
Elegía
Ahora ya no queda nadie. Algunos no existen y el resto simplemente se deja ver de vez en cuando. Los que se fueron sollozaron sobre los hombros de los que se quedaron o de los que no podían irse. Todos necesitaban un cambio de vida. Los que huyeron, pero regresaron al no encontrar un motivo, sintieron que habían cometido un error de proporciones considerables y partieron de nuevo. Mientras se alejaban, un sueño cayó del cielo y sepultó sus esperanzas. Los encargados de inhumarlas las bendijeron y ocultaron cada una de sus promesas incumplidas bajo un dosel de madreselva y lavanda. Mientras cantaban los himnos aprendidos a base de cachetes en la nuca, una sensación de ahogo se apoderó de cada uno de ellos. El más viejo se atusó la barba y engendró un deseo con vehemencia antes de fijar su vista sobre la línea del horizonte.
Ahora ya no queda nadie. Los pocos que eran alguien, cualquiera o algunos, tienen miedo. Los goznes de las puertas de sus hogares se han petrificado y los rayos del día ya no caldean los visillos de sus ventanas. Egerterisa, Saluenca, Miraren y Yunibia están sentadas sobre la tierra, que una vez fue suelo. Sus manos temblorosas intentan extraer el calor del sinsentido aferrándose al pasado, de la misma forma que un lagarto se agarraría a una piedra para intentar pasar inadvertido. Cuando se miran a los ojos una niebla densa oculta sus emociones, sus pretensiones y cualquier hecho, palabra o aspiración que se le parezca. Ya no hay tiempo para rezar, para santificar, para expresar los anhelos o convertirlos en futuro. Ya no existen las sonrisas, ya no existen los abrazos. Sólo perviven el frío y la oscuridad. La noche perpetua y los demonios que nos acechan.
Ahora ya no queda nadie. Todos los que formaban parte de la comunidad se han arrancado los ojos. No podían mirar donde les apetecía, por lo tanto pensaron que ya no los necesitaban. ¡Ya no eran útiles! Cada una de las banquetas, reclinatorios, catres o cachivaches que sirven para descansar han sido sacrificados en la pira de fuego. Ya no queda tiempo para la constricción. Sólo queda tiempo para aguantar las continuas vejaciones. Ya no quedan momentos para la oración. Sólo quedan pequeños instantes; fotografías veladas o carcomidas. Todos los que se fueron y todos los que se quedaron siguen sintiéndose diferentes, aunque ya no son los mismos. Y los que ni siquiera salieron de sus casas. Y los que no podían abrir las puertas. Los que cerraron los portillos, los tragaluces. Los que se ocultaron en los rincones. Los que se estiraron el cabello mientras se escondían de su propia cobardía. Y los que no se atrevieron a ponerse delante de los espejos. Y los que se encerraron en los graneros. Los que lloraron lágrimas fingidas. Los que parieron criaturas adulteradas. El resto, el remanente o la diferencia. Los despojos, la basura y los vestigios. Los sacrificios, las epifanías y los compromisos. El perdón, el sayal y el cuchillo.
Ahora ya no queda nadie.