
Era el único chino de mi barrio que sonreía, por esa razón siempre me tomaba el café en el bar que regentaba. En contadas ocasiones me servía su mujer, una asiática samuga con rostro de cópula ilícita. No sonreía nunca, se contentaba con ordenar telepáticamente a su pareja que lo hiciera en su lugar. Un día estaba sentado degustando mi cortado de 1,30 euros cuando de repente se sentó en la mesa contigua un cofre de almacenamiento con melena rubia y grandes labios enrojecidos. Su grandiosa gordinflosidad, de idad, de idad, con blandingosidad, blup, blup, y lánguida burralidad me llamó la atención y durante los siguientes 20 minutos no dejé de mirar su silla. Sin embargo esta nunca se rompió y aguanto el peso sin resignarse plásticamente. Cuando se levantó, después de pagar, por supuesto, se ajustó la andorga y se asustó al contemplar mi mirada, blanquihorchatosa y abarquillada.
-Señor, ya sé que estoy rellenita pero no hace falta que me lo recuerde de esa manera tan repugnante.
-No la miro a usted. Miro su silla. Mi esposa, que en paz descanse también sabía a rata.
-¿Cómo se atreve?
-A nata. A lata. A pata. A mota… rota. ¡Nota! ¡Ñata! Bota hita. ¡Cita apta! Acta. afta.
En ese mismo instante en el que las palabras de cuatro caracteres y terminadas en «te» y «a» se me estaban acabando se acercó una joven guapísima y, salpicando mi cara, me dijo que había estado contemplando toda la escena y que había llegado a la conclusión de que yo era el ser más asqueroso y nauseabundo que había visto en su vida. Y añadió que no comprendía cómo un ser humano podía meterse con otro por su físico.
-Eres un yogurín.
-¿Cómo? ¿Ahora me insultas a mí? Voy a llamar a la policía…
–Streptococcus termophilus y Lactobacillus bulgaricus. Eso eres. Una bonita combinación de ambas bacterias.
Mientras salivaba deslumbrado por su belleza, sentí ganas de comerme un producto lácteo.
-¡Fu Ling, tráeme un yogur de fresa!
-No habel yogules, jefe!
-Es una pena que no tenga yogures porque yo misma se lo hubiese despachurrado por la cara.
-Usted cállese, gor…, ejem, señora rellenita. Yo nunca la insulté. Solo miraba su maldita silla. Soy fabricante. ¡Esto es ofuscante! ¡Y limitante!
-¡Y lacerante! Es usted una mierda…
-¡Excitante aunque fatigante, pero sencillamente hilarante! ¡Colorante! ¡Castrante! ¡Bogavante!
-¡No habel pescados, jefe!
De repente sentí ganas de levantarme y liarme a escupitajos con Laurel y Hardy en versión mujeril, sin embargo opté por retirarme pausadamente mientras ambas me injuriaban. Caminé y caminé, aunque casi siempre que camino y camino parece que no camino. Al cabo de un rato llegué a un jardín y me senté en banco de piedra. No habrían pasado ni cinco minutos cuando se me acercó un bigote encima del labio de un tipo vestido de poli.
-Buenos días, señor. Por favor dese la vuelta. ¿Ve a esas damas? Pues lo han denunciado. ¿Quiere que les diga que se acerquen?
-No, no me gusta que nadie se acerqué a mí. Por favor, aléjese unos centímetros.
-¿Cómo dice?
-No me gusta que nadie se acerqué a mí. Por favor, aléjese unos centímetros.
-Sí, eso ya lo oí. ¿Qué tiene usted que decir?
-Eres un yogurín.
-Bueno, me mantengo joven. Desde luego no aparento 57…
–Streptococcus termophilus y Lactobacillus bulgaricus. Eso eres. Una bonita combinación de ambas bacterias.
-Muchas gracias. Es lo más bonito que me han dicho en la vida. Espere un instante. Iré a decirle a esas dos que ya me encargo de todo.
-Vaya.
-Voy.
-Raya.
-¿Dónde?
-Laya. Faya. Yaya. Caya…
Mientras el poli se alejaba para luego volver a acercarse yo me alejé, sin que ninguno de los tres se diera cuenta, y desaparecí a una velocidad que habría que haberla visto para haberla creído. Como no quería que mis persecutores, que por momentos aumentaban en número, me alcanzaran opté por parar un taxi.
-¿Buenos días? ¿A dónde le llevo?
-Us-usted es una mujer.
-Es usted muy perceptivo, ¿acaso odia a las mujeres?
-No soy perceptivo. Ni vigilativo o despectivo.
-Bueno… no se enfade. ¿Dónde le dejo?
-Lléveme al bar de Fu Ling. Creo que ese lugar es ahora el sitio más seguro para mí.
-¿Donde está ese bar?
-Cerca. Muy cerca. Tire recto. Luego doble la segunda a la derecha, la cuarta a la izquierda y continúa tres manzanas hacia abajo.
-Si sigo esa ruta terminaremos otra vez aquí.
-Pues déjeme en mi casa.
-Señor, ¡se encuentra bien?
-Calle de los albaricoques, número ocho.
-Ese policía y esas dos mujeres nos están haciendo señas…
-¡Póngase en marcha!
-No puedo. Nos está diciendo que sigamos parados…
Salí del vehículo sin uno de los zapatos, aunque corrí como si fuera el orgulloso propietario del mejor par que hubiese existido. Desde lejos pude ver que el trío se había convertido en un cuarteto. De pronto recordé cuando era un niño y jugaba al teto. ¡Seto! ¡Veto! ¡Peto! ¡Jeto! ¡Reto! ¡Eto! ¡No, eto, no! ¡Eto, no! ¿Eto? ¿Eto ta bien? ¿Eto y lo otro y lo otro de lo otro? Llegué a un portal verde. Como nunca me gustó el color verde continué huyendo. Llegué a un portal azul. Como el azul me recordaba al verde volví a retomar la carrera. Llegué a un portal decolorado. Levanté una ceja y reconocí mi hogar. Subí dos pisos y abrí una puerta. Traspasé el marco y me senté…, bueno en realidad no me senté, sino que me sentí… me sentí protegido. Y sonrugido, aunque también resurgido, y en cierta forma, reelegido.
Toqué, sí, toqué la guitarra, aunque antes me tocó descolgarla. Mientras posicionaba la mano en un acorde disminuido escuche varios «ista» que entraban por la ventana. Dejé la guitarra apoyada sobre un Tintoretto falso que descansaba sobre el suelo y me asomé. ¡Me asomé! ¡Me asomé! ¡Me asomé! ¡Nunca debí asomarme! Abajo junto al cuarteto se había congregado una multitud vociferante que me dedicaba un millón de «istas». ¡Ista! ¡Ista! ¡Ista! ¿Fascista yo? ¿Derechista? ¿Machista? ¿Narcicista? ¿Conformista? ¿Onanista? ¿Racista? ¿Enemista? ¿Derrotista? ¿Despotista? ¿Elitista? ¿Agonista? ¿Tremendista? ¿Oportunista? ¿Pleitista? ¿Pesimista? ¿Jaranista? ¿Partidista? ¿Extremista? ¿Chantajista? ¿Clasicista? ¿Arbitrista? ¿Simplicista? ¿Pragmatista?
Cogí de nuevo la guitarra y musicalicé sus insultos. Cuando me cansé de musicalizar… Ummm, musicalizar. Generalizar. Revitalizar. Puntualizar. Neutralizar. ¡Oficializar! ¡Lexicalizar! ¡Parcializar! ¡Estatalizar! ¡Encanalizar! ¡Lateralizar! ¡Nominalizar! ¡Bestializar! ¡Ja, esa si que es buena!