Nombre del autor:El despotricador anhedónico

Email del 23 de marzo 2023

Agnes Martin. Drops (1961)

Las gotas cuya incoloridad, inodoridad e insipidez no estuvieran enteramente demostradas eran rápidamente descartadas y arrinconadas en una inmensa cubeta cilíndrica de vidrio de borosilicato, desechada de experimentos de mediciones espectrofotométricas fallidos, cuyo único fin era mantener los átomos de hidrógeno y de oxígeno acomodados en su propia nada categórica, absoluta e incondicional. Mientras eso sucedía, yo me encontraba en una sala anexa, sentado sobre un taburete metálico demasiado bajo y de aspecto francamente industrial escuchando el plinc acuoso del líquido elemento y algunas incongruencias más o menos chocarreras de ciertos biotecnólogos.

Dicen que escuchar repetidamente el sonido del agua relaja nuestras mentes. Sin embargo ese continuo y exasperante goteo solo me relajó el esfínter, de modo que de mala gana me levanté y me dirigí al aseo. Me encontraba sentado sobre el inodoro haciendo fuerza mientras luchaba contra ciertos elementos prostáticos cuando algunos de los llamados Dioses Indefinidos, como Vahalah, Zutl y Senaeftr se inmiscuyeron en mis pensamientos. Sus interpretaciones teoréticas sobre los seres humanos y su continuo forrajeo existencial llegaron a conmoverme tanto que una vez levantado y subido los pantalones, decidí que debía dejar mi trabajo y dedicar todas las horas futuras a continuar mi retiro hipocondriaco, evitando de alguna u otra manera esas malditas ideas suicidas.

Lamentablemente, no llegué a poner en práctica mis deseos anteriores, pues nada más salir del laboratorio me atropelló una moto. Cuando intentaba ponerme de pie para apalizar al motorista me mordió un perro al que logré meterle una patada de Muay Thai en la trufa que evitó que sus fauces acabaran engulléndome. Cuando me dirigía bastante maltrecho hacia un banco de madera que desde un lado de la acera vigilaba el porvenir, me derribó un Kalanchoe embutido en una maceta bastante grotesca de terracota que terminó de una vez por todas con mis anteproyectos, proyectos y vulgares intenciones.

Han pasado varios años. Mis días y mis noches no son demasiado diferentes a los días y las noches del sujeto que fui alguna vez. Vivo en un hospital privado y las escandalosísimas facturas son abonadas por Vahalah, Zutl y Senaeftr, los denominados Dioses Indefinidos; y aunque nunca vienen a visitarme, sé que de alguna manera están cerca de mí, algunas veces incluso los noto dentro de mí, sobre todo cuando me tienen que hacer alguna dolorosa perrería médica. Los que sí vienen a verme y se sientan enfrente de mi cama envalentonados porque saben que no puedo echarlos son los técnicos del laboratorio del H2O. En ocasiones se traen Phoskitos y Bollycaos y se los comen como si fueran cerdos salvajes mientras se carcajean y se miran los unos a los otros y sus bocas marrones y goteantes hacen ruidos insoportables. Si pudiese incorporarme… o por lo menos si Vahalah, Zutl y Senaeftr pudieran materializarse. O convertirse en gotas. En gotas dotadas del mismo poderío que atesoran como divinidades indefinidas y poco accesibles. Si el plinc…


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Email del 22 de marzo 2023

Edvard Munch. Sick mood at sunset despair (1892)

Mi frustración¹ como despotricador, o mejor dicho, la etiología de este hecho singular, unida a la necesidad más o menos forzosa de resolver cuanto antes algunos de los desbarajustes que desde diferentes ángulos, algunos de ellos imposibles, me atosigan como tábanos circunstanciales, me ha llevado a afirmar en multitud de ocasiones que la existencia, o eso que algunos bienaventurados profesionales denominan «realidad», es un disparate complejo, decepcionante y absurdo. Sin embargo no voy a tratar ahora de contradecir esas ideas ecuánimes, aunque estoy convencido de que eso quizá me haría más interesante, o por lo menos, más furiosamente rebatible, pues sería demasiado sencillo considerar que mi insurrección subjetiva es el resultado de un proceso isócrono e interno.

Odio admitirlo, pero si realmente existiera un autor omnisciente que hubiera escrito cada uno de los errores argumentales que han terminado por encerrarme en esta maldita ergástula de por vida, y que al mismo tiempo pudiera convertirse en el único receptor para los miles de insultos enconados e imprecaciones sanguificadas que se me ocurren, entonces, es posible que mi amargura huera y desgalichada se transformara en júbilo, pompa y esplendor.

Llegados a este punto tan solemne, me gustaría que cualquier atisbo de majestuosidad ampulosa, falsedad subliminal o ausencia total de ingenio y empatía que seáis capaces de percibir en este texto intencionadamente imperfecto os exploten en la puta cara.

(1) Achuco Delasaca escribió su obra maestra Ensayos preternaturales acerca del fracaso a la sombra de un ciruelo bajo la copa de un cerezo. Obviamente la dendrología no era su fuerte. Ni falta que le hacía pues, aparte de ser mi mentor y amigo hasta el mismo día de su muerte, fue un magnífico jiujitsuista mental exento de fobias. A él está dedicada esta demérita y caprichosa minidespotricación.


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Email del 15 de marzo 2023

Putain merde (Sin autor y sin fecha)

Hace algunos años mi editor de entonces, que también era el proporcionador de amantes de un ministro muy conocido, me pidió que escribiera un ensayo sobre la salinidad. Aunque le contesté que por él yo mataba y que por supuesto lo escribiría, el asunto me pareció demasiado imbécil como para dedicarle los esfuerzos que exige esa serie de reflexiones sobre un tema que supone un ensayo. Aún así trabajé como burro durante meses, visité todas las webs, tanto en castellano como en otros idiomas, que versaran sobre las sales disueltas, y cuando lo concluí se lo envié reverencialmente por medio de un email que olía a salitre. Su contestación por vía telefónica varios días más tarde me dejó un poco turbado…
—¡Greg, qué cojones es esto?
—¿Qué cojones es el qué?
—Esta mierda que me has enviado.
—¿No te gusta? Pues no lo puedo hacer mejor. Le he dedicado más esfuerzo que a cualquier otro de mis textos.
—¡No lo pongo en duda! ¿Pero para qué quiero yo un ensayo de 600 páginas sobre la salinidad?
—¿Cómo que para qué quieres…?
—Te pedí un ensayo sobre la senilidad. ¡La senilidad! ¡Tío, estás agilipollado! ¿Qué coño hago ahora con este disparate salobre?
—¡Me dijiste salinidad! ¡Salinidad! Recuerdo que me quedé un poco extrañado por el tema y te pregunté si estabas seguro, a lo que me respondiste que te lo habían pedido y que ya tenías garantizadas varias ediciones en numerosos idiomas.
—¡Claro! Pero sobre la jodida senilidad. ¿A quién coño le importa la salinidad de los putos suelos?
—¡Joder, he perdido siete meses con ese estudio! ¡Tienes que publicarlo!
—Greg, ¿sabes una cosa? ¡Quedas salíferamente despedido!
Una vez hubo colgado el teléfono sentí ganas de coger el AVE, dirigirme a la capital de España, que es donde ese infrahumano vivía, y golpearlo hasta la muerte con un CTD, pero intenté relajarme acariciando una perfecta reproducción de unos testículos de bisonte que alguien me había regalado alguna vez.

Dos o tres meses más tarde finalicé un ensayo sobre los editores literarios al que titulé Aaaaaaggggggggg y que terminé coeditando conmigo mismo. Al cabo de un tiempo recibí un email muy interesante firmado por un tal «La mano negra peluda» que reproduzco a continuación en su totalidad…

«Señor, o monseñor o ruiseñor, Gregorio u Honorio, o tal vez Liborio:

En ocasiones un sonotone puede obrar milagros. Dicen que si el famoso sordomudo e impedido mental Don Cosme de Avellanar III hubiera podido acceder a uno de esos aparatitos tres siglos antes de que se inventaran, doña Ana Constancia de Casamelar nunca se hubiese esposado con Don Fructuoso von García, hijo ilegítimo del primero y marqués de los Palafreneros y las Caballerizas.

La mano negra peluda».

Naturalmente la redacción delataba sin lugar a dudas a mi antiguo editor y alcahuete que se mofaba de mí por un insignificante error auditivo, por lo que le contesté en su misma jerga…

«Señor editor, impositor y genitor:

En ocasiones un supositorio puede obrar orgasmos. Cuentan las leyendas de mi barrio -que un día fue pueblo-, que si el ilustre sodomizador y devorador de vergas, don Maximino Ayala XXII hubiera podido acceder a un consolador de látex de 43 cm de largo y 14 de diámetro nunca hubiera tenido que acabar sus días (y sus noches) siendo empalado por posaderos, mesoneros y venteros de baja calaña.

La mano blanca afeitada (y con guantes)».

Supongo que mi contestación lo hirió en lo más profundo de su corazón varonil y acemilosexual porque al día siguiente recibí la contestación…

«Señor de las manos enguantadas:

Si contempla detenidamente la foto adjunta verá que es un ojete. ¡Mi ojete! Como podrá observar, en un esfínter tan pequeñito es totalmente imposible que quepa un supositorio. Ni siquiera un supositorio infantil. Pero hablando de la infancia, cuando era pequeñito el estreñimiento fue un gran problema para mí. Recuerdo a mi madre… ¡Ah, qué gran señora! No hay día en que no la recuerde troceando o incluso disolviendo los supositorios de glicerina Rovi y haciéndomelos tragar por medio de una cucharilla de café a la que llamaba «avión 323». Ese simple acto de amor maternal provocaba en mí que todas las mañanas después de levantarme corriera al aseo y descargara una tremenda cantidad de mierda inimaginable para un ser con tan poca imaginación (por no hablar de su sordera) como usted. Todavía conservo algunas fotos de mis deposiciones de entonces. Mañana o pasado mañana le enviaré unas cuantas. ¡Se lo prometo!

La mano negra peluda con un anillo en el dedo anular».

Obviamente no iba a dejar que me enviara porquerías, pues soy muy escrupuloso, así que esa misma tarde le regalé mi casa a un sin techo que se llamaba igual que yo, y fue quien, como era de esperar, recibió las fotos. Años más tarde me enteré de que el nuevo inquilino del que durante 35 años fue mi hogar era un coprofágico adicto, y que disfrutó enormemente de esas fotos y de las muchas que llegaron regularmente a partir de entonces.


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Email del 13 de marzo 2023

Miguel Ángel. La creación de Adán (1511)

Me encontraba jugando contra mí mismo al chaturanga, cuando se me ocurrió comprobar cómo respondería el asistente de voz de Google ante una pregunta con poca o nula función fática y absolutamente ridícula.
—¡Ok, Google! ¿A qué temperatura se encuentran ahora mis testículos?
—La temperatura exterior de sus testículos es de 12 grados y la interior de 35.8 grados.
Estaba claro que el listillo del sistema de Google simplemente intentaba colarme la temperatura de la ciudad como temperatura de mis huevos, por lo que se me ocurrió poner la estufa a máxima potencia durante dos horas, tras las cuales volví a hacerle la misma pregunta, pero un poco disfrazada con algunas palabras de relleno.
—¡Ok, Google! ¿A qué temperatura están en estos mismísimos instantes mis dos idolatrados testículos, Nabucodonosor y Nebuzaradam?
—La temperatura exterior de sus testículos es de 25 grados. La interior de Nabucodonosor es de 35.3 y la de Nebuzaradam de 36 grados.
Lo primero que pensé cuando escuché la respuesta es que aquello se pasaba de castaño oscuro. Quiero decir, bueno, nunca he permitido que nadie estuviera en disposición de saber nada sobre mí… ¡y menos sobre mis pobres gónadas! Y ahora parece ser que todo el mundo, y entre esa jodida totalidad, hasta los programas y aplicaciones de cualquier sistema trataban con cierta familiaridad a mis cojones y se dirigían a ellos por sus nombres de batalla. ¡Vale! Me he pasado con lo de cualquier sistema, pero de alguna forma me sentí violado glandularmente, así que volví a hacer otra prueba: esta vez cogí dos bolsas de hielo del congelador y envolví a Nabu y Nebu con ellas durante 45 minutos. Durante el proceso estornudé en 14 ocasiones y sufrí un amago de erección, pero aguanté hasta el último minuto con la gallardía propia del género masculino perteneciente al clan López.
—¡Ok, Google! ¿A qué temperatura están Nabucodonosor y Nebuzaradam?
—La temperatura exterior de sus testículos es de 3 grados. La interior de Nabucodonosor de 34.5 y la de Nebuzaradam de 35.1 grados.
¡No me lo podía creer! Lo primero que se me ocurrió es que todavía estaba borracho por el cubata que me había tomado dos años antes, pero inmediatamente pensé que las pruebas no eran totalmente concluyentes, así que lo mejor que podía hacer era pasar directamente al plan B. Y el plan B se llamaba Ramón, y era mi vecino.
—¡Hombre, Greg! ¿Qué te cuentas? Pasa, pasa…
—¡Ramón, necesito que midas la temperatura de tus testículos! Mira, he traído un termómetro por si tú no tenías.
—¡Jajajajajaja! Siempre has sido muy imaginativo. ¿Qué quieres tomar?
—Ramón, te estoy diciendo la verdad. ¡Necesito saber cuál es la temperatura de tus testículos!
—Yo solo proporciono ese tipo de información a las titis. ¡Jajajajajaja!
—Ramón, escúchame bien. Y, por favor, deja de reírte como un borrico. Necesito tus huevos… bueno tus huevos no, solo la temperatura de ambos.
Me pasé 20 minutos intentando explicarle el porqué de mi comportamiento, hasta que llegó un punto en que, o bien lo comprendió, o simplemente se resignó a seguir un juego que realmente no existía.
—Toma el termómetro y póntelo entre ambos… ejem…
—¡Dame, coño! ¡Ya! ¿Cuánto tiempo tengo que esperar?
—¡Nada! Este termómetro es marca Omron y solo necesita 5 segundos. ¡Sácalo y veamos qué marca!
—A ver… ¡26 grados! ¡Y ahora qué?
—Déjame hacer, Ramón. ¡Ok Google…! ¡Espera! ¿Cómo se llama cada uno?
—¿Cómo se llaman quiénes?
—Tus huevos, ¿quiénes van a ser?
—¿Cómo se llaman mis huevos? ¿Pero tú estás chalado? ¿Los tuyos tienen nombre?
—Sí, uno es Nabucodonosor y el otro Nebuzaradam.
—¡Jajajajajajaja! ¡Chico, estás colgado! ¡Jajajajajajaja!
—¿Entonces no tienen nombre?
—¡No, no tienen nombre! ¡Ni siquiera apellidos! ¡Jajajajajajaja!
—¡Ok, Google! ¿A qué temperatura se encuentran los testículos de Ramón Flores?
—La temperatura exterior de los testículos de Ramón Flores es de 26 grados y la interior de 35.9 grados —susurró Google.
—¿Ves, Ramón?
—Um, no sé. Eso, francamente no me dice demasiado.
—¡Sí! ¡Deberíamos hacer más pruebas! ¿Tienes hielo? ¿Sí? ¡Perfecto! ¡Introdúcelos entre los cubitos durante 20 minutos!
Y Ramón se los enrolló durante ese tiempo. Y tal y como me había sucedido a mí, estornudó unas cuantas veces y tuvo un amago de erección que lo ruborizó al principio, aunque en unos minutos volvió a ser el mismo de siempre.
—¡Caray, qué bien empalmo! ¡Incluso con frío polar!
—¡Deja la testosterona a un lado y dime qué marca el termómetro?
—¡2 putos grados! ¡He empalmado a dos putos grados!
—¡Ok, Google! ¿Cuál es la temperatura de los testículos de Ramón ahora?
—La temperatura exterior de los testículos de Ramón ahora es de 2 grados y la interior de 35.7 grados —bisbiseó el asistente de la multinacional.
—¡Increíble!
—¡Pues Greg, ¿qué quieres que te diga? ¡Yo no lo veo tan increíble!
—¡Ramón, mete los huevos en el microondas durante unos segundos y luego volvemos a hacerle la pregunta a…!
—¿Pero qué estás diciendo? ¡Mételos tú, tío! ¡Pero en mi microondas no!
—¡Pero Ramón!
Pero Ramón no quiso seguir con el juego, así que decidí volver a mi casa y continuar con el experimento.
—¡Ok, Google! ¿Cuál es mi temperatura anal en estos mismos instantes?
—¡Señor López! ¡Le vigilamos! ¡Deje de comportarse como un niñito oligofrénico! La temperatura de su ano es la misma que la de su cerebro. ¿Todavía no se había dado cuenta?
Tras semejante respuesta volví a ponerme el tablero y las piezas del chaturanga sobre las rodillas y proseguí el juego a partir del punto en que lo había dejado antes de las malditas comprobaciones.


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Email (TOTALMENTE ANTIFALLERO) del 11 de marzo 2023

Amparo Salvador Martinez. (Desconozco el título de esta puta mierda de cuadro)

Querida:

Dicen que Jesús de Nazaret visitó Valencia (entonces llamada Valentia Edetanorum) en el año 24 y que tras comerse un par de raciones de paella se sintió tan extraordinariamente satisfecho que gritó al cielo “Estic fart, ja no puc més. ¡Cague en la mare que et va parir, això està rebó!”. Según una facción de historiadores de la terreta, el idioma valenciano fue inventado por Jesucristo tras llegar a una especie de transverberación mística después de que la cuchara de madera pulida descubriera pegado al fondo el sabroso socarrat. Y que su pasión por dicha exquisitez le trastornó tanto que para su regreso a Galilea contrató los servicios de Cayo Lucius Aulus, el mercader de arroces en su punto justo, para que le hiciera llegar sus delicias favoritas cada cierto tiempo. Sin embargo la asociación duró poco, pues tras no cobrar ninguno de sus pedidos, Cayo Lucius se casó consigo mismo y acabó encerrado en un insanis domum donde terminó sus días intentando musicalizar su poema Imbecillitas mentis. En cuanto a Jesús, bueno, todos sabemos cómo acabó todo…

Esta historia está patrocinada por Arroces Marianela Alborch e Hijos. Mañana, si todavía no ha acabado conmigo ningún fallero en serie, te contaré otra similar. Hasta entonces te deseo lo mejor, por supuesto dentro de una determinada regularidad. Me consta que los hijos de Marianela te desean lo mismo. Marianela Alborch no te desea nada porque falleció hace 18 años cuando perdió el equilibrio, cayó dentro de una paella gigante y se sofrió durante las celebraciones de las Fallas tailandesas.

Greg López Alborch


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email del 10 de marzo 2023

Chaim Soutine. Carcass of beef (1924)

Amiga:

Hace un par de años asistí a un congreso sobre la felicidad. En realidad tenía una invitación a una conferencia sobre los múltiples beneficios de la infelicidad que se ofrecía en la misma calle. Las prisas me jugaron una mala pasada y entré en el local equivocado. Observar los caretos y escuchar las memeces de tantos tipos y tipas completamente satisfechos con sus existencias me pasó factura. Mientras me sacaban en una camilla echando espumarajos por la boca y me empotraban contra la pared metálica de la ambulancia del SAMU, reflexioné acerca de ese concepto tan abstracto y llegué a una inusitada conclusión. Días más tarde, cuando me dieron el alta en el hospital y volví a la solemne decadencia de mi hogar, aproveché un aflato repentino para escribir acerca de la tristeza sobrecogedora, las circunstancias y el insostenible peso de la existencia. Como el texto resultante, que todavía carece de título, es imprudentemente extenso (634 páginas) y su desarrollo está demasiado cercano a las tres grandes íes, es decir, incoherencia, insensatez e irracionalidad, he decidido recomendarte que no lo compres cuando sea editado, aunque voy copiarte un pequeño extracto que, de alguna manera, define y resume la absoluta totalidad del tocho.

Cuando se aceptan las circunstancias, uno puede abordar la existencia sin alebrarse y con un cierto aire de misterio. Este misterio puede presentarse como un abigarrado boscaje a través del cual uno, perdido, con el tiempo prestado y con la concentración al límite de la alienación más absoluta, pretende llegar a alguna parte. A cualquier espesura silenciosa repleta de oscuridad evanescente donde vea satisfechas sus necesidades intelectuales, emocionales y, sobre todo, sociales. En otras palabras, reflejándonos en el lugar donde nos encontremos en cada instante.

Tú eres el reflejo de dónde te encuentras en este momento.
Él es el reflejo de dónde se encuentra en este momento.
Ellos son los reflejos de dónde se encuentran en este momento.

Por lo tanto, y como he subrayado anteriormente:

Yo soy el reflejo de dónde me encuentro en este momento.
Y me encuentro en ninguna parte.
Y me encuentro en ninguna parte.
Y me encuentro en ninguna parte.


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Email del 5 de marzo 2023

Pieter Bruegel, the Elder. Faith (1560)

Extracto del segundo acto de Zrufzrefzrifzrof, drama teatral en cinco actos.

VENERADO LÍDER: ¡Todos sabéis lo que sucedió! Os lo he relatado en multitud de ocasiones. ¿Quién amaneció rodeado de ternascos y recentales níveos… tan blancos como las paredes recién encaladas?
FIELES: ¡Zrufzrefzrifzrof!
VENERADO LÍDER: ¿Y quién se dejó ungir con carpobálsamo mientras sollozaba de júbilo al ver a sus congregantes henchidos gracias a la complacencia de Zefzifzofza, la madre incorpórea de todas las deidades?
FIELES: ¡Zrufzrefzrifzrof!
VENERADO LÍDER: Oh, hermanos míos. Deberíamos dejar que Zrufzrefzrifzrof siguiera morando en nuestras entrañas. Recordad la parábola del labriego falto de fe. Recordad cómo en la sempiterna soledad de su cubículo vio una flor líquida antes de abandonar su cuerpo. La flor acuosa de Zefzifzofza, la madre incorpórea de todas las deidades. Intentad recordar las palabras del decimosexto axioma que, como todos sabéis, no es más que un compendio de los Siete Tratados Demostrables escritos por su hijo, el hijo de Zefzifzofza y Zrozrazino, para solemnizar a El Único y al más grande, Zrapzripzropprop, el hermano varón de Zrufzrefzrifzrof que nació muerto. ¿Quién lloró durante 30 siglos lágrimas amarescentes?
FIELES: ¡Zrufzrefzrifzrof!
VENERADO LÍDER: Sí, es cierto… ¿pero quién más sollozó junto a su vera?
FIELES: ¡Zrozrazino!
VENERADO LÍDER: ¡Cierto! ¡Tan cierto como la infatuación que se agazapa abatatada en mi corazón! ¡Zrozrazino! Hijo de Zregzrag y Zuerzuarka. Sin embargo… sin embargo alguien, oculto tras los matojos secos de salenquera y escaramujo, intentó en vano y por medio de la Santa Trabilla del Martirio transformar las excreciones lagrimales en secreciones excrementales, para de esa manera terminar con el culto de la fe y del sacrificio. ¿Quién, hermanos míos, fue ese ser execrable, rastrero, canalla y cruel? ¿Recordáis su nombre?
FIELES: ¡Zronzrozraszras! ¡Zronzrozraszras! ¡Zronzrozraszras!
VENERADO LÍDER: ¡Zronzrozraszras! También llamado Zrufruzco o Frozfraz el pelusero. Él y su tercer vástago, de nombre absolutamente impronunciable, fueron encerrados en las moradas brocantes como punición por sus vilezas e iquinidades. Eso no constituyó ningún contratiempo para que Zrusfrustrazas y Zrushzrushzrosh intentaran asesinar a El Único y al más grande…
FIELES: ¡Zrapzripzropprop!
VENERADO LÍDER: Gracias al poder y la gloria otorgados por…
FIELES: ¡Zrufzrefzrifzrof! ¡Zrufzrefzrifzrof! ¡Zrufzrefzrifzrof!
VENERADO LÍDER: ¡Zrufzrefzrifzrof!
FIELES: ¡Zrufzrefzrifzrof! ¡Zrufzrefzrifzrof! ¡Zrufzrefzrifzrof!
VENERADO LÍDER: ¿Quién untó de mantequilla el ano de Maria Schneider y luego la sodomizó?
FIELES: ¡Zrufzrefzrifzrof! ¡Zrufzrefzrifzrof! ¡Zrufzrefzrifzrof!
VENERADO LÍDER: ¡No! ¡Marlon Brando!


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Email del 27 de febrero 2023

Francisco de Goya. Perro semihundido (1819-1823)

Me encontraba tumbado en el sofá haciéndome cosquillas en la nariz con un pincel rigger cuando de repente noté que tenía un bultito en el septo. Rápidamente me incorporé alarmado por si fuera un cáncer de septum o un granuloma o un epitelioma o un sarcoma o un carcinoma u otro tipo de «oma» y me miré en un espejo. Lo que vi me dejó sin palabras. Representado frente a mí se encontraba lo que hasta en un pasado más o menos reciente era un tipo arriscado y gallardo que se comía el mundo sin cubiertos, sin embargo en el reflejo se podía ver a un carcamal valetudinario con aspecto estropajoso y tan decorativo como un gamborimbo. Después de sentir lástima por mí durante unos minutos me senté en el cojín que uso para meditar y repasé mi larguísimo mantra extraído de un poema de François Villon.

La lluvia nos ha limpiado y lavado,
y el sol desecado y ennegrecido.
La lluvia nos ha limpiado y lavado,
y el sol desecado y ennegrecido.
La lluvia nos ha limpiado y lavado,
y el sol desecado y ennegrecido.

Tras 45 minutos de oración, trascendencia y reflexión decidí que debía volver a encauzar mi vida, pero me entraron ganas de hacer de vientre y el pensamiento voló hacía los cielos inconmensurables y se perdió para siempre circundado de júbilos, algazaras y exaltación. Cuando salí del cuarto de baño volví al sofá, agarré de nuevo el pincel y reanudé la serie de cosquillas nasales desde el punto en que lo había interrumpido. De vez en cuando me tiraba algún pedo que asustaba a las moscas y a las cucarachas mientras soltaba algunos roznidos cthulhunianos.

Unos minutos después me puse a pensar sobre la palatabilidad existencial y la muerte. Luego dibujé en mi mente algunas formas abstractas que me recordaron a ciertos esprits frappeurs que me acompañaron cuando era joven. De pronto comprendí que debía meterme una cuchillada en las entrañas. O mejor, llamar a algún conocido falto de personalidad y convencerlo para que me apuñalara repetidamente y hasta la muerte. Pero, ¿que le prometería a cambio? ¿Dinero? Yo no tengo dinero. ¿Runrún mediático? Conociendo a mis amigos no estoy seguro de que les gustara pasar a la posteridad como unos homicidas en potencia. Aunque era consciente de mis muchas limitaciones, tanto físicas, emocionales o intelectuales, sabía que era absolutamente capaz de convencer a un cocodrilo para que cambiase su dieta cárnica por otra a base de legumbres y cereales. Todavía jugaba con esa idea en la cabeza cuando me vi con el teléfono en la mano llamando a J. ¡No daba señal! Lo intenté con M. ¡Su mujer me dijo que habían tenido una broca brutal y se había largado de casa! Marqué el número de S. ¡El teléfono al que llama tiene restringidas las llamadas entrantes! ¿Qué podía hacer? Esos tres eran los más ingenuos y por lo tanto persuadibles. Decidí retirarme a meditar nuevamente…

La lluvia nos ha limpiado y lavado,
y el sol desecado y ennegrecido.
La lluvia nos ha limpiado y lavado,
y el sol desecado y ennegrecido.
La lluvia nos ha limpiado y lavado,
y el sol desecado y ennegrecido.

Vi praderas repletas de hierba fresca y mojada. Y me vi a mí mismo volando por encima de la majestuosa verdosidad. Advertí que los ratoncillos de campo me confundían con una ave de presa, seguramente un cernícalo primilla o un aguilucho cenizo. Y fui testigo del ataque de una culebra bastante rolliza sobre una lagartija de colores irisados. A lo lejos podía escuchar un concierto de balidos benevolentes acompañados de gritos humanos y ladridos de perros. Cuando me cansé de tanta naturaleza desbocada hice un giro Immelmann e intenté regresar al lugar del que había salido. Pero no me fue fácil, pues me había despistado. Mientras trataba de situarme pensé que tratar de situarme era una mala idea. Aplacaba y sometía mi libertad, así que decidí que lo mejor era perderme. Por lo menos hasta que el mantra dejara de tener sentido y volviera a aterrizar en mi sofá favorito, por supuesto, con cuidado de no derribar ningún propósito reprimido .

La lluvia nos ha limpiado y lavado,
y el sol desecado y ennegrecido.
La lluvia nos ha limpiado y lavado,
y el sol desecado y…

¡Joder! Caí. Sí, caí de la ensoñación. Hice un gran agujero. Sin embargo para la sonrisa que cabalgaba desbocada detrás de mí, eso solamente era un puto socavón. Miré hacia arriba y sobre el cielo raso y sereno refulgía la luna en forma de banana evanescente. No me importaba en absoluto que fuera de día. Mientras trataba de fijar la vista sobre una serie incompleta de rayos culebreantes sentí que yo era yo, es decir, un estafador y trapacero, y que todo lo que intentaba hacer, de alguna extraña manera, me lo hacía a mí mismo. Y que aunque en realidad siempre existen opciones, la dificultad estriba en encontrarlas y enmascararlas.

La lluvia nos ha limpiado y lavado,
y el sol desecado y ennegrecido.


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Email del 13 de febrero 2023

Alesia Lund. Mosca (2010)

«Me encontraba tratando de desentropiar -en la medida de lo posible- la fase vulnerable e infantil en la que me encontraba desde hacía un tiempo, cuando noté un cambio brusco en la dirección de mi sombra. Estaba claro que alguien había movido la lámpara de pie, de estilo moderno, que iluminaba la habitación desde atrás. Me giré y pude ver que no había nadie. La puerta seguía cerrada y la ventana ni siquiera existía, ya que el arquitecto que diseñó el edificio llegó a la conclusión de que los ventanales no eran indispensables en algunas habitaciones. Cuando empezaba a creer que mis nervios me jugaban malas pasadas escuché un ruido ahogado, más parecido a un zullón que al sonido que se produce de forma espontánea cuando se interrumpe un éxtasis existencial».

El texto anterior está escrito por una mosca usando el método güija, pero sin vaso ni invocación a los muertos o al diablo. Trataré de explicarme mejor, o lo que es igual, trataré de demostrar que la «Teoría molimiente» desarrollada por mí durante años siempre acaba confirmándose total o parcialmente.

A las siete de la mañana de ayer atrapé una mosca macho y comencé a molestarla de forma realmente avasalladora y continua durante 13 horas. Sobre las 12 de la noche, cuando me pareció que el insecto estaba a punto sufrir un ataque convulsivo y de agitación psicomotriz, le obligué a que escribiera un cuento corto, de por lo menos siete u ocho mil caracteres. Como un bolígrafo es demasiado grande para ser manejado por un díptero tan pequeño y el teclado del ordenador, por lo menos mi teclado, necesita una fuerza dactilar considerable, inferí que lo mejor era poner a la víctima sobre un tablero de güija y que por medio del desplazamiento corporal fuera redactando su texto, que además debería tener cierta calidad y ser decididamente creíble. Necesité armarme de valor y paciencia pero al trigésimo tercer intento la mosca lo consiguió. Lamentablemente no pudo terminar la historia porque en un momento determinado le falló el corazón y murió.

Si mis investigaciones hostiles e incomodantes sobre los pequeños animalillos no son interrumpidas por un futuro cataclismo zombi o incluso el temido Big Crunch, espero llegar a cotas inimaginables para cualquier cerebro con un CI menor de 201. Claro que también soy consciente de que mi delicado estado de salud puede pasarme factura en cualquier momento, por esa razón he recopilado todos los resultados de mis experimentos en cinco cuadernos a los que he titulado Las certezas de los rumores (parte I, parte II, parte III, parte IV, parte V) y que a partir de mañana pueden ser consultados en forma de transcripción críptica en mi página web.


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Email del 9 de febrero 2023

El Greco. Las lágrimas de San Pedro (1600)

Querida:

Recordarás que hace algunos años te comenté por medio de otro descangallante email cómo mi dentista se estaba construyendo un chalet adosado de 600 metros cuadrados gracias a mis innumerables ortodoncias e implantes. Pues bien, esta mañana dicho creso sujeto me ha invitado a la mansión -ya prácticamente terminada- y me la ha enseñado de arriba a abajo y de derecha a izquierda. En un momento dado, mientras me demostraba cómo es capaz de regular desde el teléfono móvil la intensidad y el color del chorrito del bidé, he sentido ganas de desaparecer, pero no de su palacio, sino del tercer planeta de nuestro sistema solar. Quizá no seas capaz de advertirlo, pero me encuentro bajo una fuerte (de)presión. Es posible que si me tomara las cosas de diferente manera fuera capaz de recomponerme hasta cierto punto, pero no creo que tratando de modificar comportamientos mecánicamente adquiridos pueda llegar a vislumbrar una extraordinaria transformación existencial. ¡A fin de cuentas mis días y mis noches están numerados! Y aunque pueda haberme descontado en un par de ocasiones, estoy completamente seguro de que no pasaré de los 98 o 99 años. Hasta entonces, todavía me quedan un montón de realidades concretas y apariencias abstractas a las que oponerme con toda la fuerza que permita mi intrincado carácter.

Cuando no existía, quiero decir, cuando todavía yo no había nacido, las cosas no me resultaban tan desquiciadamente jodidas y absurdas. Seguramente porque no existía, por lo tanto no era y no estaba. Existir implica disgustos y preocupaciones, claro que no existir conlleva oscuridad penetrante y desarreglos emocionales y problemas de inadaptación para lidiar con esa ausencia total. Pero, si existir es una forma de preparación para una próxima no existencia, entonces, ¿para qué cojones existimos? ¡Joder! ¡No entiendo una puta mierda! Me gustaría tanto que alguien me lo explicase. Aunque fuese un mudo. Dicen que la muerte es el principio. También dicen que un clavo saca otro clavo. No sé, mis conocimientos de bricolaje, construcción y decoración son muy deficientes, quizá por esa razón solo soy un jodido ignaro de mierda y no consiliario o incluso corifeo de Brico Dépôt o Leroy Merlin.

Por favor, ahora necesito que te concentres y me prestes mucha atención. Hace un par de décadas, puede que más, se me apareció algo que decía ser Simón bar-Jona (aka san Pedro). Como dudaba seriamente de sus intenciones, le dije que tenía un poco de prisa y la etiolada visión se esfumó. Mientras la pretendida imagen del santo se desintegraba , sentí unas enormes ganas de tocarme los testículos con cierta delectación, pero no lo hice por temor a que algún cordero de Dios trotara hasta el Vaticano para chivarse y el Papa me excomulgara. Por esa razón me hice apóstata, para poder tocarme mis partes íntimas e intrínsecas cuando me diera la real gana. Sin embargo, todavía no me siento libre y cada vez que me froto los huevos, sea o no en plan sicalíptico, envío una notificación certificada y urgente a la Santa Sede.

¡Sí! Me siento repleto de vacío y mis amigos lo notan. Desde hace unos meses me llaman «Ternerito López». Eso me desanima. Y cuando estoy muy abajo me cuesta horrores remontar la pendiente. Generalmente entrando en vaginasdepiladas.com suelo volver a ser yo, pero desafortunadamente esa web ha cambiado su nombre y sus percepciones. Ahora se llama chichispeludos.es y navegar por ella ya no me sienta tan bien. Creo que debería esperar a «el pescador» (aka san Pedro) de nuevo. ¡O lo que fuera esa rugosa visión! Y si no se vuelve a aparecer, quizá debería pegar un par de lamidas al cactus Echinopsis pachanoi, también llamado cactus de San Pedro y esperar a que suceda algo. Cualquier cosa.

Ternerito López


Email del 9 de febrero 2023 Leer más »