Email del 24 de junio 2022

William Turner. Snow storm (1842)

Querida:

Para algunos la felicidad representa encontrar a alguien, sin embargo para otros significa deshacerse de todos. En mi opinión, yo creo que la felicidad consiste en sacar afuera todo lo que está dentro y de alguna u otra forma te oprime y esclaviza. ¡Y eso es lo que hizo en su día Heriberto Ferrontes Ferrontes! Por esa razón en su casa no había nada. Absolutamente nada. Todo estaba afuera, repartido entre en el rellano, la escalera y el patio. Y cuando digo todo me refiero a los electrodomésticos, los enseres domésticos, los muebles, entre ellos, su maravilloso sofá de piel de cinco plazas compuesto por un módulo izquierdo de tres plazas y otro rinconera y chaise longue a juego tapizados en piel de vacuno y con un exquisito diseño de líneas. Afortunadamente para Heriberto, el edificio, con excepción de su vivienda y la mía, estaba completamente deshabitado. El resto de inquilinos fueron dejando sus pisos poco a poco, sobre todo cuando la convivencia se tornó insoportable. Supongo que te preguntarás por qué no denunciaron a ese sujeto. Lo hicieron, pero no sirvió de nada. Además Ferrontes² era el propietario del edificio. Yo aguanté todo lo que pude, pues no es fácil subir y bajar la escalera saltando armarios, vadeando sillas, reptando por debajo de mesas y rodando por encima del sofá de piel de cinco plazas compuesto por un módulo izquierdo de tres plazas y otro rinconera y chaise longue. No olvides que ese inmueble, influenciado por el estilo Guastavino, fue construido a finales de los años treinta y carecía de ascensor.

Pero… la verdad, no sé por que te he hablado de Heriberto Ferrontes. Yo solo quería despotricar sobre esa ilusión emocional llamada felicidad. A Ferrontes² que le den por… En realidad le dieron por… Alguien, nunca se supo quién, le descerrajó un pedrusco de más de 15 kilos en la cabeza. Por supuesto murió en el acto. Durante un par de meses yo fui uno de los sospechosos de su asesinato.

Ser feliz implica deficiencia e imbecilidad, pero ser o parecer un desgraciado nunca trae nada bueno, sobre todo si intentas pasar desapercibido. ¡Recuerdo a Elisa Mufrina Surrabuca! Siempre que salía de su casa intentaba por todos los medios que no la reconociesen. Como casi nunca se dejaba ver, prácticamente nadie sabía que existía. Cuando quería pensar en sus cosas se sentaba en un banco solitario de un parque alejado y abandonado de la mano de esa entidad ficticia y adocenada llamada Dios. A veces incluso se imaginaba que era una mujer normal, pero pronto le entraban los temblores y regresaba a casa corriendo asustada, como si le persiguieran el hombre del saco, el cuélebre, la corrupia y el tragaldabas juntos. Ser su amigo durante año y medio me desgastó por completo. Todavía me siento ajado y deslucido, y eso que hace siete años que no la he vuelto a ver. Lo último que supe de ella es que pretendía convertirse en un anaquel convencional.

Cada día que pasa, siento que mi mundo se hace más y más pequeño. Si esta sensación sigue su curso natural, acabaré viviendo en el borde de un precipicio ficticio. Afortunadamente no existen las caídas imaginarias, por lo que todavía me siento algo seguro, pero ¿y sí ese margen irreal sólo es un indicio? A menudo me acomodo a contemplar la nada. Me encanta su absoluta inexistencia  y su función lógica. ¿Por qué no puedo vivir allí? Yo también me opongo a cualquier tipo de principio. ¡Y a cada uno de los posibles finales! Por esa razón el tiempo carece de valor intrínseco. Confirman mis sospechas un montón de hechos, acciones, incidentes. ¿Debería comerme las últimas palabras? Quizá sería útil que en lugar de dibujar trazados difusos me decantara por agujerear cada una de las notas, blancas y negras, que me transforman en un imbécil idealista. Joder, ¡me estoy convirtiendo en un jodido bufón!

Auxibio Badaloro Cantrabo, trabajaba de payaso los lunes, martes, miércoles y jueves. Los viernes y sábados escribía cada uno de los hechos extraños que se ocultaban en su cabeza. Pensaba, escrutinizaba y liberaba ese torbellino formado por casualidades, miedos inconscientes y tiempo desperdiciado. O tiempo masacrado. O tiempo liquidado, arrollado, trepanado, y en numerosas ocasiones, entregado, devuelto y archivado. Los domingos… los domingos y fiestas de guardar se tumbaba sobre la alfombra del salón y contaba cada una de las columnas de fuego que le cerraban el paso…