
En la etapa más prematura de su crecimiento consciente el ser humano se considera eterno por naturaleza: fantasea con la idea de que nada tiene límite y que su cuerpo no morirá jamás. Esta imagen sugerida por los sentidos, que carece de objetividad real y que poco o nada tiene que ver con el conocimiento puro y racional, pronto se altera y transmuta en una especie de percepción antagónica que, la mayor parte de las veces, sólo sirve para distorsionar la eterna conexión del ente con su propia esencia. Cuando esto sucede, lo que es, existe o puede existir deja de tener importancia; de repente, ese conjunto de sensaciones, pensamientos y emociones preeminentes y divinas, aunque totalmente ficticias, nos alejan de la presencia del yo. Desconocemos que cualquier cambio puede llevarse a cabo únicamente en el ahora. Cualquier otro modo de proceder constituye una injerencia. Aferrarnos al statu quo de que siempre somos niños no es sino una racionalización evocadora.
Intentamos tomar contacto con nuestras emociones bloqueadas y lo único que conseguimos es perder el control intelectual y sumirnos en una etapa de gimoteos continuados y confusos, obviando que somos una parte del todo, y que ese todo sólo se puede definir como casualidad. El resto es puro caos. Pero es dentro de los parámetros del desorden y el desconcierto, donde parece que nos encontramos más cómodos. Fabricamos embustes con el único propósito de convencernos, y cuando esas patrañas son demasiado considerables, las ocultamos en recipientes inestables, protegidas de cualquier atisbo racional que pudiera poner fin a la mímesis paradójica en que hemos convertido nuestras realidades concretas. Carecemos de proposiciones pero defendemos hasta el último aliento cada una de nuestras inútiles abstenciones. El simple deseo de tener razón ha llevado a una gran parte de la raza humana a abundar en la incongruencia, el despropósito, la incoherencia.
Quiero volver con mi mamá. Ella me mimaba y le daba sentido a mi desconcierto existencial. Recuerdo que mi padre sentía celos de mí, yo me moría de envidia al ver la vida que llevaba nuestra perrita, Carlotta, y ésta suspiraba por parecerse al periquito que mantenían en una jaula de acero los vecinos de enfrente. Los vecinos recelaban de cualquier cosa que no sirviera para ganar dinero y el portero sospechaba de cada uno de nosotros. Pero nosotros éramos ellos y ellos pretendían ser todos, o por lo menos, una parte divisible del total. El total era parcial, por lo que algunos viandantes se quedaban estupefactos, pero la vida mantenía un pulso firme, general y absoluto, y las pequeñas bagatelas nunca excedían su tamaño (el que ocupa un simple momento determinado en el tiempo). Daría lo que fuese para volver hacia atrás, sin tropezarme con un año bisiesto, aunque con los ojos firmes en el horizonte y en la línea que traza para diferenciar lo de aquí con lo de allí.
Quiero volver con mi mamá. Ella sabía donde se metía alentándome para que hiciese lo que ella siempre había querido hacer, pero que no hizo por temor al verbo hacer y a cada una de sus temibles conjugaciones. Alguna vez lo intentó, pero como no sabía desistir o insistir, el proceso la sumía en un aburrimiento emocional que he heredado. ¡Sí! Nosotros éramos ellos. Ellos procuraban mirar en otra dirección cuando las gotas de lluvia se colaban en el interior por las ventanas. Las ventanas eran de madera de pino y requerían una mano de pintura al año. La pintura costaba bastante dinero. El dinero no servía para nada. La nada era apreciable cuando nos parapetábamos tras las cortinas. Las cortinas necesitaban una buena limpieza, pero la lavadora hacía tanto ruido que le producía unas terrible migrañas a mi abuelo que vivía a siete manzanas de distancia. La distancia equivale a la longitud del segmento de la recta que une dos puntos. Cada punto no es más que un concepto primario.
Quiero volver con mi mamá. Ella se relamía las heridas que produce vivir sin ninguna razón aparente. Yo me relamo porque ella se relamía. Yo me relamo porque ella se relamía… Se relamía.