noviembre 2022

Email del 7 de noviembre 2022

Jan Toorop. The desire and the satisfaction (1893)

Hola:

Este es un texto sobre la satisfacción, o en otras palabras, sobre la alegría, el placer o el resultado de cumplir una necesidad o deseo. Pero antes de entrar de lleno en la materia, me gustaría resaltar que sigo siendo el paradigma del perfecto despotricador anhedónico, y que si doy un vuelco de 360 grados a mis percepciones, no es debido a un posible (e improbable) aletargamiento neuronal, sino a una especie de experimento sensitivo cuyo objetivo es demostrar al ofidio que llevo dentro que es aceptable un cambio programado; o con otras palabras, que me resulta totalmente permisible un intento de prostitución emocional sin sufrir una alteración neuronal o apoplejía cerebral fulminante.

Además de los cinco sentidos que ya clasificó Aristóteles, poseemos algunos más. El problema no radica en el número, sino en nuestra incapacidad para sacarles partido. Quizá la dependienta de El Corte Inglés que te suministra la ropa interior lo desconozca, pero es un hecho que gracias a la propiocepción, la termocepción, la nocicepción y algunas otras «ciones» que en estos momentos no recuerdo, el ser humano ha alcanzado la culminación en ese proceso involutivo que más tarde o temprano nos va a llevar al principio mismo del merecido final.

Si pudiéramos cambiar…
Si pudiéramos cambiar…

Si pudiéramos cambiar, seguramente decidiríamos ser lo que somos siempre que no intentamos ser lo que podríamos o deberíamos ser. Supongo que no comprenderás lo que intento expresar. No te preocupes, a mí me sucede lo mismo. Pero pensar que algunos de nosotros, o lo que los positivistas denominan «raza humana», pudiéramos ser capaces de transformar la bajeza moral y convertirla en altruismo, dignidad, o incluso queso de Gruyère, se me antoja tan alejado de la realidad que lo único que consigo en el intento es que el trígono vesical de mi próstata se irrite. De todas formas, estoy completamente convencido de que el 99.9 % de la población no cambiaría aunque apareciera un hada madrina y les otorgara la oportunidad a golpe de varita mágica. Están demasiado orgullosos de la mierda que se esconde en sus lindas cabecitas. Esa mierda que les impulsa a creerse únicos y especiales. Esa mierda que se propaga por el resto de sus infectos cuerpos hasta salirles por la boca.

Existe un modelo de tienda en Japón (Burusera) donde las mujeres pueden vender sus bragas. Te aseguro que no es broma. Las chicas se las quitan en la misma tienda y se las entregan al dependiente que a su vez las pone a la venta. Tengo un amigo que viajó una vez al país del sol naciente, entró en una de esas boutiques del desgastamiento y adquirió cuatro kilos. Con ellas se fabricó un edredón y se lo regaló a su novia. Ésta lo usó durante un mes y lo guardó en una caja junto a varias bolitas de naftalina. Así veo yo a Gaia, como una gran tienda del tipo Burusera. Las bragas usadas y sin lavar somos nosotros, los humanos. La naftalina son las enfermedades, los virus, los gérmenes, los bacilos…

Si pudiéramos cambiar…
Si pudiéramos cambiar…

Yo puedo cambiar. Tengo la cualidad de reinventarme cuando quiero. Pero cada reinvención es un plagio. Una perfecta imitación de una personificación anterior. Por lo tanto soy un estafador, un charlatán, un tramposo, aun cuando me copie a mí mismo. Si me apropiara de los defectos, o incluso las virtudes de otros, dejaría de ser lo que soy. ¿Qué soy? No sé lo que soy, pero tampoco es algo que me quite el sueño. A decir verdad, lo único que me quita el sueño es no ser dependiente de una de esas tiendas Burusera. Bueno, y no ser millonario. Si fuese asquerosamente rico contrataría a un químico demente y le llenaría los bolsillos de oro. A cambio él tendría que fabricar un repelente anti-imbéciles.

Si recuerdas lo que ponía en la primera línea, este es un texto sobre la satisfacción. Me siento absolutamente satisfecho de ser diferente porque, como el resto, estoy absolutamente convencido de que lo soy; y mi equilibrio mental, mi supervivencia dependen de ello. Me siento plenamente satisfecho de mi alopecia, de mis almorranas y de mi neurosis. No me doy besitos porque me es físicamente imposible. Pero te aseguro que cada noche sueño con que me follo a mí mismo. Rectifico: follo a una versión femenina de mí mismo, con pelo, sin almorranas y bastante menos neurótica. Y puedes estar segura de que los orgasmos son intensísimos. En resumidas cuentas, si yo no existiese, alguien tendría que inventarme.

G.


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Email del 6 de noviembre 2022

Paul Gauguin. Kneeling cow (1888)

Amiga mía:

Si quieres que te sea asquerosamente sincero, las actualizaciones de Windows Brain 60 para mi cerebro estaban listas desde hacía una semana. Sin embargo, en esos días me encontraba demasiado ocupado tratando de desquitarme de cierto grupito de chismosos y entrometidos que iban pregonando alegremente por el barrio un montón de falacias sobre mi perineo, y por consiguiente me olvidé por completo de la maldita instalación. Supongo que debido a mi descuido y posterior relegación, esta noche ha saltado el antivirus neuronal al soñar un montón de cosas raras. Así que al final he tenido que obligarme a completar el jodido proceso de instalación y como ahora estoy actualizadito y al día, se supone que los pensamientos distorsionados y depresivos de las últimas jornadas deberían desaparecer. Pero lo único que ha desaparecido son los flatos; mi cabecita sigue preocupada y neurótica como (casi) siempre y mis deseos de interacción con los mortales siguen en grado negativo. Para colmo de males, los tubos de arcilla verde remineralizante que utilizaba en forma de mascarilla para purificar las imperfecciones de la dermis de mi rostro han subido de precio y el desodorante Black & White de Nivea me abandona constantemente.

Hace más de una semana que casi no escucho música compuesta por humanos, sino una serie de mugidos de vacas felices pastando que me bajé de internet. Te los recomiendo encarecidamente. El cd se titula Las dinámicas vacas cantoras de Ourense y contiene 19 temas increíbles, todos compuestos por una ternera llamada Florita que además se encarga de las voces contraltas y ha producido la grabación. Mi canción preferida es la número 8, titulada Ramoneando despreocupadamente, que dura 9 minutos y 23 segundos y se divide en 4 partes. Si estás interesada y no puedes encontrarlo, puedo hacerte una copia y enviártela. Al lado de esta agrupación vacuna, la Daarler Vocal Ensemble son aprendices oligofrénicos, y eso es algo que comprobarás cuando te sumerjas en los bramidos en notas redondas, blancas y, en ocasiones, hasta corcheas y semicorcheas en compases de 12/4 o 4/2 de este fabuloso, imprescindible y totalmente desconocido álbum. Según consta en la carátula trasera, el sello que ha editado esta maravilla tiene en catálogo varias referencias más, todas interpretadas por diferentes razas de animales (y humanos) de granja, entre los cuales destaca, según el editor, una recopilación de canciones denominada Música ululatoria avanzada que contiene 36 temas consagrados a los sonidos y lamentos que emiten los pastores cuando se dan cuenta de que se han dejado olvidado en casa el botijo.

Cambiando de tema: ayer se me paralizó un pezón durante 14 horas. Como tú sabes, adoro agitar los pezones como si fuera una stripper desquiciada, sobre todo cuando cuando noto que algo no encaja, pues al mover los pechos mis neuronas se acoplan y…

Creo… ejem, creo que voy a dejar de contarte mis más profundas intimidades. Imagínate si alguien entrara en tu ordenador y las leyera. De momento me despido hasta pronto, eso sí, con un fuerte abrazo y el consejo importante de la semana: nunca te rasques el trasero con una guadaña.

Besos y abrazos


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Email del 3 de noviembre 2022

Rene Magritte. Personal values (1952)

Hola:

Si restringimos el orden de los razonamientos paralógicos que nos provoca ese sistemático y desconcertante rechazo a lo que somos, para administrarlos de acuerdo a nuestras perspectivas más razonables, obtenemos una serie de pretextos trascendentales que, lejos de apaciguar nuestras ideas confusas e indisciplinadas, exhalan un deseo absoluto que impide a la posibilidad desarrollarse de una manera autónoma. Permitimos que las concepciones apodícticas, engendradas por el sometimiento sistemático y la dilación intransferible, se apropien del caos emocional que se parapeta tras las percepciones adulteradas. ¡Es entonces cuando el principio básico se hace añicos! De repente, una energía invencible se apodera de todas y cada una de nuestras limitaciones y las insensibiliza dogmatizándolas con principios cuestionables: soy porque he podido; puedo porque siempre he sido.

Pero ahora no estoy para filosofías vanguardistas cuasi-vacuas. Necesito prepararme lo más rápidamente un café americano mientras medito las inconveniencias de mi desodorante favorito. En el prospecto se puede leer claramente que está fabricado para no dejar manchas en las axilas, pero la mayor parte de mis camisetas presentan un círculo concéntrico de color blanco que me avergüenza cuando trato de levantar los brazos. Tengo dos opciones fundamentales: cambiar de producto o caminar con los brazos pegados al cuerpo. Si me compro otra marca, ¿quién me garantiza que esas manchas asquerosas y tremendamente antiestéticas desaparecerán? Seguramente, alguien tan avispada como tú me aconsejaría que lavara mis prendas con agua caliente y un detergente concentrado cada vez que me mudara de ropa. ¡No es tan fácil! Esas terribles manchitas no sucumben ante los poderes del jabón. He intentado eliminarlas incluso con agua oxigenada y no he conseguido nada más que potenciar su extrema fealdad. Un amigo me ha dicho que si me depilo las axilas el problema cesará. Pero los acrocordones que viven en ese recóndito lugar hacen realmente difícil la operación.

Estoy pensando seriamente en convertirme en un marrano profesional, es decir, renunciar por completo al agua jabonosa y dejar que los efluvios amarguen a mis allegados. De esa forma mato dos pájaros de un tiro: me ahorro una pasta en potingues y con un poco de suerte puedo desalojar de pasajeros un autobús o incluso un vagón del metro en un periquete, ocasionando graves pérdidas en el sector de transportes urbanos. Y si alguien se atreve a llamarme cochino, siempre puedo echarle las culpas a la bolilla del roll-on.

Un abrazo

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