Email del 29 de mayo 2020

Andre Masson. There is no world ended (1942)

Amigos:

Hace un número indeterminado de años, un elefante -plenamente identificado- que se balanceaba sobre la tela de una araña dio un viraje en redondo. Alguien compuso una cancioncilla infantil sobre el suceso un lustro más tarde. Sin embargo no volvió a hablarse del asunto en varias décadas. Tanto el elefante -plenamente identificado- como su asombroso viraje en redondo pasaron completamente inadvertidos para un elevado número de generaciones. Lo más gracioso del caso es que mientras ese paquidermo intentaba la cabriola que le valió su paso hacia la eternidad, varios esqueletos no identificados salieron de su tumba justo en el momento que el reloj marcaba la una. ¡Tumba, tumba, tumba, ba! Este hecho, la salida de los esqueletos de la tumba (¡Tumba, tumba, tumba, ba!), influyó decisivamente en el cambio de orientación de los nichos y la profundidad a la que debían ser enterrados. Poco o nada importó en ese momento que un chiquillo comprara un huevo, un flaquillo lo preparara, un largote lo pusiera en la mesa y un jodido gordete se lo comiera. O que una pobre loba tuviera cinco lobitos detras de su escoba. O que un tal Pico Gorgorito saltara la vaca al veinticinco.

Estamos en pleno siglo XXI y una pandemia intenta putear nuestro estado de bienestar. Durante más de dos meses hemos sido incapaces de ponernos en la piel de cualquier otra persona, más que nada porque estamos profundamente enamorados de nosotros mismos. Y como somos incapaces de follarnos a nosotros mismos, seguimos siendo nosotros mismos. El problema es que cada uno de nosotros mismos no valemos una puta mierda. Ni siquiera cuando pretendemos no ser nosotros mismos.

Estamos en plena pandemia y un siglo XXI nos informa de que la broma ha terminado. Durante toda nuestra vida hemos pretendido ser lo que no somos. Ni siquiera lo que pretendíamos ser, sobre todo porque somos nuestros propios enemigos. Y como somos incapaces de pegarnos un tiro entre los ojos seguimos interpretando el papel de enemigos prudentes y reflexivos de nosotros mismos. El problema estriba en que creemos que somos demasiado importantes…

Estamos vislumbrando el final. Algunos no lo ven ni siquiera con ayuda de sus gafas. Hemos dejado pasar un millón y medio de oportunidades. Ahora solo queda aguardar a que el final no sea demasiado doloroso. Algunos esperan sentados en sus sillones, otros sentados sobre los que esperan sentados en sus sillones. El resto se dirige cabreado a la tienda de sillones dispuestos a recuperar una pequeña parte de lo que pagaron por esos asientos confortables. Yo no tengo sillón, pero dispongo de una banqueta tridáctila y una silla didáctila. Por supuesto la silla didáctila es un objeto para coleccionistas bromistas.

No os espera…

Greg