tipo que a su vez estaba sobre varios tipos. Todos ellos sonreían a la cámara, aunque a uno, el que estaba arriba del todo, le faltaban los incisivos centrales. Después… ¡Después me desperté!
