Existió una profesión sobre la que nadie quiere saber nada actualmente; una profesión que fue desterrada de nuestra península hace más de cuatro siglos y que aún hoy es sinónimo de execración y anatema. Esa ocupación absolutamente innombrable era la de «destapador». Como su nombre indica, un destapador era un hombre -pues estaba completamente prohibido dejar destapar a las mujeres-, generalmente perteneciente a la plebe, que destapaba todo lo que estaba tapado por un módico precio negociable y que, lejos de sentir vergüenza por la candidez de su trabajo, era alabado y protegido por el alto clero y la nobleza. Según el erudito y consignador de bienes Don Honorio Roa (1456-1510) sabemos que los individuos de las clases sociales altas ni siquiera sabían tapar una copa de plata con la palma de la mano para impedir que una mosca cojonera recién escapada de los establos se introdujera por error en el amontillado, por lo tanto no es de extrañar que una ocupación así gozara de la gracia divina de cardenales obesos u obispos obsesos y la merced mundanal, a veces escondidamente laica, de caballeros y terratenientes.
Si hemos de dar crédito a los trabajos de Prudencio Roa (hermano de Honorio hasta su fallecimiento debido a una ingesta de calabacines podridos), los campesinos odiaban a los terratenientes aunque a veces les remendaban las mallas y los leotardos; los terratenientes odiaban al clero, el clero abominaba de los artesanos, los artesanos no soportaban a los campesinos y estos últimos se maldecían entre ellos, por lo que no es difícil dilucidar que el rencor, la aversión y el aborrecimiento fueron los causantes de que la carrera de destapador (o destaponador, como algunas veces los llamaban sobre todo los sacerdotes jesuitas) llegara a posicionarse en lo más alto durante 3 siglos y medio hasta su completo hundimiento en la primavera del año 1646.
El gremio de destapadores incluía varios grupos de trabajadores y entre ellos, los más conocidos eran los «desjofainadores» o destaponadores de jofainas. Esta agrupación, muy numerosa y totalmente independiente, siempre se caracterizó por el fino trabajo que realizaban y por las letras de las canciones que entonaban mientras lo desempeñaban. Gracias al trabajo de recuperación de Gonzalo Roa (primogénito de Prudencio y tío abuelo de Rodrigo Roa, más tarde muy conocido por ser el primer noble que intentó defecar por la oreja) tenemos acceso a varios versos de una de sus tonadillas:
Si destapas la jofaina,
Intenta que sea de una manera regia,
Pues si no una azotaina
Será la única y horrenda estrategia.
Las razones de su caída en desgracia todavía no están nada claras; según Diego Roa (sobrino de Honorio y de Prudencio) fue debida principalmente a un accidente fortuito acaecido en el castillo del duque Estlicon de Rávena, cuando al intentar destapar una antigua bacía (jofaina usada para lavar las barbas) y que había perdido el asa en la batalla de Navarrete, ésta se rompió y derramó el liquido elemento sobre la pollera (falda antigua) de la duquesa que en esos momentos yacía debajo. La razón del porqué la duquesa se encontraba en esa postura tan infame es motivo de controversia y ni siquiera a día de hoy existe una hipótesis razonable.
Nada más puedo añadir a mi humilde y corto preámbulo, querido lector; todo lo más que puedo hacer es pedir disculpas por mi prosa atolondrada y ofrecer las próximas 832 páginas para deleite de los sibaritas de los vocablos y los gourmets de las locuciones históricas verazmente contrastadas.
