Email del 25 de mayo 2020

Karel Appel. The crying crocodile tries to catch the sun (1956)

Amiga:

Había escrito un comienzo que me parecía extraordinario («Se convirtió en un psicópata subclínico el día en que lo emascularon»). Ahora necesitaba unas 400 páginas de texto y un final apoteósico. Sin embargo no se me ocurría absolutamente nada. Tenía claro el argumento, por supuesto, pero necesitaba urgentemente la visita de una o varias musas antes de que cediera y arrojara el paño de cocina. ¡Sí, he dicho el paño de cocina! No creo que exista una ley universal que obligue a arrojar solamente toallas. Afortunadamente pronto se me ocurrió el final («Sus huesos se hundieron entre el sapropel y desaparecieron de la vista de la multitud de gusanos bentónicos que se sorteaban el acceso a lo que pudiese quedar de carne todavía fresca») que si bien no era todo lo apoteósico que me hubiera gustado, tenía algo de ese exquisito yumyumyum semipedestre y ultraordinario que tanto me atraía en aquella época.

Pasaron dos meses y la única contribución a la novela fue el adverbio de lugar «allí». Un día, mientras estaba utilizando la escobilla del inodoro se me ocurrió una maravillosa idea, pero tras unos minutos se me olvidó en su totalidad y no tuve más remedio que seguir con la escobilla, esta vez con ayuda de un poco de Harpic Power Ultra Fuerza Cítrica. La noche de ese mismo día tuve una segunda idea y fui capaz de retenerla, pero como estaba representada en karachay-balkario no me sirvió de gran cosa. Transcurrieron otras ocho semanas y pude meter una locución adversativa detrás del adverbio de lugar. Estaba claro que progresaba, aunque si seguía a ese ritmo la obra no estaría terminada antes del año 2098 o 2099, por lo que necesitaba un plus de velocidad en forma de anfetaminas. Sin embargo me equivoqué de frasco y los siete comprimidos laxantes no me sentaron demasiado bien. ¡Menos mal que dos meses antes había dejado el inodoro como un solete!

El día 17 de febrero a las 12:30 escribí un párrafo después de zamparme medio bote de banderillas picantes («El inútil acto de sobrevivir me recuerda a lo que sienten las aceitunas cuando están apiladas esperando la molienda. Se supone que pronto se convertirán en aceite virgen extra, virgen o refinado, pero hasta que llegue ese incierto momento, el del desmenuzado, continúan siendo y comportándose como jodidas aceitunas, eso sí, deshuesadas»). Una semana después garrapateé tres parágrafos bastante cortos e incoherentes («Las acequias solitarias constituyen el ambiente predilecto de los condones usados», «¡Todos hemos tenido múltiples experiencias con los cocodrilos de estuario!» y «La contraseña del programa era BFD45E-630ATE-H1MA0C-0HWTRB-15KY5M-F0V291»). La tarde del 29 de abril me puse las pilas y redacté 27 capítulos seguidos y el 3 de mayo finiquité el proceso de creación del libro. Lo titulé El sorbitol es un poliol humanista y cuando fue editado unos meses más tarde solo vendió 45 ejemplares. Hoy es una obra de culto.

Gerg Zepol Zerep