
Hola, amiga mía:
El jueves, mientras desmontaba un mueble feo y carcomido sufrí un terrible y dolorosísimo ataque de lumbago que me mantiene doblado todavía. Te escribo estas líneas en una posición que resultaría obscena si fueras una malpensada o acabaras de ver un film porno. ¡Me estoy haciendo viejo! Me gustaría decir que me estoy haciendo joven, pero nadie se lo creería, sobre todo si me pillan lubricando las articulaciones anatómicas con aceite del árbol del té, que es lo que hago a todas horas en un vano intento de amortiguar los sonidos que hacen éstas cuando me muevo. Ahora ya sé por qué los vecinos golpean las paredes: para que no haga ruidos osteoartríticos. Quizá debería meterme en la cama y esperar a la muerte, pero temo que esta se metiera en el catre conmigo y me sometiera a tocamientos libidinosos. No sé qué hacer, si ingresarme en una residencia para ancianos, una para neuróticos o una para ancianos neuróticos. ¡Y sólo tengo 60 anos! Perdón, ano sólo tengo uno, y no funciona demasiado bien pues se atasca, pero es que la tecla que representa a la decimoquinta letra, ya sabes, esa tan típicamente castellana, se desprendió de mi teclado hace unos meses.
Recuerdo cuando era joven y lo único que me importunaba era pensar en el futuro, este que ya ha llegado y me está haciendo la vida insoportable. Hace unos pocos días estornudé y al hacerlo incrusté la dentadura postiza en una columna dórica. Y el mes pasado, mientras trataba de seguir los movimientos sinuosos del trasero de una bella señorita, un globo ocular se me cayó al suelo y fue mordisqueado salvajemente por un sintecho que sintecheaba por allí en ese preciso instante. Envejecer es un fastidio, pero contemplar cómo envejecen tus amigos una satisfacción. ¡Ahora ya sabes cual es la razón por la que colecciono catálogos de funerarias! Quiero estar preparado para cuando ese instante final se presente de improviso. Antes, era coleccionista de enfermedades, hasta que alguien me ofreció una suma considerable por mi colección y me vi obligado a vendérsela. El sujeto que la adquirió ya ha fallecido, pero eso no importa demasiado ahora mismo. Lo que realmente me importa es saber que cada uno de nosotros morirá tarde o temprano, y que una vez muertos y enterrados, todo carecerá de sentido. Todas las noches que he pasado en modo pluripatológico y en constante vigilia se verán reconfortadas con el perfectísimo sueño perpetuo, ese que sucede cuando nuestro cuerpo se niega a seguir pagando facturas, escuchando idioteces, descomponiendo las totalidades, en definitiva, a seguir malviviendo.
Puede resultarte gracioso, pero mientras tecleaba el párrafo anterior mis dedos han sufrido una parálisis discinética y no tengo más remedio que mecanografiarte el resto con una oreja. Para despedirme te enviaría, como hago siempre, un besazo, pero mis labios han contraído herpes labial, queilitis y liquen plano, todo a la jodida vez, y no puedo permitirme el lujo de propagar tanta mierda vírica, por lo que esta vez te envío un narizazo.
G