Según el diccionario que tengo a mi lado es un «estado de ánimo que propicia paz interior»; bonita pero almibarada definición; es posible que esta enciclopedia sea de manufacturación cristiana, pues fue un regalo de alguien que en otro tiempo santificaba las fiestas y ponía la otra mejilla frente a una ofensa. Pero existen otras definiciones igual de respetables aunque seguramente nada atrayentes para los que día a día, repletos de estúpido optimismo leibniziano intentan convencerse de que este mundo es el mejor posible o el único factible; no voy a ser yo quien las recopile, no dispongo de tiempo ni ganas para escuchar memeces a estas alturas de mi vida; sinceramente, preferiría que me arrancaran tres muelas antes de oír lo que tú tienes que decir al respecto y, francamente, me importa un comino dúctil y maleable, cual es o deja de ser tu filosofía acerca de este sinsentido.
Felicidad es una palabra inventada trabajosamente para tratar de sacralizar la mentira a la omnisciencia inherente o total. Esta definición que puede resultar pedante, redicha o incluso incoherente, es la única que se ajusta o encaja en mi capacidad cognitiva para disfrutar del léxico imprudente sin sufrir repentinas pero previsibles ganas de meter la cabeza en un cubo de agua regia; determina y provoca pero al mismo tiempo considera y confunde. Podría intentar ser más repulsivo tratando de minimizar sus consecuencias; podría corresponder a las expectativas eruditas o filosóficas con una detallada pero aburrida conjunción de palabras ostentosamente huecas e insustanciales, pero no lo considero necesario ni creo que sirva para exonerar a mi cerebro desgastado y enfermizo del cúmulo de excesos innovadores que se arremolinan en el maelstrom que forman mis neuronas.
Existe gente que sonríe imbécilmente ante cualquier adversidad inalterable, pero también hay ciertos individuos (claramente avanzados) que pondrían fin a su vida con tal de no soportar la molestia de unos acrocordones en el cuello o en las axilas. Todo depende de la capacidad para admitir la ineficacia, o dicho de otra manera, todo es el resultado de no tomarse la vida demasiado en serio. Admitir el infortunio de la dicha es un signo de grandeza intelectual, lo contrario, a mi juicio, es una forma de esclavitud o prostitución de la sensibilidad y del conocimiento. Llegados a este punto, sólo me resta finalizar este apunte venenoso con una pregunta que me hago desde que conocí al primer idiota que me admitió su completa satisfacción con la existencia que llevaba:
El rebuzno…. ¿es innato o adquirido?
