![]() |
| Subteniente Villar. Paella in the table. (Año 23.100) |
Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El caso de las flatulencias pudendas.
Uno de los casos más desagradables, y posiblemente el menos conocido, del churrero castañero y detective aficionado García Pérez, ocurrió mientras comía en el restaurante especializado en paellas más afamado de la ciudad, junto a sus buenos amigos y colegas, el subteniente Villar y sus subordinados más inmediatos, el brigada Canillar, el sargento primero Aguilar, el cabo mayor Montalar, el cabo primero Fenollar, el cabo Castelar y el guardia civil de primera, Escolar.
—¿De ver-dad no notan ese olor re-pug-nan-te? —Preguntó el churrero castañero García Pérez al resto de comensales sentados en su mesa mientras dibujaba una cara en la que se podían interpretar repugnancia y confusión al mismo tiempo.
—Pues yo no huelo nada aparte del arroz, el pollo, el conejo y…
—Sargento Aguilar, si me lo permite, usted tiene un olfato horroroso. Yo sí huelo a algo. Me recuerda a … pero no logro… quiero decir, es como una mezcla extraña. Yo diría que está entre un pedete y una rodaja fina de piña recien cortada —sentenció el brigada Canillar.
—Creo que voy a vo-mi-tar.
—Señor García, no es para tanto. Parece que tiene usted un olfato realmente avanzado —murmuró el cabo primero Fenollar.
—¡Esperen! ¡Esperen! Ahora sí lo huelo. ¡Dios Santo! Es de una repugnancia avasalladora.
—Sargento Aguilar, ¡tiene usted toda la razón! Acaba de llegarme ese espantoso efluvio. Miren. Miren a ese tipo vestido de azul de la mesa que está a la derecha de Escolar. ¡Se está riendo! Deberíamos detenerle.
—Perdonadme, pero me gustaría… es decir… bueno, un efluvio es como una emanación, ¿no?
—Escolar, ¿qué estupideces dice?
—Perdone, mi cabo mayor…
—No puede ser ese ti-po que se ha reído porque si se han dado cuen-ta… ¡Otar vez! Perdón. ¡Otra vez! ¿No lo hue-len?
—¡El señor García Pérez tiene razón! ¡El señor García Pérez tiene razón! El autor de las ventosidades lo ha vuelto a hacer.
—Cabo Castelar, serénese, por favor. Subteniente Villar, está usted muy callado. ¿Puedo preguntarle qué es lo que piensa de esto?
—Caballeros, estoy totalmente convencido de que son pedos. Y para ser exactos, tres. ¡Como la Santísima Trinidad! Y hasta podría asegurar que han sido expelidos por dos personas diferentes. Uno probablemante… probablemente por un niño de unos cuatro, cinco, seis, siete u ocho años y los otros dos por un tipo avaro y sin remordimientos de uno 46 años, que aunque nació en un pueblo de menos de 200 habitantes, actualmente reside y trabaja en la capital.
—Subteniente, me ha de-ja-do absolutamente a-no-na-da-do.
—Pero cómo a partir de un pedo… o tres pedos, que no son tocables, si me permiten la expresión, se puede llegar a unas conclusiones tan…
—Nunca en mis 45 años de existencia había escuchado que una flatulencia «no es tocable».
—Perdone mi brigada. Creo que a lo que se refería el cabo primero Castelar…
—El cabo primero se apellida Fenollar. ¡Fenollar! Yo soy Castelar. Cabo primero. Fenollar no es cabo primero.
—¡Pero pronto lo seré!
—Y todavía podría seguir con mi razonamiento…
—Con-ti-núe, por favor, brigada Escolar, perdón, quería decir… bri-ga-da Canillar.
—Gracias, Pérez García…
—Brigada Canillar, es García Pérez.
—Cuando alguien se tira un pedo es porque en el fondo su existencia es una pura mierda. ¡Nada tiene que ver el estómago o la comida! Y puedo demostrarlo. Si quieren pueden encargar al camarero cinco platos de alubias y me los comeré todos.
—Perdone, subteniente Millar… Vi… Villar. Creo que está un poco borracho…
—¡Todos estamos borrachos. Usted también, sargento Aguilar.
—Por supuesto que estoy borracho. Somos ocho sentados a la mesa y si la cuenta no me falla nos hemos ventilado siete botellas de tinto con la papaella. ¡La paella! Y podríamos habernos tomado dos o tres más si no hubiese sido por esos desagradables y viles gases…
—Se-ño-res. Yo, el afamado churrero cas-ta-ñe-ro y detective más que aficionado Gar-cía Pérez proclamo al que me quiera escuchar que no estoy bo-rra-cho.
—Pero García, si hace un momento casi se cae de la silla. Lo he visto con mis propios ajos…
—Y todavía soy capaz de deducir que el segundo autor de los pedos, es decir, el tipo avaro y sin remordimientos de 46 años, es ludópata y tiene serios problemas para empalamar… o sea, empalmmm… ¡empalmar!
—Pero subteniente Villa, ¡está hecho un Sherlock Holmes!
—En todo caso sería un Sherlock Villar
—A usted, guardia de primera, Escolar, ¿quién le ha dado vela en este jodido funer al?
—¿Funer al?
—¡Y si me esfuerzo soy capaz de decirles cuántos hijos, dinero y perros tiene en Bankia ese tiporrr!
—¡Mi subteniente! ¿Tiporrr?
—Siento que he de ser sincero con todos us… ustedes. El subteniente Vilvillar tiene razón. Fueron tres pedetes. Sin embargo erró en que los autores fueran dos sujetos. Lo siento. Lo siento tanto. Fui yo. Lo siento. No pude aguantarme… La culpa es del garrofón.
—Cabo mayor Montalbán, ejem, Montalar. ¡Es usted un auténtico marrano!
—Además, ese maldito pedorreador fue operado del vasto intermedio en agosto de 1998, del vasto externo en diciembre de 1999 y del vasto interno en febrero del 23100.
—¡Pero mi fruteniente!
