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| Ivan Aivazovsky. Constantinople (1856) |
Querida:
En ocasiones me pregunto cómo habría sido mi existencia si por algún motivo realmente horripilante no hubiera podido escuchar a Scott Walker, Sun Ra, Peter Hammill, Louis Thomas Hardin «Moondog», Frank Zappa, The Residents, Daevid Allen, Harry Partch, Captain Beefheart, Fred Frith, Yahowha 13, Alfred Schnittke, Henry Purcell, Sainte-Colombe, Ígor Stravinski, Kaikhosru Shapurji Sorabji, Orlando di Lasso o Luigi Boccherini entre otros. O no hubiera podido contemplar los films de Bela Tarr, Andrei Tarkovsky, Aleksandr Sokúrov, Carl T. Dreyer, Georges Franju, krzysztof kieslowski, Rainer Werner Fassbinder, Victor Erice, Masaki Kobayashi, Éric Rohmer, Ingmar Bergman, Jean-Pierre Melville, Orson Welles o Luis Buñuel. O leído algunos o todos los libros de Friedrich Nietzsche, Franz Kafka, William Shakespeare, Jorge luís Borges, Michael de Montaigne, Gilbert Keith Chesterton, Julio Cortázar, Robert Graves, E.M. Cioran, Réjean Ducharme, José Ortega y Gasset, Joseph Conrad, Thomas De Quincey, Rafael Sánchez Ferlosio o Ernest Becker. O cuidado una serie interminable de plantas entre las que siempre han destacado las pertenecientes a las especies de Rhipsalis, Selenicereus, Gloriosa, Musa, Passiflora, Ludisia, Nepenthes, Neoregelia, Nidularium, Aecmea, Fredclarkeara o Mikania. O no se hubiesen cruzado en mi camino un montón espantoso de badulaques de ambos sexos que ni siquiera se merecen que me tome la molestia de recordar y escribir aquí sus jodidos nombres y apellidos.
Pero existen algunos instantes en los que en lugar de hacerme preguntas prefiero responderlas directamente. A veces incluso contesto a cuestiones que nunca me he formulado. Lo más lógico pasa por contestar únicamente a las preguntas que me demandan aquellos que viven en mi casa, aunque nunca han sido invitados. ¡Por las noches suelo escuchar sus movimientos! ¡Sé que son los responsables de que las puertas se cierren de golpe! ¡Curiosean entre mis pertenencias, deslizan los objetos y se entrometen en mis abstracciones! Supongo que moran en las entrañas del único espejo que tengo en casa. Pero si lo rompo en mil pedazos, ¿cómo haré para afeitarme? Claro que podría dejarme barba, pero también podría dejarme la vida. ¿Quién me asegura que no son capaces de regresar desde su propio universo las veces que les dé la gana? Nunca los he visto, no obstante creo que soy capaz de distinguir a tres de ellos gracias a sus estornudos y carraspeos que son completamente diferentes.
Dentro de un par de semanas, o quizá, dentro de un par de días o un par de horas o un par de minutos o un par de pares de pares volveré a darme más tiempo. Puede que otro par de semanas, días, horas, minutos… ¡Me cuesta tanto esfuerzo tomar decisiones! Siempre he pensado que lo más honesto para alguien como yo -que rechazó la pertenencia al club de los humanitos vendidos- sería tomar indecisiones. De esa manera, cada una de las pretendidas verdaderas soluciones se transformarían en vacilaciones imprecisas y titubeos aproximados, lo cual facilitaría que me pudiese tomar un tiempo extra para inventar justificaciones. No es que las necesite, pero me siento mejor con algunas encima (o debajo).
Y hasta que llegue ese aterrador momento -que temo desde el día que arranqué con mis encías desdentadas el cordón umbilical que me unía a la placenta en mi madre- en que todas las emociones positivas que mantengo encerradas se exterioricen y me conviertan en otro maldito esclavo chupapollas, no pienso dejar de cantar la jodida canción de Jeanette. Vous savez ce que je veux dire, eh bien, je suppose…
Hasta entonces…
Here I come Constantinople.
Here I come Constantinople.
Here I come Constantinople.
I am coming Constantinople.
Here I come.
