Email del 17 de julio 2022

Ryan Germick and Susie Sahim. Pile of Poo emoji 1999

Trilogía de la puta mierda. Parte II

Ayer pensé en la composición de los pedos. Al principio me pareció increíble que esa nada casi incolora, pero de ninguna manera inodora, estuviese compuesta por nitrógeno, amoniaco, hidrógeno, gas metano y dióxido de carbono. Por supuesto sin olvidar pequeñísimas partículas de heces en suspensión. Cuando me cansé de divagar sobre ese tema recorrí mi habitación con la vista tratando de fijar mis ojos en algo que me sirviera para continuar con lo que siempre he llamado mis «horas muertas dedicadas a comprender por activa, pasiva y por perifrástica lo que muy pocos pueden llegar a concebir, y sobre todo, a asimilar». Sobre una especie de amasijo de libros y papeles manchados con caracteres, signos y grafemas descansaba, supongo que plácidamente, un trebejo extraño que me había regalado unos días antes un indigente al que había recompensado con unos céntimos para sentirme un ser superior. El cachivache se asemejaba a una escultura que hubiese sido diseñada y trabajada con la lengua por un ofidio que padeciese, en silencio o no, de anquiloglosia, glositis y lengua saburral al mismo tiempo. Cuando la agarré con la mano sentí un amago de pinchazo en el hígado, pues la imagen era realmente antiestética y repelente. Aún así me puse a pensar en ella. Mientras más trataba de llegar a alguna conclusión más difícil me parecía llegar a alguna conclusión. De repente sentí inconclusión. Dos o tres segundos después sentí oclusión intelectual y espiritual, seguida de  una sensación persistente que me recordó a lo que siente un individuo sin extremidades al que acaban de contar un chascarrillo penoso o lamentable. 

Sí, decidí arrojar la estatuilla, por llamarla de alguna manera, por la ventana. Me extrañó bastante no escuchar un quejido lastimero o un «hijo de la gran puta, te voy a matar». Pero no me asomé. Ya lo había hecho bastante en el texto anterior, del día 15 de este mismo mes, y me pareció que resultaría exagerado, sobre todo para mi único y asqueado lector. De manera que me dispuse a alzaprimar. Y alzaprimé y alzaprimé, hasta que escuché las risotadas emitidas por los pequeños insectos caseros, sobre todo gorgojos, polillas y lepismas (AKA pececillos de plata). Mi primer impulso fue tratar de poner todo patas arriba y pisotear cada bicho carcajeante que se dejara ver, pero de repente, un ejército de psiquiatras, psicólogos clínicos, psicoterapeutas y  «psinosecuantos» me agarraron con fuerza y me pusieron un bozal y un dogal. Me encantan los vocablos terminados en «al» ¡Al Hitler! (¿O era Hail?).