Nombre del autor:El despotricador anhedónico

Email del 15 de julio 2022

Louise Bourgeois. Portrait (1963)

Trilogía de la puta mierda. Parte I

Cuando reparó en que no podría ascender más se acomodó justo a un tocón esportillado. Durante unos minutos dejó que su memoria viajara hasta el principio de todo. Después de erguirse se apropincuó al vértice. Desde donde se encontraba podía contemplar vastas extensiones coloreadas de marrón, verde y azul. Una vez se sintió reconfortado Tomó aire y gritó con todas sus fuerzas:
 
¡Esta mierda es una vida!
¡Esta mierda es una vida!
 
Varias chovas piquigualdas que planeaban cerca se sintieron violentadas aunque prosiguieron su vuelo. Una de ellas incluso pensó que sería totalmente lícito acercarse por arriba a un par de metros sobre su cabeza y soltarle un par de cagadas. Mientras se alejaban recomenzaron los alaridos:
 
¡Esta mierda es una vida!
¡Esta mierda es una vida!
 
Un topillo campesino que descansaba plácidamente en una oquedad estuvo a punto de morder sus zapatos. Si se contuvo fue porque no tenía ningunas ganas de desperezarse y molestar a su pareja que roncaba boca arriba mientras emitía pequeños chasquidos con la lengua.
 
¡Esta mierda es una vida!
¡Esta mierda es una vida!
 
Cuando se cansó de proclamar solemnemente sus percepciones sintió la necesidad de descender. Pero antes volvió a acomodarse junto al tronco podrido y volvió a permitir que su memoria se trasladara al inicio. De repente sintió que se había equivocado. Se levanto de un salto y se arrimó peligrosamente al vacío.
 
¡Esta vida es una mierda!
¡Esta vida es una mierda!
 
Se hizo de noche. Una víbora áspid bostezó porque tenía hambre. Se acercó al agujero donde habitaban la pareja de topillos dispuesta a darse un gran banquete. Y aunque todo el mundo sabe que los ofidios no tienen oídos externos, los gritos desesperantes del hombre hicieron que esta cambiara de idea.
 
¡Esta vida es una mierda!
¡Esta vida es una mierda!
¡Y siempre lo será!
¡Y siempre lo será!
 
Desconozco si descendió alguna vez. Los vecinos del pueblecito donde vivía no volvieron a verlo nunca más, aunque algunos dicen que en ocasiones, cuando los vientos son favorables, escuchan una especie de eco con una voz parecida a la suya. Lamentablemente la única palabra que verdaderamente pueden interpretar es «mierda». ¿De «erda»? ¿De «capi-capi-erda»? ¿De «pim-pam merda»?

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Email del 13 de julio 2022

John Singer Sargent. A spanish window (1908)

Todas las mañanas miraba a través de la ventana. En numerosas ocasiones observaba a algunos de los residentes de las fincas colindantes ojeando también a través de los cristales de sus ventanas. Un día, mientras escrutaba cierta zona bastante alejada de mi zona de confort me pregunté por qué razón mis vecinos no miraban a través de mi ventana. Claro que esa acción implicaría invitar a todos esos espectadores a contemplar el panorama desde una ventana bastante pequeña. Quizá podría invitarme yo a contemplar la vida a través de sus ventanas. Un día con uno, al día siguiente con otro, es decir, rotando como si fuera una especie de trabajo sencillo no remunerado. Mientras divagaba a la manera de uno de los modelos de Rodin, escuché un ruido extraño que provenía del pasillo. Por supuesto continué en la ventana hasta que el ruido resonó más fuerte y repetido. Me dirigí al pasillo esperando encontrar a un zombi sediento de vísceras y reparé en que alguien estaba llamando a la puerta de entrada golpeándola con los nudilllos. Acomodé uno de mis ojos en la mirilla y lo que vi al otro lado me gustó mucho. Era una mujer de unos nosecuántos años. Pero al fin y al cabo era una mujer. Abrí la puerta y me presenté amablemente. Ella sin embargo solo me contestó que iba estreñida, a lo que yo respondí que lo sentía mucho. Luego la señora me preguntó si por casualidad yo tendría algún buen laxante para prestarle. Cuando le pregunté quién era y dónde vivía me respondió que era la vecina del octavo y que solo llevaba viviendo allí tres días, tres horripilantes días en los que no había defecado ni una sola vez. La invité a pasar pero ella se negó aduciendo que tenía mucha prisa, así que le presté un microenema de la marca Micralax. Ella me dio las gracias y se largó casi volando.

Mientras me dirigía a la ventana pensé para mis adentros que la gente era muy rara, por esa razón traté de humanizarme un poco. Cuando me asomé, todos los puntos y puntitos que representaban vehículos y personas respectivamente continuaban con la coreografía de todos los días. Algunos se dirigían hacia la derecha, otros tomaban el camino contrario. Los que se encaminaban hacia el norte lo hacían como si no les importase en absoluto la ruta del resto y los que aceleraban para llegar lo antes posible y sin incidencias remarcables al sur me ponían de los nervios. De repente dos de esos puntos colisionaron y de ambos bajaron dos puntitos que comenzaron a danzar aparte. Su baile era totalmente diferente y por un instante me pareció que se fusionaban. Mientras el tinglado social alcanzaba su cenit convencional de adulteración y artificiosidad colectiva se me ocurrió canturrear una melodía y una letra inventadas…

Un onicofágico en trayectoria de colisión
con un exanguinado reciente.
Un procastinador profesional en fuga psicógena,
la mitad de un gemelo pigópago recubierto de nitinol,
tres perfusiones tremendamente fallidas.
Soy un recluso.
Soy un recluso.
Soy un recluso obtuso y secluso.
Y estoy confuso y patidifuso.
Soy un recluso.
Soy un recluso.

Luego me retiré al váter y allí hice cosas que solo se deberían hacer en un inodoro.

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Email del 10 de julio 2022

Martha Rosler. Cleaning the Drapes (from the series House Beautiful: Bringing the War Home)
1967 – 1972

Me encontraba tan henchido de satisfacción que hasta tuve ganas de limpiar los azulejos del baño. Por supuesto no lo hice. Llevo años sin pasarles una mísera gamuza empapada con algún repelente limpiador de marca blanca. ¿La razón? No soporto que siempre tenga que haber una jodida causa para cada acción y sus subsiguientes reacciones. Podría argumentar que amo a las arañas que se pasean con toda naturalidad entre las muchas plantas que tengo en el baño. O que me gusta la suciedad, sobre todo si destaca, como sucede en cualquier aseo del mundo cuyas paredes sean de ladrillos vidriados. Pero como siempre ocurre, la verdad es mucho más sencilla: ¡tengo 60 años! ¡Y soy un vago redomado! La última vez que limpié los putos azulejos de los cojones cronometré la duración desde el principio hasta el final. ¡Dos horas de mi vida! Claro que eso sucedió cuando todavía era joven y tenía por delante una cantidad desorbitada de vida. Y que conste que no tengo demasiado miedo al paso del tiempo ni padezco de midorexia: sencillamente, no me apetece limpiar. Tampoco ensuciar. Bueno, sí que suelo ensuciar cuando estoy de visita en otro hogar, pero sin que me vean hacerlo. También suelo salpicar, tiznar, pringar y guarrear en los váteres de El Corte Inglés, Ikea, Primark o grandes supermercados como Mercadona, Consum o Carrefour. En el lavabo de una de las tiendas de este último establecimiento comercial compuse una preciosa poesía que dejé plasmada para siempre, o por lo menos hasta que llevasen la puerta a decapar y pintar. Lamentablemente solo recuerdo el primer verso:

He salpicado hasta el techo.

Lo que sí recuerdo es la sensación de poderío que experimenté mientras mojaba las paredes con las seis atmósferas de presión urodinámica proporcionadas por mi vejiga con la ayudita de la uretra. Cuando salí y contemplé desde la puerta mi obra maestra me sentí empequeñecido, decrecido, casi insignificante. Mientras me dirigía hacia las escaleras mecánicas observé que cada paso, cada salto, incluso cada caída era celebrada por mi acompañante inexistente con soniditos agudos resultantes de hacer pasar el aire, imaginario, por supuesto, por la claramente irreal boca.

En realidad no sé por qué lo hice. Tampoco sé por qué me abro tanto y cuento esto. Menos aún cuándo morirá mi casero o cuándo volveré a hacer un trío. Lo único de lo que estoy seguro es que he llegado a un punto en que no soporto más esta descompuesta sociedad. Podría bajar del altillo mi Quimicefa e inventar una especie de aire virulentamente tóxico. De esa manera enviaría a cada uno de los habitantes del planeta a tomar por el culo, pero no, me cansaría mucho. Quiero decir que me cansaría mucho inventando una especie de aire virulentamente tóxico, no enviando a cada uno de los habitantes del planeta a tomar por culo. Aunque estoy completamente seguro de que a una proporción muy apreciable de habitantes del planeta les gustaría ser enviados a tomar por culo. Una y otra vez.

Ahora estoy sentado en la taza del váter (AKA inodoro). Acabo de reparar en un azulejo que parece limpio. Mañana vomitaré sobre él. Pero hasta que llegue mañana sigo viviendo en el hoy. Probablemente el hoy de hoy es infinitamente más tranquilo que el hoy de ayer. Y casi con toda seguridad mi hoy de hoy o mi hoy de cualquier día desde que vine a este mundo es más plácido que el hoy de cualquiera de los habitantes de Burundi.

Algún día me construiré una piscina en Burundi. 

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