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| Edvard Munch. Meeting (1921) |
Cuando la adrenalina se liberaba en su organismo se convertía en un provecto badulaque. En esos instantes su Aquí y Ahora se desgarraba como si fuese un tejido económico y no le permitía otra opción que no fuera estallar o alejarse a toda prisa de la miserable realidad practicando la huida libre. A veces, mientras se retiraba cabizbajo solía reírse como si fuese un pavo psicótico, quizá para demostrar que era preferible una carcajada antes que tener que agenciarse una toza de chinibro y ponerse a golpear testas a diestro y siniestro. Y es que el junípero era su árbol preferido al igual que el histerismo y la extravagancia sus némesis.
Recuerdo el día en que decidió quedarse a vivir en un mingitorio público. Allí organizó un cenáculo para despotricar sobre el maniqueísmo. Seis de sus doce invitados eran conservadores, el resto progresistas. Discutieron durante horas mientras la gente entraba y meaba. En un momento dado algunos de los ponentes comenzaron a echar de menos sus libertades particulares y suplicaron respetuosamente aplazar las exposiciones una o dos semanas. Sin inmutarse, se levantó de la letrina que hacía de sillón y les dedicó unas palabras:
«Señores, soy tan viejo como una almeja Ming y tan estirado y comprimido como una paparda. Si habéis decidido orillar vuestras disquisiciones, no seré yo quien os contradiga. Sin embargo, antes de que salgáis por esa puerta, algunos con la cremallera de la bragueta bajada y otros con la dignidad subida, me gustaría daros las gracias y al mismo tiempo enviaros a la porra. O lo que es lo mismo, al quinto carajo. O donde Cristo perdió la sandalia. En resumidas cuentas: a la puta mierda».
Por supuesto, la reunión jamás se reanudó, sobre todo porque para sacarlo del meadero público tuvieron que intervenir los GEO. Aunque con el paso del tiempo los hechos se antojan confusos, parece ser que el grupo de operaciones especiales no tuvo más remedio que balearlo. Otros dicen que fue él quién se quitó la vida disparándose con un arma que llevaba consigo o que le arrebató a uno de los policías. Una amable señora que pudo ver todo contó al Periódico estatal lo sucedido:
«Yo salía de la residencia, de estar con fermin, mi marido, que está muy muy mayor y no se vale por sí mismo, ejem, fermin, con minúscula y sin acento. Apunte,: f-e-r-m-i-n. Bueno en realidad había ido a llevarle un potaje de garbanzos que había hecho el día anterior. A fermin siempre le han gustado las legumbres, ¿sabe? aunque sus preferidas son las alubias. Pues como le decía, acababa de salir y… ¡No! ¡Espere! ¡Óspera negra! No le llevé potaje de garbanzos sino lentejas a la marinera. ¡Exacto! ¡Qué cabeza tengo! ¡Madre del amor hermoso! Lo recuerdo perfectamente porque mientras las cocinaba se me acabó el gas y tuve que pedir una bonbona, con ene, no con eme, al butanero. Y esta llegó 16 días más tarde. ¿Cómo? ¡No puede ser! 16 días más tarde es imposible. Creo que… Mi cabeza falla otra vez. Todo me da vueltas. Creo que deberían ingresar… me, separado. Ingresar me. Ingresar me. ¿Se lo repito? ¡B-o-n-b-o-n-a!»
