Email del 25 de junio 2022

George Stefanescu. Harlequin’s sadness (1978)
Cierto día, un cuervo se posó sobre el hombro de un campesino. Era el mensaje que esperaba. Lo que sucedió a partir de ese momento lo convirtió en alguien distinto. Se proclamó rey de todos los campos y terrenos baldíos que le pertenecían y rehusó seguir viviendo con el resto de su familia. Rodeó sus posesiones con cuerdas hechas con hierbas y bautizó a cada uno de sus súbditos, que no eran más que serpientes, lagartos e insectos, con nombres rimbombantes. Talló sobre un tocón podrido que yacía en el suelo un aviso que serviría, según él, para ahuyentar a cualquier ser bípedo que osará acercarse a sus dominios. Pero para que esa especie de broquel sirviera para algo, debería traspasar sus límites y depositarlo a unos cuantos cientos de metros más allá de su cercado. Eso le asustó. Primero, no tenía la fuerza suficiente como para arrastrar el tronco y trasladarlo. Segundo, le aterraba la idea de salir de su extraño paraíso. Así que no tuvo más remedio que reducir sus propiedades para que la advertencia pudiera ser interpretada debidamente. En unas cuantas horas su universo exclusivo mermó en la mitad aproximadamente, lo que no impidió que siguiera sintiéndose dichoso. Pasaron varios años. Las lluvias, el sol y los vientos del norte tejieron en su piel un indicio de lo que significa la edad. Una tarde de agosto murió mientras contaba piedrecillas en el lado sur. Ninguna de sus serpientes, lagartos o insectos derramaron una sola lágrima. Su cuerpo se pudrió en siete meses y los despojos resultantes fueron absorbidos por la tierra.