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| Alexandre Benois. Versailles (1906) |
Querida:
Una vez estuve a punto de cometer un asesinato. Bueno, en realidad pudo haber sido un homicidio múltiple. Ocurrió hace muchos años pero lo recuerdo perfectamente. En aquella época yo no tenía un duro y viajaba haciendo autostop. Un día me recogió una familia compuesta por un matrimonio de unos treinta y tantos años y sus dos hijos de poco más de diez o doce. Con ellos viajé desde Valencia hasta Étampes escuchando a Los Chunguitos. Pero… pero creo que debería tratar de explicarme mejor. En realidad yo pretendía viajar hasta Bruselas y gracias a la diosa de la fortuna, o eso me pareció entonces, encontré a estos chunguitomaniacos que iban a Versalles a matar dos pájaros de un tiro, es decir, a visitar a la madre del cabeza de familia y conductor del Seat 1500, y a contemplar las maravillas que diseñó André Le Nôtre en forma de jardines en pleno siglo XVII. Si nunca has tenido que soportar rumbas gitanas con letras carcelarias durante más de 20 horas seguidas no sabes hasta donde puede llegar el instinto de supervivencia cuando se le somete a una presión insoportable.
Felipe, además de un seguidor acérrimo de los hermanos Salazar, era un apasionado de la jardinería. Su aspecto, típico del españolito de principio de los ochenta, resultaba aburrido lo miraras como lo miraras, excepto cuando te fijabas en el inmenso tatuaje que adornaba su brazo izquierdo y en el que debajo de algo similar a un par de gónadas se podía leer «Ávido de orgasmos». Enriqueta era dulce y amarga al mismo tiempo. Su forma de mirar el horizonte me recordaba a las pérdidas de orina. Aunque no hablaba demasiado, lo hacía en los momentos más inoportunos, como por ejemplo para recordar a su marido que hacía un minuto que se había acabado el casete y que había que darle la vuelta. Los hijos de esta pareja se llamaban Felipe y Felipe, como el progenitor. Para distinguir a tanto Felipe, Enriqueta les había dispensado una numeración: Felipe 1, Felipe 2. Yo no diría que fuesen deficientes mentales, pero creo que años y años de escuchar rumbas gitanas había acabado pasándoles factura.
Creo que fue en Toulouse cuando comencé a sentir ganas de cargármelos a todos y continuar el viaje yo solito, sin embargo refrené los impulsos criminales e intenté abstraerme de la banda sonora que acompañaba al viaje. Cuando paramos a repostar en Limoges supe que había llegado el momento y que debía pegar fuego al coche con todos sus ocupantes dentro, pero pensé que todavía me encontraba bastante lejos de la frontera con Bélgica y acepté de mala gana continuar el periplo. Lo que pasó a continuación es un misterio. Lo único que recuerdo es que desperté rodeado de médicos gabachos mirándome desde cierta altura. Cuando les pregunté dónde me encontraba me respondieron como si fueran un coro que en el Hospital Center Sud Essonne. Más tarde una enfermera bilingüe llamada Yveline me contó ciertos detalles sobre cómo y en qué estado aparecí unas pocas horas antes.
Unas semanas después, completamente restablecido y de nuevo en la terreta, intenté buscar por todos los medios a la familia Chunguita, pero me fue totalmente imposible. Era como buscar una aguja en un millón de pajares. La verdad es que no sé por qué lo hice. Quizá necesitaba saber que todo sucedió realmente. O quizá volví a recordar lo que me relató Yveline y que no voy a trasladar a esta bitácora.
