Email del 7 de noviembre 2022

Hola:
Este es un texto sobre la satisfacción, o en otras palabras, sobre la alegría, el placer o el resultado de cumplir una necesidad o deseo. Pero antes de entrar de lleno en la materia, me gustaría resaltar que sigo siendo el paradigma del perfecto despotricador anhedónico, y que si doy un vuelco de 360 grados a mis percepciones, no es debido a un posible (e improbable) aletargamiento neuronal, sino a una especie de experimento sensitivo cuyo objetivo es demostrar al ofidio que llevo dentro que es aceptable un cambio programado; o con otras palabras, que me resulta totalmente permisible un intento de prostitución emocional sin sufrir una alteración neuronal o apoplejía cerebral fulminante.
Además de los cinco sentidos que ya clasificó Aristóteles, poseemos algunos más. El problema no radica en el número, sino en nuestra incapacidad para sacarles partido. Quizá la dependienta de El Corte Inglés que te suministra la ropa interior lo desconozca, pero es un hecho que gracias a la propiocepción, la termocepción, la nocicepción y algunas otras «ciones» que en estos momentos no recuerdo, el ser humano ha alcanzado la culminación en ese proceso involutivo que más tarde o temprano nos va a llevar al principio mismo del merecido final.
Si pudiéramos cambiar…
Si pudiéramos cambiar…
Si pudiéramos cambiar, seguramente decidiríamos ser lo que somos siempre que no intentamos ser lo que podríamos o deberíamos ser. Supongo que no comprenderás lo que intento expresar. No te preocupes, a mí me sucede lo mismo. Pero pensar que algunos de nosotros, o lo que los positivistas denominan «raza humana», pudiéramos ser capaces de transformar la bajeza moral y convertirla en altruismo, dignidad, o incluso queso de Gruyère, se me antoja tan alejado de la realidad que lo único que consigo en el intento es que el trígono vesical de mi próstata se irrite. De todas formas, estoy completamente convencido de que el 99.9 % de la población no cambiaría aunque apareciera un hada madrina y les otorgara la oportunidad a golpe de varita mágica. Están demasiado orgullosos de la mierda que se esconde en sus lindas cabecitas. Esa mierda que les impulsa a creerse únicos y especiales. Esa mierda que se propaga por el resto de sus infectos cuerpos hasta salirles por la boca.
Existe un modelo de tienda en Japón (Burusera) donde las mujeres pueden vender sus bragas. Te aseguro que no es broma. Las chicas se las quitan en la misma tienda y se las entregan al dependiente que a su vez las pone a la venta. Tengo un amigo que viajó una vez al país del sol naciente, entró en una de esas boutiques del desgastamiento y adquirió cuatro kilos. Con ellas se fabricó un edredón y se lo regaló a su novia. Ésta lo usó durante un mes y lo guardó en una caja junto a varias bolitas de naftalina. Así veo yo a Gaia, como una gran tienda del tipo Burusera. Las bragas usadas y sin lavar somos nosotros, los humanos. La naftalina son las enfermedades, los virus, los gérmenes, los bacilos…
Si pudiéramos cambiar…
Si pudiéramos cambiar…
Yo puedo cambiar. Tengo la cualidad de reinventarme cuando quiero. Pero cada reinvención es un plagio. Una perfecta imitación de una personificación anterior. Por lo tanto soy un estafador, un charlatán, un tramposo, aun cuando me copie a mí mismo. Si me apropiara de los defectos, o incluso las virtudes de otros, dejaría de ser lo que soy. ¿Qué soy? No sé lo que soy, pero tampoco es algo que me quite el sueño. A decir verdad, lo único que me quita el sueño es no ser dependiente de una de esas tiendas Burusera. Bueno, y no ser millonario. Si fuese asquerosamente rico contrataría a un químico demente y le llenaría los bolsillos de oro. A cambio él tendría que fabricar un repelente anti-imbéciles.
Si recuerdas lo que ponía en la primera línea, este es un texto sobre la satisfacción. Me siento absolutamente satisfecho de ser diferente porque, como el resto, estoy absolutamente convencido de que lo soy; y mi equilibrio mental, mi supervivencia dependen de ello. Me siento plenamente satisfecho de mi alopecia, de mis almorranas y de mi neurosis. No me doy besitos porque me es físicamente imposible. Pero te aseguro que cada noche sueño con que me follo a mí mismo. Rectifico: follo a una versión femenina de mí mismo, con pelo, sin almorranas y bastante menos neurótica. Y puedes estar segura de que los orgasmos son intensísimos. En resumidas cuentas, si yo no existiese, alguien tendría que inventarme.
G.
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