Email del 2 de febrero 2022

 

Jean-Antoine Watteau, «Gilles, el Pierrot» (1721)


La candidez es el veneno

De todas las formas con las que la necedad puede emponzoñar a un ser humano, con seguridad la ingenuidad es la más aberrante, la de peor rehabilitación y posiblemente la más humillante, sobre todo en los tiempos que vivimos. El candor y la supervivencia son antagonistas irreconciliables, enemigos hostiles y discrepantes que no pueden cohabitar en un mismo deseo; los aquejados por esta abominable conjunción de estulticia en grado superlativo e instinto de conservación primario, tosco, elemental son fácilmente distinguibles por una especie de posesión sonambular autoinducida que, al mismo tiempo que los narcotiza con grandes e inútiles dosis de positivismo desordenado, les exime de los beneficios de una reflexión cabal, honesta, neutral. Al igual que los adictos a los opiáceos, los enfermos de candor no suelen tener cura, y en los (pocos) casos en los que la recuperación es factible, las recaídas son habituales, complicando la existencia a los incautos que les rodean y convirtiendo la sagrada y necesaria anhedonia en prosperidad dichosa y gozo insoportable.

Si la inteligencia fuera una de las alternativas con las que un humano menos avanzado pudiera contar en caso de desconfianza, incertidumbre o vacilación, es posible que el futuro estuviera garantizado. Afortunadamente la razón esta corroída por un virus sin moral que se alimenta de vileza e iniquidad y que no distingue entre semidioses, cenutrios, inocentes o cobardes; una toxina altamente abrasiva, cuyos canales de transmisión son la ética o la honestidad y su tarjeta de visita la sonrisa luminosa y resplandeciente.

No existe ningún gueto donde poder internar a estos enfermos. No se fabrican alambradas punzantes con la suficiente capacidad lacerante que impida que uno sólo de estos apestados contagie al resto de deprimidos pesimistas que, tranquilamente y en un estado de paz interior inexplicable, pululan sin hacer daño a nadie y sintiéndose fuertes con el único don que fortalece: la angustia o la desesperación.