Email del 12 de diciembre 2020

 

Antonio Donghi. Due canarini in gabia (XX cent.)

Como dictador totalitario de la editorial Nesga, tengo el placer de presentar ante los lectores de este maravilloso blog, regido con mano dura y extremidades inferiores dispuestas al puntapié por mi gran amigo Gregory López, un extracto de la biografía de Sereno Coscolico, el famoso, abrícola y captagónico filósofo fallecido hace ahora tres cuartos de lustro y que será publicada, Dios mediante, el próximo mes de febrero. 

«Me encontraba -como hago todos los días- cantando la misma canción a mis canarios, cuando de repente uno de ellos, Benicio, comenzó a morirse. Hasta ese día yo siempre había creído que la muerte carecía por completo de un inicio y de una conclusión, es decir, que llegaba, arrasaba y finiquitaba al mismo tiempo, o por lo menos con unos pocos segundos de diferencia. Desde luego, me refiero al tipo de muertes, llamémoslas, inesperadas. Pero creo que voy demasiado deprisa, como siempre. La canción que les canto a mis pájaros desde que comencé mi ornitológica afición es El baúl de los recuerdos según la versión que inmortalizó en los sesenta la pimpante Karina.

Buscando en el baúl de los recuerdoooos, uh uh
Cualquier tiempo pasado nos parece mejoooor
Volver la vista atrás es bueno a veceeees, uh uh
Mirar hacia delante es vivir sin temoooor

Vive siempre con ilusióooon
Si cada día tiene diferente coloooor
Porque todo llega a su fiiiin
Después de un día triste nace otro feliiiiz.

Por supuesto a veces en lugar de cantarla con su letra original tiendo a improvisar…

Nanana nana na nana na na nananaaaa, uh uh
Dubi dubi dududu du uaaaaah
Nana nanana naaaa tararaaaaaa, uh uh
salalala la la buru buaaah

O cambio la letra respetando escrupulosamente las notas compuestas por Tony Luz…

Hurgando en las bragas de mi exnoviaaaa, uh uh
intentando encontrar una deshilvanacióooon

Mi exnovia, Martinina Decanté, en realidad fue la exnovia de mi exnovia de entonces, pero mi novia de entonces se llamaba Frugragosia Vavavabonotiva, y pronunciar su nombre y apellidos me producía retrocesos menorréicos extraordinariamente varoniles. 

Bueno, me había quedado en que ese día murió de repente mi canario preferido. Benicio llevaba conmigo unos ocho años. Se lo compré siendo un pollito a un excriador de carpas reconvertido en criador de petirrojos que también criaba jilgueros y canarios y que por las noches, cuando no le veía nadie, criaba murciélagos y luciérnagas. Yo en aquel tiempo criaba lacertilios, sobre todo lagartijas, que aunque no me hacían sentirme lleno espiritualmente, por lo menos me obligaban a tener algo por lo que luchar en la vida. Benicio, además de ave cantora era mi confesor y mi mejor amigo. Siempre que lo necesitaba estaba ahí para lo que fuera menester. Claro que los barrotes de la jaula también tenían, ejem, algo que ver, pero yo quería creer que en realidad su devoción hacia mí era completamente espontánea y sincera».