
El número tres es sagrado,
así como las historias en las que se ve involucrado,
Por favor, no mancillar con ideas preconcebidas
o hechos improbables y sesgados.
(G. de Lopezei-Perezei)
Tres son las oraciones con las que Beatriz intentó ponerse en contacto con Dios. Ninguna surtió efecto. O bien la omnipotencia estaba demasiado ocupada o ella no era digna de ser escuchada. Con aspecto triste se dirigió hacia su habitación, extrajo de un cajón un cilicio de metal bastante viejo y oxidado y se lo enrolló en un muslo. Cada vez que lo apretaba la sangre brotaba de su carne.
-Por ti, mi Señor, por tu Hijo y por el Espíritu Santo.
De repente alguien llamó a la puerta. No usó el timbre, sino que golpeó rítmicamente sobre la madera. Cuando abrió y pudo ver la cara y el cuerpo del visitante, su cara se desencajó mientras que con su mano derecha se persignaba.
-¿Sabe quién soy? -preguntó el forastero.
-No soy digna de que entres en mi casa, pero…
-¿Sabe por qué he venido?
-No, pero mi casa es tu casa…
-Muchas gracias. Su arrendador me ha dicho que su pila no traga. Quiero decir, ejem, creo que está embozada.
-¿Entonces no es usted Dios?
-Bueno, en realidad hoy no tengo tiempo, ya me pasaré en un par de días. Adiós señora.
Tres son las veces que Darío intentó hacerse un huevo frito. Desde que su mujer lo abandonara hacía tres semanas había estado alimentándose con latas de atún y comida prefabricada, de esa que venden en las grandes superficies. Hoy era el día en que por fin se atrevía a encender el fuego y nada salía como él pensaba.
-Mierda, esto es más difícil que levantar la ceja izquierda.
De repente alguien llamó a la puerta. No usó el timbre, sino que golpeó ritmicamente sobre la madera. Cuando abrió y pudo ver la cara y el cuerpo del visitante, su cara se iluminó mientras dibujaba una gran sonrisa.
-¿Sabe quién soy? -preguntó el forastero.
-No sé quien es usted, pero por favor, ayúdeme a prepararme un huevo frito.
-¿Sabe por qué estoy aquí?
-No, y si quiere que le sea sincero, no me importa en absoluto. Pase a la cocina y enséñeme a freír un huevo y le invito a una copita de Jerez.
-Su arrendador me ha dicho que su nevera está tibia. Quiero decir, ejem, que su refrigerador no enfría.
-¿Entonces no me va a ayudar?
Bueno, en realidad hoy no tengo tiempo, ya me pasaré en un par de días. Adiós señor.
Tres son las historias que Patricio contaba cada día a su nieta antes de que ésta se fuera a la cama. Aunque siempre se las inventaba, en ocasiones se confundía y las repetía hasta que ella le regañaba. Cuando eso sucedía tenía que inventar una excusa a toda prisa para poder sentirse bien. La edad le pasaba factura y su genio, que hasta entonces nunca había salido de su cabeza, luchaba por desplazarse al exterior.
-¡Maldita pequeñaja petulante y engreída!
De repente alguien llamó a la puerta. No usó el timbre, sino que golpeó rítmicamente sobre la madera. Cuando abrió y pudo ver la cara y el cuerpo del visitante, no se le ocurrió otra cosa que mandarlo a la mierda.
-Espere, no me cierre la puerta. ¿Sabe quién soy? -preguntó el forastero.
-Supongo que un maldito Testículo de Jeováh o un vendedor de aspiradores. ¿Me equivoco?
-O sea, que no sabe por qué estoy aquí.
-Maldita sea, si lo supiera no le habría abierto la puerta.
-Su arrendador me ha dicho que su nieta es una chulita, ejem, que arma mucho escándalo y algunos vecinos se quejan.
-Dígale a ese exprimidor fascista que me paso por los cojones lo que diga y las molestias de los vecinos. ¿Se ha enterado, pedazo de imbécil?
-Bueno, en realidad hoy no tengo tiempo, ya me pasaré en un par de días. Adiós.