Mis años de ectomorfo ecopráxico ya han acabado. Mis intereses actuales se centran en el estudio de la labilidad como escape al sufrimiento: el sufrimiento de las emociones, esa mentira que transforma nuestras vidas vacías y sin sentido en ondas ciclotímicas permanentes. Puestos a elegir entre la vacuidad absoluta y el delirio maniático, obviamente me decanto por el segundo trastorno, por supuesto siempre que elija desde el punto de vista humano libre, es decir, contaminado, infeccioso, descompuesto, pero también depravado, pervertido y humillado.
Es posible que parte de mi corrupta filosofía se deba al disomnio, aunque también es factible, y por otro lado perfectamente comprensible, al hecho de sentirme obligado a asumir un rol que no me corresponde y que, lejos de realizarme y hacerme sentir repleto de ventura, no me crea más que una sensación de ideación paranoide y, a veces, incluso delirante o alucinatoria.
Sólo hay una pequeña línea separatoria entre la irrealidad auto inducida y la locura como manifestación sintomática irreversible; ese ínfimo cisma sinestésico o mnemotécnico inducido por la pseudo-idiocia adquirida es, en mi caso particular, un escape glorioso del sinsentido existencial, esa humillante lección comenzada a aprender tres segundos después de cambiar el fluido incomprensible del saco amniótico por aire limpio, incólume y semiótico.
Si tenemos en cuenta que el periodo más traumático de un niño es la fase fálica, en la que el interés se centra en el conocimiento de los órganos sexuales, no existe otra etapa más siniestra y con menos sentido que la adultez; ese ciclo en el que supuestamente nos doctoramos en lo que algunos llaman Inteligencia Emocional (sic), es decir, ese desbarajuste toscamente pasional en el que, de alguna forma, la amígdala cerebral nos recuerda que es preferible la inexistencia cabal frente al debilitamiento sensitivo.
Mis años de ecolalia han quedado muy lejos; ahora hasta me permito el lujo de utilizar la capacidad de raciocinio como arma semiautomática contra mi verdadero y urgente anhelo por desaparecer. El comportamiento o reflejo de huida innato me dicta que la volatilización es el único camino para la salvación, el mejor subterfugio contra la conmiseración que me produce enfrentarme a los sentidos ajenos que destrozan mi fuerza convirtiéndola en una maraña de dislates extravagantes y desgalichados.
La consecuencia inmediata de está demente declinación biológica es completamente comprobable en las alteraciones de los rasgos de mi carácter, y por ende en las características cognitivas de mi ya confusa y desdoblada personalidad. El rapport existente entre mi subconsciente y mi conciencia ha pasado a otra dimensión lejana e irreconocible bajo esta fachada diseñada al cincuenta por ciento por carne y pompa; ese falso esplendor pútrido y hediondo que maquilla los pocos instantes que son necesarios para completar una ineludible existencia.
