noviembre 2022

Email del 28 de noviembre 2022

Durero. Study of male hands and arms (1504)

Mientras la escorrentía se dividía jubilosamente sobre el pavimento, yo me distraía intentando conjugar para mis adentros el verbo bifurcar, sin embargo tuve algunos serios problemas con la primera persona del plural del pretérito imperfecto de subjuntivo, así que dejé de complicarme la vida y de mirar por la ventana. Lo mejor -pensé fascinado- era abrir la puerta y con un poco de suerte podría ver resbalarse a alguien y pegarse un gran trastazo. ¡Pero no pude hacerlo! De repente me di cuenta de que no tenía brazos. Lo primero que me pasó por la cabeza fue cómo diantres me hurgaría la nariz a partir de ese instante, pero cuando comprendí la situación tan irreal en la que me veía inmerso, me dio por enviar una orden al cerebro para que me provocara ganas de miccionar y de esa manera despertar del sueño.

Porque todo debía ser un jodido sueño. Posiblemente inducido por los numerosos cunnilingus que tuve que hacer unas horas antes de irme a la cama. Mi novia quería batir su propio récord de orgasmos y no fui capaz de negárselo ya que era su cumpleaños.

ELLA: Este último ha estado muy bien pero tienes que apretar más con la lengua cuando yo deje de decir «ay, ay, ouah» y doble las piernas en un ángulo de 35 grados.
YO: Querida mía, no tengo transportador pero haré lo que pueda. Si no aprieto más en alguna ocasión es por esta maldita afta que…
ELLA: Además todavía no he batido mi plusmarca. Necesito correrme otras 32 veces más. ¡Vamos a por otro!
YO: No sé si seré capaz de apretar 32 veces más, pero te aviso, yo de matemáticas estoy fatal…

El problema es que nadie excepto el mismo cerebro es capaz de dar órdenes, así que todo lo que me estaba sucediendo probablemente era real. Pero si yo siempre había tenido brazos, ¿cómo es que ahora me colgaban una especie de muñones renegridos y alabeados de unos 14 centímetros? ¿Qué es lo que había sucedido? Si no era un sueño, quizá me estaba volviendo loco, pero yo ya estaba loco desde que salí del útero de mi madre abriéndome paso con un machete fabricado con parte del cordón umbilical y algunos pedazos de placenta.

OBSTETRA: Ya casi está afuera. ¡Eh!
PEDIATRA: ¿Qué es eso que lleva en la manita?
MATRONA: Parece una especie de…
PEDIATRA: Es un cuchillo grande. ¡Cuidado! ¡Cuidado!
OBSTETRA: Me ha apuñalado. Ese bebé me ha apuñalado…
MATRONA: Volved a meted a esa cosa en el útero. Yo mientras intentaré taponar la herida que le ha infringido ese demonio del averno. ¡Pedid refuerzos! ¡Llamad al padre Karras! ¡Llamad al Ejército! Mierda… ¡No, por favor, a mí no! Cárgate a las auxiliares que son unas presumidas, pero a mí perdóname la vida. Tengo dos pomeranias que mantener. Aaaaahhhhh…

Creo que necesito mirarme al espejo. Si estos pedazos de carne colgante me quedan bien y resaltan mi silueta, no debería preocuparme. ¡Con tal de que mande arreglar mi ropa un poco! Dicen que las costureras tienen una o varias hipotecas de las que hacerse cargo y ahora cobran unos precios extraordinariamente asequibles. Además, supongo que el Estado me dará una buena paga y cupones regalo. Um, no estoy nada mal. Ni siquiera de lado. ¿Es posible que haya salido ganando? Me gusto. Me gusto mucho. ¡Qué guapetón! ¡Qué porte! No me encontraba tan fascinante desde que me desnudé para que me valorara un director de casting de películas pornográficas.

DIRECTOR: ¡Los calzoncillos también! ¡Bájeselos!
YO: Es que tengo un poco de vergüenza…
DIRECTOR: ¿Y usted quiere ser actor porno? ¿Cómo piensa follarse a las actrices? ¿Con los gayumbos puestos?
YO: Es, está bien. ¿Así vale?
DIRECTOR: ¿Me está vacilando? ¡Todo el jodido calzón afuera! ¡Quiero verlo en el suelo en menos de cinco segundos.
YO: ¡Ya!
DIRECTOR: A usted no, so memo. ¡Al puto calzoncillo de los cojones!
YO: Quiero ir con mi mamá…

Lo único que me fastidia de esta terrible transformación es que ya no volveré a agarrarme el pene para masturbarme o mear. Pero pagando cualquiera puede conseguir cualquier cosa. Incluso agarrar miembros ajenos. Si no recuerdo mal existe una web de una asociación de falo-manipuladores en internet. Estoy seguro de que con la nariz podré teclear su URL y ponerme en contacto con ellos. Voy a intentarlo.

¡Albricias! Tienen un teléfono de contacto. Voy a llamarles ahora mismo.

RECEPCIONISTA DE LOS FALO-MANIPULADORES: Dígameeee. Aquí la AFMV. ¿En qué puedo ayudarle?
YO: ¿La qué?
RECEPCIONISTA DE LOS FALO-MANIPULADORES: La AFMV. Asociación de Falo-Manipuladores de Valencia. No me diga que usted también intentaba llamar al teléfono de ayuda al cliente de Mercadona y se ha equivocado…
YO: No, no. Les llamaba a ustedes. Tengo un pene que manejar. Ejem…
RECEPCIONISTA DE LOS FALO-MANIPULADORES: Nosotros preferimos llamarlo falo. Explíqueme un poco lo que desea de nosotros, por favor.
YO: Desde hace unas horas ya no dispongo de… bueno ¡que no tengo brazos, coño! Y necesito que alguien… es decir… cuando vaya a orinar… o cuando me ponga choto… La nariz me sirve para teclear pero no para… Usted ya sabe lo que quiero decir. Es una situación muy delicada. Es la primera vez en mi vida que pierdo unas extremidades superiores. Compréndame. La vida ha cambiado para mí. Por eso les he llamado. Ustedes son mi salvación. Y si su trabajo es acertado y lo realizan con entusiasmo y con buen humor, todo puede llegar a terminar bien para todos. Supongo que no seré el único individuo que se pone en contacto con su asociación por una desaparición súbita de brazos. ¿Oiga? ¿Está ahí? ¡Mierda! ¡Se ha cortado!

¡Cómo cansa pulsar las teclas en el ordenador portátil con la napia! Pero tengo que dejar por escrito, aunque sea en una hoja Word, mis inquietudes, mi nerviosismo, mi desazón y ¡mi mandarina! Joder, se me ha caído al suelo la mandarina. Tengo que cogerla. Pero es muy grande para pillarla y mantenerla en la boca mientras intento pelarla con los dientes. Por esa razón se ha caído. ¡Probaré con el ojete del culo!

Un desvalido desesperado y desamparado.


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Email del 26 de noviembre 2022

Honore Daumier. Lovers of prints (XIX cent.)

La editorial Apocoloquintosis acaba de publicar el tercer volumen dedicado a los «casi». Dicho número, titulado Sinecuras pristinas, está dedicado por completo a las «casi» muertes. Y aunque -por supuesto, según mi humilde opinión- no alcanza la calidad literaria del primero y segundo volumen y algunas de sus entrevistas me parecen forzadas e incompletas, todavía puede ser recomendado vivamente a cualquier individuo que se considere a sí mismo «un lector ávido de singularidades extravagantes». Para muestra unos cuantos párrafos.

«Se me pasaron un montón de cosas por la cabeza. Hasta ahí todo normal. ¿Se imagina que se me hubiesen pasado un montón de cabezas por la cosa? Todo el mundo intentaba ser optimista, pero yo dudaba seriamente de que Matilde fuera Matilde. Más bien parecía Angelines. Pero si Matilde era Angelines, ¿quién era Angelines? ¿Matilde? Uno de los amigos de alguien -no sé exactamente de quién- se acercó a mí y me dijo que Matilde y Angelines solo existían en mi cabeza. En ese instante reparé en que toda la gente que me rodeaba eran hombres. ¡Sentí pánico anal! Intenté correr hacia la puerta, pero la puerta estaba instalada en el techo. Me subí a una escalera de aluminio doméstica que había arrinconada en una esquina con útiles de pintura sobre el peldaño superior, pero en lugar de escapar por la puerta del techo acabé pintando la sala entera de un bonito azul añil. Cuando terminé de pasar la segunda mano, la cordura volvió a instalarse en mi cerebro y me di cuenta de que era pintor. Y de que la caída podía haber sido fatal».
(José Garrido Hoyos – Pintor)

«Me encontraba pelando los pimientos para la cena cuando uno me resbaló de las manos y acabó empotrado en la cuenca de uno de mis ojos. Me gusté tanto a mí misma con un pimiento en la cara que a partir de ese instante siempre que aparecía en publico lo hacía de esa guisa. En poco tiempo me llamaron «La chica del pimiento». Un día, mientras buscaba un acondicionador de pimientos en una perfumería, me encontré con un tipo que lucía una berenjena en la oreja y me enamoré perdidamente de él. Estuvimos saliendo durante diez minutos y al final me confesó que no me quería, que durante esos 10 minutos solo había fingido y que en realidad yo no le importaba nada. Salí del establecimiento gritando y subí a un taxi. Por lo menos eso me pareció, porque cuando volví en mí, un montón de batas blancas y verdes corrían de un lado a otro. Cuando pregunté qué era lo que me había sucedido, escuché una voz saliendo de una de esas batas que me decía que era una mujer muy afortunada, ya que muy poca gente había sobrevivido a siete explosiones seguidas de gas».
(Escribonia Alfaro Martínez – Ama de casa)

«Acababa de sonarme las narices cuando advertí que me salía sangre por las fosas nasales, los ojos, las orejas, las encías, el ombligo, la uretra y también de un prurito con forma de viuda arremangada y de aspecto desagradable que me acababa de salir en la frente. La sangre cbrotaba con tal abundancia que estuve a punto de recoger un vaso o dos para más tarde preparar un estofado de sangre encebollada con tomate. Me disponía a pasar el mocho por el suelo cuando se me apareció San Balarmino. Entonces supe que estaba muerto. Cuando el santo se me acercó y me puso la mano encima con esa delicadeza natural de las apariciones sagradas, le agarré los testículos con una mano y le amenacé con hacer una tortilla apostólica allí mismo a menos que me permitiera vivir 200 años más. Como soy un tipo fuerte y cuando aprieto, aprieto, San Balarmino accedió, eso sí, aullando de dolor, y yo volví a estar vivo, sin pruritos y más sano que nunca. Por eso soy capaz de contar, con toda la gratitud que me caracteriza, mi experiencia vital».
(Norberto Pampliega Argenta – Sereno jubilado)

«Recuerdo que todo comenzó un martes y terminó un sábado. Lo que no recuerdo bien es lo que sucedió durante esos cinco días. Pero sé que estuve muerta durante siete horas el jueves por la tarde, pues no subí ninguna foto a Instagram durante ese periodo de tiempo».
(Marisol Delgado Jalones – Plañidera)

«Estaba tirado en el sofá viendo la peli Ensalada de pepino en colegio femenino cuando… ¡Espere! Creo que no era Ensalada de pepino en colegio femenino, sino Se fue en busca de trabajo y le comieron lo de abajo. ¡Sí! Seguro que era Se fue en busca de trabajo y le comieron lo de abajo, porque antes de ponerme el dvd me preparé un bocadillo con un pan verdiazul que estaba lleno de hongos. Bueno, pues eso, estaba tirado en el sofá viendo la peli Se fue en busca de trabajo y le comieron lo de abajo, cuando llamaron a la puerta. Me levanté a abrir sin darle al botón de la pausa y justo en el instante en que abrí y vi que era mi vecina Patrocinia sonó un orgasmo bestial que provenía de la boca de una de las actrices de Se fue en busca de trabajo y le comieron lo de abajo. Cuando Patrocinia, que tenía unos 80 tacos, escuchó el alarido me echó un conjuro y me transformé en taza de té, duradera y flexible. Y permanecí con esa forma durante 27 meses hasta que de repente volví a mi forma mortal. Cuando me presenté ante la Policía para denunciar el encantamiento me equivoqué de puerta y entré en un club de alterne, donde uno de los chulos me abofeteó 45 veces en 15 segundos, con lo que -según él- acababa de batir el récord mundial de abofeteamientos y no me quedó más remedio que felicitarlo efusivamente. A partir de ese instante no recuerdo absolutamente nada».
(Ulpiano Peris Flores – Inseminador artificial de ganado)


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Email del 24 de noviembre 2022

Ronnie Landfield. Something else (1967)

El vacío, es decir, esa sensación estática y dinámica al mismo tiempo que nos agobia constantemente -por lo menos a algunos de nosotros- y que suele presentarse en forma de gabela existencial, me recuerda a Cosme, un amigo íntimo que se suicidó disolviéndose en ácido. Cosme tenía cara de vacío y siempre llevaba los bolsillos y la cartera vacíos. Quizá por eso se quitó la vida, aunque todavía es un misterio de dónde sacó el dinero para comprar ese compuesto incoloro e inodoro de azufre, hidrógeno y oxígeno que lo desligó de la naturaleza viva y lo convirtió en algo similar a un excedente de inexistencia absoluta. Cosme, que en realidad se llamaba Cosme, aunque todos lo conocíamos por Cosme, era un imbécil parapetado dentro del cuerpo de otro imbécil, quizá incluso más imbécil todavía, pero la mayor parte de nosotros le queríamos. En esa época, nosotros éramos solo yo. Años más tarde Éramos pasó a ser el nombre de un perro pequeñito y, actualmente, «éramos» no significa gran cosa, sobre todo para esa gente que nunca fue porque no se le permitió ser.

Cosme adoraba acariciar los rayos de luz que entraban por los agujeritos de las cortinas. Un día me metí en la boca un agujerito y mi amigo casi se desmaya. Tuve que convencerle de que todo era una broma, pero él ya nunca llegó a ser lo que él era antes de dejar de ser él. Desde ese instante, las nubes dejaron de presentarse en mi cielo y se petrificaron en una perfecta ausencia. La de Cosme, por supuesto. Cuando reparé en todos esos cambios y en la forma en la que pretendían trastocar sus nadas y mis casi nadas, decidí que había llegado el momento de rellenar de ósculos fingidos la completa totalidad del universo. Creo que todo sucedió durante la canícula de julio de un año cuya cifra terminaba en siete, aunque tendría que comprobarlo para estar más seguro, pero ¿importa algo? ¿A alguien le importa un poco, cualquier cosa, que no sea ese mismo y jodido alguien? ¿Existe alguien en cualquier lugar que sea capaz de entonar o susurrar a otro alguien diferente esos madrigales de amor sin odio que permiten que el continuo rodamiento gravitacional no sea más que eso, un continuo rodamiento gravitacional, sin mierda, sin redención, con permanencias tangibles y demostrables? Yo ya no puedo dejar de ser yo. Lo he intentado, pero es demasiado tarde. Demasiado tarde para continuar con la farsa. Demasiado tarde para justificar la farsa. Demasiado tarde para intentar que la farsa se sostenga y con ella ese millón de deslizamientos patológicos. Algunas veces, sobre todo cuando esas algunas veces dejan de ser algunas veces y se convierten en la mayor parte de las ocasiones, las equimosis que conforman el lado oscuro de mi corazón, bailan esa danza espectral diseñada por la mujer guapa vestida de blanco que se aparece en mis pesadillas. Cosme conocía mis pesadillas porque una tarde de primavera se las incrusté a la fuerza. Recuerdo que él gritaba. Recuerdo que yo gritaba. Recuerdo que la tarde gritaba. Todos gritábamos, porque no sabíamos cómo dejar de gritar. En ocasiones hasta las cosas más sencillas se olvidan. En ocasiones hasta las ocasiones dejan de ser ocasiones. Todo es tan terriblemente complicado…


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Email del 22 de noviembre 2022

Sam Francis. Bright nothing (1963)

Querida:

Nueve de la mañana. Un taxista sin taxi encuentra un taxi y se sube al taxi. Cuando intenta ponerlo en marcha regresa el taxista propietario del taxi y se lía a hostias con el segundo taxista, el que no tenía taxi. Al final ambos taxistas se terminan cayendo bien y surge entre ellos un deseo libidinoso. Cogidos de la mano se acercan a una pensión de tercera categoría y hacen manitas. Mientras las manitas se transforman en guarradas no aptas para un público no debidamente preparado, otro taxista sin taxi se monta en el taxi, le hace un puente y se lo lleva. Cuando los dos taxistas se visten, acuden al taxi del primer taxista y reparan en que el taxi ya no está donde debía estar, llaman a la policía y denuncian la sustracción y vuelven a la habitación de la pensión de tercera categoría. Mientras los dos taxistas intentan nuevas posturas imposibles, el taxista ladrón para frente a un club de alterne y entra para alternar. No tendría sentido entrar en un club de alterne para incomunicarse. El alterne va viento en popa y las alternadoras son bastante jóvenes y atractivas. Mientras todos alternan en el club de alterne otro taxista sin taxi se encuentra con el taxi robado por el taxista ladrón al taxista que en esos instantes enseña posiciones comprometidas al segundo taxista, el que intentó robar el taxi y acabó en la cama con el taxista. Este último taxista es tan cleptómano como el anterior y roba a su vez el taxi. Ni siquiera debe hacer un puente porque aprovecha el que hizo el primer ladrón taxista. Ya sé que es complicado, pero es el argumento de mi próxima novela titulada Tengo información sobre el taxista, que estará lista cuando acabe de pensar y escribir todas las burradas que se me pasen por la cabeza. Cuando la termine regresaré al texto que tengo empantanado desde hace siete horas, que se titula Ay y que trata sobre un anciano que se atusa la barba. No sucede nada más, solo el atusamiento lánguido y continuo de la larga barba blanca. Demuestro en 78 capítulos que soy capaz de describir un atusamiento sin necesidad de complicar demasiado una trama. Al final de la obra, el anciano fallece de aburrimiento y la barba deja de ser atusada.

El proceso de creación de una novela es siempre parecido al proceso de creación de una tortilla de patatas. De hecho son tan semejantes que a menudo acabo comiéndome la novela y reescribiendo la tortilla. En ocasiones, sobre todo cuando a la novela le falta sal o la tortilla se hace predecible, suelo meterme en la ducha y bañarme. Soy el único tipo del mundo que es capaz de bañarse en la ducha y ducharse en la bañera. Por esa razón mi cutis reluce, refulge y fulgura. Y a veces incluso centellea. Cuando eso sucede, apago las luces de la casa y admiro mi piel. Pero no me gusta sorprenderme con profundidad, no sea que descubra una pequeña imperfección cutánea y sienta la necesidad de dejar de existir. Pero creo que estoy desviándome del verdadero tema de esta disertación. Cuando creo un personaje siempre intento crear al mismo tiempo una personaja. Un personaje sin una personaja no es un personaje. Claro que una personaja no es nada. No existe. Por lo tanto no puede ser seguida en Facebook. Hace años creé un personaje que no era personaje, pues era un un músculo bipenniforme humano que tenía vida y tomaba decisiones. Mi editor se negó a publicar la novela y yo cambié de editor y transformé al músculo bipenniforme humano en un músculo multipenniforme animal. Entonces la obra satisfizo a mi primer editor que imploró que lo volviera a contratar. En lugar de eso despedí también a mi segundo editor y me preparé una paella de pollo y conejo. A día de hoy es esa paella de pollo y conejo quien edita mis textos. Y debe hacer un gran trabajo porque ya ha recibido más de 30 premios, galardones y propuestas de cohabitación.

Siempre que pienso en mis novelas y cuentos antiguos me entran ganas de volver a reescribirlos. La única obra que no tocaría -pues creo que representa el culmen de la perfección literaria- es Cáscaras melindrosas, la historia de una vaina meliflua que cae por error en un vaso de cerveza negra de Baviera y recuerda su vida mientras poco a poco se sumerge y se ahoga. Que el ahogamiento suceda en la segunda página y que la obra completa solo tenga 4 páginas no quiere decir absolutamente nada. Por esa razón, jamás nadie se atrevió a sacar conclusiones, pero conozco a un tipejo que intentó sin éxito meter las conclusiones, aunque nunca me dijo el lugar en el que intentó introducirlas. Y si quieres que te sea tan sincero como un ministro, no me interesa saberlo. Lo único que me interesa en estos instantes es saber si el segundo ladrón taxista debe morir o por el contrario debe vivir. Claro que también podría hacer que muriese para luego resucitarlo en forma zombificada y que siguiera robando taxis. No sé. Quizá es una solución demasiado facilona. O podría dejar que se suicidara metiendo la minga por el tubo de escape todavía caliente. ¡No! Ya pensaré una buena continuación. Pero la pensaré más tarde. Ahora todavía es demasiado pronto. Demasiado pronto para seguir las huellas. Demasiado pronto para imaginar un deseo. Los deseos son bastante tiquismiquis y solo se dejan desear en ciertos instantes. Y esos instantes suelen ser los más distantes. E indeseables. ¿Has conocido alguna vez un instante distante e indeseable? ¡Yo también!

A veces miro a través del cristal de la ventana, pero no veo nada porque está muy sucio, así que me imagino todo lo que sucede en el otro lado. Y lo que sucede son… cositas. Podría relatarte qué clase de cositas pero no me siento con ganas. Hace 24 años sí me sentía con ganas. Hace 32 años también tenía bastantes ganas. Hace 44 años me descubrieron desnudo contemplando unas fotos de varias ganas desnudas y en posiciones comprometidas. Hoy estoy completamente desganado. Ni siquiera escribir novelitas sobre taxistas cuatreros me produce algún tipo de sensación que no sea de profundo asco. Incluso pienso en el suciocidio, que no es otra cosa que suicidarse estando sucio. Yo estoy sucio, más por dentro que por fuera. Me gusta la suciedad, pues me recuerda que nací humano. Todos los humanos son unos marranos. Tú eres una marrana. Tu madre también es una marrana. Y la amante del que se supone es tu padre. Y tu tía Felisa. Y tu primo Fermín. Sois una familia de marranos. Todos tus vecinos, todos tus amigos y enemigos, tus clientes y tus proveedores, todos son unos marranos. Vivo rodeado de una piara de marranos. Por eso creo que vivir no es vivir. Vivir es contemplar marranos. Y yo solo soy capaz de continuar con mi vida si en lugar de ver marranos a todas horas veo ninfas del bosque. Una ninfa no es un marrano. Aunque hay ninfas guarras, no llegan a ser unas marranas. Creo que voy a romper con todo o puede que rompa todo. No estoy seguro. ¿Tú estás segura? Si tú nunca has estado segura de nada, ¿por qué jodida razón ibas ahora a estar segura? Tu inseguridad me crea seguridad. Mi seguridad me cobra una pasta al mes por mantenerme seguro. Pero tu inseguridad es completamente gratis. Por eso tú eres poco y yo soy mucho. Todo en mí es mucho, excepto cuando es poco. Creo que estoy llevando mi disquisición a un mundo paralelo. Podría haberla llevado a un mundo oblicuo, pero la oblicuidad me trastorna. No sé si eres capaz de seguir mis razonamientos. Si eres capaz de seguirlos te ruego me expliques qué cojones estoy diciendo porque hace un par de párrafos que me perdí. ¡Pero me he perdido tantas veces! Tantas como escapularios coleccionaba mi abuela Narcisa. Recuerdo que una vez le robé un escapulario y me até las Nike con él. Supongo que esas zapatillas deben estar ahora en el cielo. Pero… ¿existe el cielo? Y si existe, ¿es de libre admisión? ¿Cobran las consumiciones? Tengo tantísimas dudas. Tantas como escapularios coleccionaba mi otra abuela, que por una casualidad de la vida también se llamaba Narcisa y coleccionaba escapularios. Supongo que si fuera coherente dejaría de ser incoherente. Claro que se puede ser perfectamente incoherentemente coherente o coherentemente incoherente imperfectamente. ¿O la incoherencia es proclive a lo anatema?

Hace algunos años subí para volver a bajar. Mientras bajaba sentí ganas de subir otra vez, pero por llevarme la contraria bajé y bajé. Y llegó un momento en que estaba tan bajo que estaba muy alto. Había cerrado el círculo. No, no pienses marranamente, no era un círculo vicioso, ni siquiera el Círculo de lectores, sino un círculo sin segmento meridiano cuya recta tangente acababa de estrangular al ángulo que mantenía su vértice en el centro del círculo. En lugar de denunciar el estrangulamiento decidí intentar una subida hacía abajo con lo cual acabé siendo encerrado por incompetencia mental. Y todavía me encontraría encerrado si no hubiese roto la cerradura y salido al exterior, que es el lugar donde no me encuentro ahora mismo. Me gusta el exterior porque no tiene tabiques. Y sin tabiques no es necesario colgar cuadros. Cuando cuelgas un cuadro, de alguna forma jodes todo, pues necesitas buscar muebles que combinen con el color de los cuadros. También suele suceder lo contrario: cuelgas muebles en los tabiques y te das cuenta de que no combinan con los cuadros que descansan sobre el suelo. En el exterior se es libre, por supuesto siempre que uno se mantenga lejos de los marranos. Recuerda: tú eres una marrana. Tu madre también es una marrana. Y la amante del que se supone es tu padre. Y tu tía Felisa. Y tu primo Fermín.

G


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Email del 20 de noviembre 2022

Pierre Bonnard. Toilet with a bouquet red and yellow (1913)

Amiga:

Me encontraba vaciando los intestinos cuando de repente sonó la puerta. No es que la puerta se pusiera a emitir sonidos, sino que alguien apretó con ganas el timbre que sirve para avisar de que hay gente (generalmente imbéciles) al otro lado. Me subí los pantalones con una rapidez inusitada para un tipo de mi edad y me dirigí con los ojos sanguinolentos a asesinar al gilipollas de turno, pero a mitad de recorrido me quedé totalmente paralizado y toda mi vida pasó y bailó alrededor mío. Mientras los hechos pasados se pegaban por emitirse en el receptor de mi cerebro, el imbécil del otro lado seguía llamando a la puerta como si ese fuera el último día de la raza humana en la Tierra. En un momento dado, mis manos dejaron de asir el pantalón que cayó hasta quedarse descansando sobre mis tobillos, y mis genitales, normalmente impacientes, quedaron expuestos y ofrecidos al mejor postor. Menos mal que en esos instantes el único postor era un Lepisma que correteaba con dicha por la ventura de una pared. Supongo que habrían pasado unos 30 minutos, aunque a mí me parecieron 32, quizá 33, cuando la fuerza que paralizaba mi cuerpo salió disparada por una ventana y me dejó la cuenta sobre una mesita baja que normalmente hace de consola: 256 euros por la paralización y 25 euros de IVA. Cabreadísimo, abrí la puerta para apalear al que instantes antes la aporreaba como un poseso pero ya no había nadie, solo una factura descansando satisfecha sobre el suelo. La agarré con desdén y pude leer que la empresa dedicada a molestar, INCORDIA S.A., me había multado por no recibirles con 60 Euros (IVA incluido). Intenté respirar profundamente pero sin duda me pasé de profundidad porque casi esnifo la alfombrita que recibe a los visitantes con un ¡Lárgate! bien grande y claramente legible.

Puedes creerte o no lo relatado en el anterior párrafo, pero te aseguro de que TODO es real y que TODO me sucedió hace un par de días. Desde entonces ya no he vuelto a intentar evacuar. Seguramente por esa razón mi abdomen parece una esfera armilar o una alcancía. Te juro por Avalokitesvara que ni siquiera tengo ganas de prohijar, frutecer, ni cesantear.

Greg


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Email del 18 de noviembre 2022

Arkhip Kuindzhi. Moonlight night on the dnieper (1880)

En sanscrito la llaman Chandra, en China se la denomina Yue, pero todos la conocemos como Artemisa o Selena. Me refiero a la luna. La luna vieja, la luna de la nieve, la luna del cuervo, la luna de la hierba que brota, la luna de leche, la luna de la rosa, del trueno, del grano, de las frutas, de la cosecha, pero también de la escarcha o de la noche más larga. Este satélite natural nos observa a todos y tiene el suficiente poder para perturbar nuestras percepciones. Mientras revoluciona sinódica, sideral, trópica, anomalística y draconiticamente, algunos de nosotros -los que tenemos razones suficientes para amarla y temerla al mismo tiempo- aullamos cuando nuestro planeta se encuentra situado exactamente entre el sol y ella.

En estos momentos lánguidos de mi vida en que puedo vislumbrar mi futuro claramente agotado y en los que la única alternativa posible es la desaparición anticipada, la luna ya no representa vida, sino insomnio y demencia, sobre todo en fase de plenilunio. Y es en este periodo cuando pienso más a fondo en la muerte. Y mientras más medito sobre ella, más a gusto me siento. Porque estoy mucho más cerca del fin de lo que he estado en toda mi vida.

Con esto no quiero decir que tenga ganas de morir, aunque no me importaría demasiado si el desenlace fuera indoloro o sirviera para algo. No creo en la metempsicosis, por lo tanto me complace saber que no volveré a pasar por una angustia semejante, aunque sea con otra forma material. Sé lo que significa estar muerto, pero todavía no he comprendido para qué sirve vivir.

Y mientras los días se suceden como una losa en el calendario, las noches se tornan más rojas e incandescentes. Me encanta contemplar la lenta danza de los espectros que se parapetan en el interior del nosocomio en que se ha transformado mi cerebro. Mientras ellos bailan, yo diseño una estrategia que me ayude a superar el desencanto en que he convertido este capítulo de mi vida. Y mientras todos estos actos siguen el orden natural con que fueron malignamente diseñados, no puedo dejar de sentirme minúsculo y desaprovechado.

La Diosa triple, virgen, madre y bruja, ya no volverá a inventarse respuestas gélidas, ahogadas y silenciosas. Y mientras su risa enloquecida estremezca cada esquirla de mi médula reventada, reclamaré el placer de la carencia o el vacío como el camino más corto hacia cualquier parte.

Greg


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Email del 16 de noviembre 2022

Jan van Eyck. God the Father (1432)

Querida:

Casi todo el mundo se levanta con el pie izquierdo o el derecho. Y he escrito «casi todo el mundo», porque existen dos importantes excepciones: Miguel Martínez Martínez Martínez Martínez Martínez -que está muerto y por consiguiente no se levanta- y yo, que soy la perfecta definición de lo que algunas madres denominaban hace unas pocas décadas «espíritu de contradicción». Generalmente, para demostrar mi absoluta disconformidad con las normas establecidas, suelo levantarme con las orejas, la nariz o la primera parte del cuerpo que me resulte más incómoda en esos instantes. Hoy lo he hecho con el pezón izquierdo y, créeme, aunque ha sido una postura bastante complicada, me siento henchido de alborozo, algazara y satisfacción por ser un tipo tan excéntrico.

Quizá la culpa no la tiene el pezón izquierdo, pero hoy tengo un día gamberro. Por esa razón he escrito un email a una consulta sobre el futuro en una web de internet. Dicha consulta está atendida por una tal Señora Burgundófora, vidente desde hace 60 años, lo cual es un poco raro si tenemos en cuenta que, según consta en el inicio de esa página, la señora Burgundófora tiene 37 años. Pero mejor te copio mi consulta y la respuesta que he recibido exáctamente trece minutos y medio después de enviar el texto:

Señora Burgundófora:

Tengo un grave problema y creo que usted es la persona indicada para solucionarlo. Ayer, mientras limpiaba una mancha de semen de la almohada con Vanish Oxi Action (ahora ya sabe qué clase de tipo soy) sufrí una especie de revelación teosófica y desde entonces siento que Dios existe y que, de alguna forma, está dentro de mí. El problema estriba en que por mucho que le pido que pague un alquiler por permanecer sin invitación en lo más profundo de mi hermoso corazón, se niega en redondo aduciendo que él es el creador de todo lo que existe y que si espero una compensación la tengo clara. Así que ahora me encuentro en una terrible situación en la que, además de soportar el picor que me produce su barba, tengo que alimentarlo con ambrosías cada tres horas y veinte minutos. Y en Mercadona no venden ambrosías, por lo que tengo que desplazarme al Mercado Central de Valencia y aguantar colas increíbles. Mi pregunta es: ¿si lo desalojo a la fuerza debería pagarle una indemnización?

Muchas gracias anticipadas a usted y a su precioso nombre.

Gregorio López Pérez

Señor Gregorio:

Lamentablemente yo no soy abogada por lo que no puedo ayudarle, pero creo que debería mantenerlo dentro de usted porque el Señor es la fuerza que hace que todo fluya. Yo me sentiría la persona más feliz de la tierra si lo que le ha sucedido a usted me hubiese pasado a mí. Mi consejo es que intente convivir con él, y sobre todo, que nunca lo cabree.

Afectuosamente,

Señora Burgundófora


Email del 16 de noviembre 2022 Leer más »

Email del 14 de noviembre 2022

José Estrada. Moscas (2020)

El 17 de agosto de 2017 tres moscas comunes fueron brutalmente asesinadas mientras revoloteaban sobre la piel sudada de Patricia Fusca. El asesino confeso, Faustino Mera, protector de Patricia e instructor de surf para perros, confesó que lo había hecho porque los dipteros habían llegado a un punto sumamente desquiciante. Horas más tarde, cuando el comisario Sobreras le preguntó por qué razón se había comportado de una manera tan cruel e inhumana descuartizando en 17 pedazos los cuerpos de los infortunados insectos, la respuesta de Mera fue simple pero concluyente: ¡porque siempre le había gustado ese número!

Conozco la historia porque Faustino Mera me la contó muchos años después de que sucediera. Bueno, en realidad me la cantó. Lo que más le importaba en la vida a Faustino era, además del número 17, canturrear, tararear, salmodiar, en resumidas cuentas, interpretar. Y no lo hacía nada mal. Incluso llegó a componer un himno aprehensible a su cifra preferida. Creo, si no me falla la memoria, que lo tituló 4²+1². Podría llamarle y preguntarle si estoy en lo cierto, pero sé que me contestaría con su frase preferida, «¿A quién cojones puede importarle eso?». Y en realidad tendría toda la razón. Si he de ser repugnantemente sincero, me importan una mierda densa y viscosa Faustino y las tres jodidamente pesadas moscas. Todavía me importa menos Patricia Fusca, que aunque nunca llegué a conocerla, tenía fama de ilimitada e irrestricta. ¿Y qué puedo añadir acerca del comisario Sobreras? Ese maldito madero ergofóbico que estuvo convencido durante años de que con continuas hidroterapias de colon vencería al puto acortamiento de los telómeros.

Hoy es día 14. Podría haber esperado al día 17 para postear este texto. Pero ese día tengo que asistir a la presentación de mi último libro, Las aventuras del señor Gregorio Feldespatín Escorrentío en Cabezadechorlitandia.

G


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Email del 10 de noviembre 2022

Vladimir Tatlin. Meat (1947)

Hola:

Hace unas cuantas semanas la asociación cárnica del barrio que reúne a matarifes, destazadores, desolladores, carniceros, charcuteros, chacineros, consumidores carnívoros y un número indeterminado de asesinos psicópatas antropófagos, me pidió que creara un himno que los definiera y que fuera fácil de aprender para que pudieran cantarlo en todas las ocasiones en que se reunieran para debatir sus estatutos. Aunque acabé de componerlo hace varios días, fue ayer cuando se lo entregué al director de la congregación que pareció sentirse un poco disgustado, pues me lo arrojó a la cara antes de mandarme a la puta mierda. El cántico, más parecido a un epinicio que a una alabanza miríficamente zonza se titula El mondongo corrongo, pero mejor te copiaré el estribillo:

«El mondongo facilongo que presupongo (pongo, pongo, pongo),
no es bailongo ni se parece a los zorongos (rongos, rongos, rongos)
y si por algún motivo indefinido lo impongo (chu-chuaaaaa, chu-chuaaaaa),
obviamente es porque me sale de los cojonongos (yeah, yeah, yeah)».

Sí, ya sé que la letra está muy alejada de Dylan o Cohen y que el último verso es zafío, horrendo y produce vergüenza ajena, pero por un kilo de codillo y despieces porcinos que es lo que me querían pagar no iba a entregarles la Misa en si menor de Johann Sebastian Bach, ¿no crees?

Greg

P.D.:
Acabo de provocar una erección brutal a un gato -que paseaba tranquilamente por la calle- por medio de la psicoquinesia. Bueno, no es que sea una noticia demasiado importante, pero quería hacerte partícipe de la extraordinaria intensidad emocional de mis actos.


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Email del 9 de noviembre 2022

Rene Magritte. Faraway looks (1927)(1781)

Una mirada delicada, de regusto luminosamente artificial, se escapó del bolsillo que retenía su destino para demostrar que todos los procesos lógicos, pero elementales, y quizá incluso fútiles, existen dentro del abstruso mundo de los entresijos sensitivos. Mientras huía de algo semejante a una porción pequeña de la nada, pues fue libre de permanecer o retirarse, sintió una punzada en el tercer costado, contando desde el cuarto lado derecho, que le recordó a un paradigma incompleto cuando intenta por todos los medios parecer menos defectivo y más usual a ojos de un profano desvinculado. Después de gritar sonidos inútiles para delatar su presencia, la mirada cruzó un abismo dibujado con carbón amorfo de origen vegetal y esperó que la mano que mueve las hojas calandradas dictara de una vez la sentencia.

-¿Safra zuc donestena fu ahga? -preguntó utilizando un lenguaje inventado.
-Ahga vulema insa. Ahga introestes fu ziniar rhi -respondió la mano mientras arrancaba un verbo intransitivo y lo arrojaba lejos.

De repente, la mirada delicada se deslizó a lo largo del ancho demarcado y se ocultó tras una coma que descansaba plácidamente en el enunciado. La mano, que no era estúpida, aunque tampoco demasiado perspicaz, arrugó con fuerza cada una de las pausas y las transformó en ilusiones comprobadas científicamente. Cuando la mirada comprendió que todo había terminado, me instó a que yo hiciera lo mismo.

FIN


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