Email del 11 de febrero 2022

 

Anima Ehtiat. Crazy portrait No. 2 (XX cent.)

Querida:

Mientras corregía Los calzoncillos satánicos, un texto escrito por una de mis mejores amigas, cuya pretensión fundamental era presentarlo a un concurso literario amateur, reparé en que a pesar de mis 60 años, seguía siendo un completo imbécil. Luego le di la vuelta al pensamiento y me pregunté para mis adentros cuándo diantres iba a madurar. ¿A los 70? ¿A los 80? ¿Qué cojones hacía corrigiendo un proyecto de libro en el que los protagonistas eran unos gayumbos demoniacos. A mí me gustan las bragas. Y sobre todo lo que hay dentro de ellas. Luego aparqué la relectura y revisión a un lado y me senté en el sillón donde suelo meditar sobre los malos rollos. Y me concentré. Y recapitulé. Y acabé abstraído y embelesado. 

En ese instante, justo cuando había llegado a la conclusión de que en realidad yo era un humanista, -eso sí, quizá un poco ominoso- que de alguna manera había coadyuvado al desarrollo de la degeneración de parte de la raza humana más virtuosa, sentí un pinchazo en la parte alta de la espalda que me obligó a tenderme sobre la cama que en aquella época utilizaba para lloriquear cuando mi hipocondría se descomedía. Al mismo tiempo que trataba de apaciguar mis dolores interiores, decidí asomarme a la ventana. Observar a la gente que con ese típico caminar zombi se dirige hacia cualquier dirección siempre me había reconfortado. Sin embargo, en esa ocasión una molestia en forma de abejorro revoloteando francamente cabreado me jodió la transverberación. Cuando al fin pude ahuyentarlo agitando frenéticamente la borla del cordón de las cortinas e intenté volver a asomar la cabeza girándola en forma dextrógira, un concepto en forma de reflexión resbalosa se introdujo (¿otográmicamente?) por uno de mis pabellones. La idea era claramente eudemónica y por un instante me apaciguó: «Todo contacto deja un vestigio. Dios mío, ¡todo contacto deja un vestigio!» 

Todos los que tienen el placer de conocerme lo saben: no soy William James Sidis, pero cojones, tampoco una acémila desgalichada. Quiero decir, puedo… puedo estar taraceado de arriba a abajo y ser capaz de poner caras estúpidas y ojipláticas cuando no entiendo algo, sin embargo nunca, y repito, nunca, me olvido de mis propias ideas fijas, que en ocasiones son proditorias. Todo lo que he sido o todo lo que no he sido forma parte de mi ser. Y aunque mi determinación suele ser inquebrantable, nunca encuentro motivos suficientes para hacer lo que no hago. ¡Ni siquiera cuando me encuentro bocabajo!

G