Email del 5 de mayo 2020

Marc Chagall. Angel with a sword (1956)

Desconozco cuántas líneas salvables se podrían extraer de entre los más de 1300 textos anhedónicos que he escrito en los últimos ocho o nueve años, aunque soy consciente de que la mayor parte de ellos fueron escritos para iluminar y ofuscar a los posibles lectores en igual medida. ¿Importa demasiado si esta bitácora fue originalmente concebida como un ejercicio supremo de egolatría y vanidad a partes iguales? Realmente no. Todos los pronunciamientos que pueda emitir sobre algo en lo que esté directa o completamente involucrado deberían tomarse con cierta reticencia. Incluso en su forma más directa y aparentemente inocente, pues no dejan de ser zigzagueantes o escabrosos y están repletos de embustes y dobles (y triples) sentidos, que dificultarán conocer que es lo qué se esconde en mi cerebro.

Siempre he pensado que la idea y la pretensión de mantener un blog durante tanto tiempo es sencillamente absurda. Pero también me parece ridículo que el planeta esté repleto de imbéciles y casi nadie escriba sobre ellos. Quizá es porque, como he explicado en numerosas ocasiones, la gente tiende a sentir pena de los que han preferido escabullirse. Yo no. Cayo Julio César Augusto Germánico, más conocido como Calígula, dijo en cierta ocasión que «¡Ojalá el pueblo romano tuviera un único cuello, para poder cortar sus cabezas de un solo tajo! Aunque mi corazón vegetariano está en contra de todo lo que tenga que ver con los cuchillos, la sangre y el tajamiento, mi cerebro discapacitado -en lo que al razonamiento se refiere- no le haría ascos a una próxima venida (no confundir con avenida) de un ejecutor del más allá que pudiera distinguir a los que todavía utilizan los 1500 gramos de cerebro de los que ya no son capaces de atarse la goma elástica del pantalón del pijama sin la ayuda de un folleto de instrucciones.

Para terminar este reivindicativo email me gustaría no resaltar un par de cosas que creo que no son importantes.

Greg