
“Te pasas la vida despidiendo a los que se van, hasta el día en que te despides de los que se quedan”.
(Vera de Talleyrand-Périgord)
Cierro los ojos. ¿Para qué sirve cerrarlos? Para acercarse a la nada. Pero entonces, ¿qué es la nada? La nada es la ausencia total, una respuesta sencilla e inútil con la que poder disimular el vacío. Existen infinidad de vacíos. El mío poco se puede parecer al vuestro, o al de cualquiera que sea capaz de reinterpretar este texto. Mi vacío lo he construido yo. ¿Yo? ¿Qué es el yo? El yo es una línea virtual que divide y, a veces incluso, aísla a los individuos. Mi yo es infinito y limitado. Eterno y perecedero. Yo soy una piedra a la orilla de un riachuelo. Soy una gota dentro de una nube. Soy los días, los meses, los años, pero también soy parte del espacio y del tiempo. Soy la esquina doblada de un libro. Soy el filo de un cuchillo. Soy la sangre que se escurre por un antebrazo. Soy una semilla. Soy un hueso, pero también soy lo que he sido en mis días y en mis noches anteriores. Y he sido un árbol. He sido una mortaja. He sido un alfil y he ganado algunos juegos. He sido guitarra. He sido hechicero. He sido cristal y he sido hierro.