febrero 2022

Email del 27 de febrero 2022

 

Edvard Munch. Desesperación (1893)

Amiga mía:

La clausura definitiva del órgano impulsor de mis pensamientos cierra una última etapa repleta de opacidad y ambigüedad a partes iguales. Todo mi pasado no ha sido más que una constante búsqueda. La mayor parte de las veces, no sabía si existía lo que buscaba. Por esa razón tuve que desarrollar un código de supervivencia repleto de imágenes repetidas y opacidad concentrada. He tenido que actuar sin ser actor, pintar sin ser pintor, aconsejar sin tener suficientes motivos. He nadado sin mar, he volado sin cielo; pero ahora me encuentro en un borde peligroso y no sé hacia qué lado despeñarme.

Si mi vida ha sido una película, entonces, está claro que al director de la misma no le interesaba la concisión del personaje, sino las continuas recaídas de un intérprete anacrónico y vulgar. Si mi vida ha sido un cuadro, entonces, debe suponerse que al pintor que lo plasmó en un lienzo no le importaba en absoluto la composición ni el cromatismo, ni siquiera los trazos o las pinceladas. Si en demasiadas ocasiones de mi vida tuve que dar consejos, sabiendo que aconsejar es humillar, entonces creo que todo lo que me está sucediendo es algo que sigue un curso preconcebido que no es posible detener. He visto la olas en sueños y he tocado las nubes con las manos. Ahora miro hacía abajo y todo lo que puedo ver no existe.

Supongo que no entenderás nada de lo anteriormente expuesto, pero te daré una pista: la responsabilidad no es mía, sino de la supuesta, compleja y minuciosa neutralidad de los acontecimientos.

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Email del 18 de febrero 2022

 

Robert Hardgrave, «Kiss of death» (2007)

Conversación entre cánceres

CÁNCER DE HÍGADO: Me importa un comino que en el hospital se hayan empeñado en salvar la vida de este cuerpo; me lo voy a cepillar. Estoy metastasiando hasta el cerebro. Ahora va a joderse por todos esos años de excesos, ¡puto mamón!

CÁNCER CEREBRAL: Haces bien, polvo es y en polvo se convertirá. ¿Puedes creerte que mi cuerpo me sometió durante 37 años al horror de aguantar una novela de Marcial Lafuente Estefania cada dos días? ¡ Toma novela de vaqueros! ¡Toma Estefanía! Aún recuerdo el título de la última que leyó antes de que mi menda le provocara el primer desmayo con pérdida de desorientación total: «Acabarás bailando en la cuerda, caballo». No te miento. ¿Habías escuchado alguna vez un título más subnormal?

CÁNCER DE HÍGADO: ¿Es increíble! ¿Lo que hay que aguantar! Ahora nuestros cuerpos lloran y gritan de dolor, pero nunca llegaron a pensar en lo que estaban haciendo a sus carcasas. ¡Que se jodan! Una noche de 1998 mi cuerpo se bebió 48 cubatas de ron y 12 margaritas. Y aun se quejó el tío al día siguiente cuando le regalé  cinco horas de continuo malestar y varios vómitos con bilis. ¿No te joroba?

CÁNCER CEREBRAL: No te quejes, yo he tenido que ver las carnes celulíticas de la mujer de mi capullo de cuerpo durante 27 años. Y eso es algo que no se puede olvidar. ¿Sabes lo que echo de menos?, poder ver la polla flácida de ese tipo al mear. Su jodida e inmensa barriga me la tapa. Hace años que no la veo. ¡Quiero verla! ¡Quiero verla!

CÁNCER DE PIEL: Perdonad, os he escuchado por casualidad, ¿me permitís decir unas palabras?

CÁNCER DE CEREBRAL: Claro, colega, adelante.

CÁNCER DE PIEL: Mi cuerpo no hizo caso a la primera manchita roja que le provoqué; el fulano se tatuó un pimiento para disimularla, así que le produje otra y bastante más grande y fea. ¡Y el tío lo volvió a hacer! Esta vez se tatuó una azagaya de base biselada en colores rojo y azul. Como yo soy realmente terco, le volví a provocar otra mancha. Esta vez en la punta de la nariz. Tenía un color amoratado con ribetes rojizos que no podía tomarse a la ligera a menos que mi cuerpo fuera un papanatas. Pero se lo tomó a la ligera. Se puso un piercing. ¡ En la punta de la nariz! Parecía un hombre-arandela, así que me cabreé y le creé 17 lunares horribles repartidos por la espalda y el torso, que sangraban abundantemente y le ponían perdida la ropa cara de marca que su señora le compraba con el dinero que sacaba prostituyéndose. Pero otra vez no me sirvió de nada. El sujeto se las dio de místico y anunció al mundo que la sangre se la provocaba el mismísimo Jesús de Nazareth y se lió a sacar pasta de los borregos que se lo creían…

CÁNCER DE HÍGADO: ¿Y por qué no lo has matado ya? Ese tipo no se merece ni sufrir un poquito.

CÁNCER DE PIEL: Él mismo hizo el trabajo sucio. Llevado por una pasión espiritual y ascética, se prendió fuego mientras cantaba una alabanza a Yaveh, en presencia de 23 de sus adeptos. Creo que incluso un par de ellos se encendieron un pitillo con las llamas de la antorcha humana.

CÁNCER CEREBRAL: Entonces…. ya no existes ¿Cómo es que estás aquí? Por cierto, ¿sabéis? Rodolfo, mi cuerpo, sale de la quimioterapia mañana. Creo que voy a producirle un par de meses de balbuceos, farfulleos y tartamudeos. Ni siquiera su perro va a entenderle. Jajajaja

CÁNCER DE PIEL: Esa es muy buena… jajajaja

CÁNCER DE HÍGADO: Yo tenía pensado producir a mi cuerpo colitis horribles cuando caminara por la calle, para que se cagara patas abajo en la parada del bus o en la del metro, Jajajaja. Rodeado de chicas bonitas. Jajajaja.

CÁNCER CEREBRAL: Bueno chicos, tengo que irme. Nos esperan en cirugía y no quiero que se ponga nervioso el matasanos. Nos vemos.

CÁNCER DE HÍGADO: Si, yo también me voy. Necesito inventar dolores nuevos. Me ha gustado un montón la conversación. Espero que podamos repetirla….

CÁNCER DE PIEL: Adiós, ha sido un placer.

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Email del 14 de febrero 2022

 

Lucio Fontana, «Concetto spaziale, attese» (1968)
Sintiendo el espacio en una aproximación infinita al universo
En estos tiempos de obsolescencia programada donde cada insignificante y excepcional momento de felicidad tiene su fecha de caducidad falseada y donde sólo podemos comunicarnos con otros seres racionales por medio de complicados juegos de palabras anagramáticos que no quieren decir absolutamente nada, un neurótico hipocondriaco, minusválido emocional y espástico mental  que rinde culto a lo que podría llamarse la desesperación de la imposibilidad, es decir, yo (y mis circunstancias), he decidido transgredir una norma básica de mi conducta (a)social (autoimpuesta con sudor, sangre y mucho esfuerzo cerebral, intelectual y, ¿por qué no?, espiritual) para dar un paso adelante en mi relación existencial tratando de criticar ese concepto tan arriesgado de definir llamado felicidad.

Según el diccionario que tengo a mi lado es un «estado de ánimo que propicia paz interior»; bonita pero almibarada definición; es posible que esta enciclopedia sea de manufacturación cristiana, pues fue un regalo de alguien que en otro tiempo santificaba las fiestas y ponía la otra mejilla frente a una ofensa. Pero existen otras definiciones igual de respetables aunque seguramente nada atrayentes para los que día a día, repletos de estúpido optimismo leibniziano intentan convencerse de que este mundo es el mejor posible o el único factible; no voy a ser yo quien las recopile, no dispongo de tiempo ni ganas para escuchar memeces a estas alturas de mi vida; sinceramente, preferiría que me arrancaran tres muelas antes de oír lo que tú tienes que decir al respecto y, francamente, me importa un comino dúctil y maleable, cual es o deja de ser tu filosofía acerca de este sinsentido.

Felicidad es una palabra inventada trabajosamente para tratar de sacralizar la mentira a la omnisciencia inherente o total. Esta definición que puede resultar pedante, redicha o incluso incoherente, es la única que se ajusta o encaja en mi capacidad cognitiva para disfrutar del léxico imprudente sin sufrir repentinas pero previsibles ganas de meter la cabeza en un cubo de agua regia; determina y provoca pero al mismo tiempo considera y confunde. Podría intentar ser más repulsivo tratando de minimizar sus consecuencias; podría corresponder a las expectativas eruditas o filosóficas con una detallada pero aburrida conjunción de palabras ostentosamente huecas e insustanciales, pero no lo considero necesario ni creo que sirva para exonerar a mi cerebro desgastado y enfermizo del cúmulo de excesos innovadores que se arremolinan en el maelstrom que forman mis neuronas.

Existe gente que sonríe imbécilmente ante cualquier adversidad inalterable, pero también hay ciertos individuos (claramente avanzados) que pondrían fin a su vida con tal de no soportar la molestia de unos acrocordones en el cuello o en las axilas. Todo depende de la capacidad para admitir la ineficacia, o dicho de otra manera, todo es el resultado de no tomarse la vida demasiado en serio. Admitir el infortunio de la dicha es un signo de grandeza intelectual, lo contrario, a mi juicio, es una forma de esclavitud o prostitución de la sensibilidad y del conocimiento. Llegados a este punto, sólo me resta finalizar este apunte venenoso con una pregunta que me hago desde que conocí al primer idiota que me admitió su completa satisfacción con la existencia que llevaba:

El rebuzno…. ¿es innato o adquirido?

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Email del 11 de febrero 2022

 

Anima Ehtiat. Crazy portrait No. 2 (XX cent.)

Querida:

Mientras corregía Los calzoncillos satánicos, un texto escrito por una de mis mejores amigas, cuya pretensión fundamental era presentarlo a un concurso literario amateur, reparé en que a pesar de mis 60 años, seguía siendo un completo imbécil. Luego le di la vuelta al pensamiento y me pregunté para mis adentros cuándo diantres iba a madurar. ¿A los 70? ¿A los 80? ¿Qué cojones hacía corrigiendo un proyecto de libro en el que los protagonistas eran unos gayumbos demoniacos. A mí me gustan las bragas. Y sobre todo lo que hay dentro de ellas. Luego aparqué la relectura y revisión a un lado y me senté en el sillón donde suelo meditar sobre los malos rollos. Y me concentré. Y recapitulé. Y acabé abstraído y embelesado. 

En ese instante, justo cuando había llegado a la conclusión de que en realidad yo era un humanista, -eso sí, quizá un poco ominoso- que de alguna manera había coadyuvado al desarrollo de la degeneración de parte de la raza humana más virtuosa, sentí un pinchazo en la parte alta de la espalda que me obligó a tenderme sobre la cama que en aquella época utilizaba para lloriquear cuando mi hipocondría se descomedía. Al mismo tiempo que trataba de apaciguar mis dolores interiores, decidí asomarme a la ventana. Observar a la gente que con ese típico caminar zombi se dirige hacia cualquier dirección siempre me había reconfortado. Sin embargo, en esa ocasión una molestia en forma de abejorro revoloteando francamente cabreado me jodió la transverberación. Cuando al fin pude ahuyentarlo agitando frenéticamente la borla del cordón de las cortinas e intenté volver a asomar la cabeza girándola en forma dextrógira, un concepto en forma de reflexión resbalosa se introdujo (¿otográmicamente?) por uno de mis pabellones. La idea era claramente eudemónica y por un instante me apaciguó: «Todo contacto deja un vestigio. Dios mío, ¡todo contacto deja un vestigio!» 

Todos los que tienen el placer de conocerme lo saben: no soy William James Sidis, pero cojones, tampoco una acémila desgalichada. Quiero decir, puedo… puedo estar taraceado de arriba a abajo y ser capaz de poner caras estúpidas y ojipláticas cuando no entiendo algo, sin embargo nunca, y repito, nunca, me olvido de mis propias ideas fijas, que en ocasiones son proditorias. Todo lo que he sido o todo lo que no he sido forma parte de mi ser. Y aunque mi determinación suele ser inquebrantable, nunca encuentro motivos suficientes para hacer lo que no hago. ¡Ni siquiera cuando me encuentro bocabajo!

G

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Email del 2 de febrero 2022

 

Jean-Antoine Watteau, «Gilles, el Pierrot» (1721)


La candidez es el veneno

De todas las formas con las que la necedad puede emponzoñar a un ser humano, con seguridad la ingenuidad es la más aberrante, la de peor rehabilitación y posiblemente la más humillante, sobre todo en los tiempos que vivimos. El candor y la supervivencia son antagonistas irreconciliables, enemigos hostiles y discrepantes que no pueden cohabitar en un mismo deseo; los aquejados por esta abominable conjunción de estulticia en grado superlativo e instinto de conservación primario, tosco, elemental son fácilmente distinguibles por una especie de posesión sonambular autoinducida que, al mismo tiempo que los narcotiza con grandes e inútiles dosis de positivismo desordenado, les exime de los beneficios de una reflexión cabal, honesta, neutral. Al igual que los adictos a los opiáceos, los enfermos de candor no suelen tener cura, y en los (pocos) casos en los que la recuperación es factible, las recaídas son habituales, complicando la existencia a los incautos que les rodean y convirtiendo la sagrada y necesaria anhedonia en prosperidad dichosa y gozo insoportable.

Si la inteligencia fuera una de las alternativas con las que un humano menos avanzado pudiera contar en caso de desconfianza, incertidumbre o vacilación, es posible que el futuro estuviera garantizado. Afortunadamente la razón esta corroída por un virus sin moral que se alimenta de vileza e iniquidad y que no distingue entre semidioses, cenutrios, inocentes o cobardes; una toxina altamente abrasiva, cuyos canales de transmisión son la ética o la honestidad y su tarjeta de visita la sonrisa luminosa y resplandeciente.

No existe ningún gueto donde poder internar a estos enfermos. No se fabrican alambradas punzantes con la suficiente capacidad lacerante que impida que uno sólo de estos apestados contagie al resto de deprimidos pesimistas que, tranquilamente y en un estado de paz interior inexplicable, pululan sin hacer daño a nadie y sintiéndose fuertes con el único don que fortalece: la angustia o la desesperación.

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