Email del 16 de junio 2022

Duy Huynh

El hombre que miraba en todas direcciones excepto en una se incorporó, y doblando la cabeza de la misma forma que un papagayo complacido me preguntó: ¿sabes por qué miro hacia todos los lados menos a uno? Me disponía a contestar con ese precioso adverbio que sirve, entre otras cosas, para negar, rechazar o impedir una posible correspondencia, cuando de su boca brotó un remolino de segmentos restringidos por demarcaciones, o lo que otra persona menos pedante y afectada que yo llamaría vocablos, palabras, términos. Trataré de transcribir su respuesta de la manera más exacta posible, aunque entre los círculos familiares tengo cierta fama de olvidadizo y algunos de mis amigos, exactamente a los que más aprecio tengo, no se cansan de repetir que tanto los sintagmas endocéntricos como los exocéntricos que llegan planeando desde las laringes de los emisores a mis oídos sufren una penosa transformación cuando intento hacer un epitome, una sinopsis o incluso una pequeña pero satisfactoria paráfrasis.

Pero antes de reproducir, o por lo menos, intentar trasladar el conjunto de frases atiborradas de sentido, lucidez y sabiduría del hombre que miraba en todas direcciones menos en una, me gustaría dejar patentes ciertas reflexiones sobre la naturaleza de ese ser o ente excepcional y su interacción con los elementos que le rodeaban, sobre todo con cada una de las unidades especiales relativas a la propia persona, entiéndase, alma, espíritu o fuerza vital, que hacía que mantener contacto con sus postulados y con la luminosidad que estos desprendían, fuera, además de el «actus fidei specificatur ab objecto«, lo más cercano a una experiencia espiritual, emocional, subjetiva y, por supuesto, mística.

La primera vez que reparé en el hombre que miraba a todos los lados menos a uno, yo estaba sometido a una terrible presión. Los problemas económicos y la ruptura con mi mujer después de 20 años de pacífica aunque miserable convivencia, habían transformado mi habitual quietud en furia brutal y desmedida. El único humano bueno era el que estaba enterrado bajo dos metros de tierra y sólo el placer que me proporcionaban los perros y los gatos solía apaciguar las ansias de venganza social que brotaban de cada uno de mis poros sanguinolentos.

Recuerdo perfectamente cómo sucedió todo. Caminaba sin dirección fija, posando la mirada en la mugre que rodeaba mi existencia, cuando de repente escuché una voz suave, amable pero segura, que se detenía dulcemente sobre la percha de mis malas experiencias. Al principio creí que sería un mendigo que querría unas monedas a cambio de un pequeño chantaje emocional, pero cuando miré directamente a su cara supe que el principio de todo era una respuesta y que esa respuesta significaba el adiós a todos esos «antes» y «después», y por extensión el finiquito generacional de todos y cada uno de los «por qué», de los «no sé», de esos millones de preguntas nunca contestadas, de la avaricia del sinsentido y el ilustre corolario al abandono o la dejadez que hasta entonces y de una manera demencial habían abanderado el nacimiento de cada segundo, cada minuto, hora, jornada, mes, año, lustro, década…

Soy consciente de mi promesa, aquella que hice en el primer párrafo. Recordad, recordad, si mi palique manuscrito no os ha aburrido. Supongo que debería ser fiel a mis palabras y reproducir lo más exactamente posible la respuesta del hombre que miraba en todas las direcciones excepto en una. Llegados a este punto no puedo dejar de preguntarme: ¿para qué sirve ser honesto en un mundo donde la honestidad no es más que otra marca de cosméticos? ¿Entendería alguien las oraciones, los enunciados, las máximas y las proposiciones que salieron de su boca? Nadie comprende nada. Es tan fácil escurrir el bulto. Todos quieren sacar los conejos de las chisteras, pero mientras tratan de mantener derechos los sombreros, los lagomorfos corren despavoridos temiendo por sus vidas.

En estos instantes trato de encontrar una expresión que acabe de una vez con todas las manifestaciones que se delimitan con palabras. Pero no existen palabras que reflejen lo que tengo en mi cabeza. Cuando me siento realmente jodido, sólo tengo que pensar en él, el hombre que miraba en todas direcciones excepto en una,  para saber que toda la mierda que vomito la he fabricado yo. Y que todo ese conjunto de heces va dirigido a la persona que más debería querer de todas las que pueblan el mundo, o quizá el universo: yo.