Nombre del autor:El despotricador anhedónico

Email del 11 de septiembre 2022

Jean-Michel Basquiat. Now’s the time (1985)

Querida amiga:

El tiempo, esa magnitud física marcadamente omnímoda que estruja nuestros recuerdos, nunca defeca. Tiene suerte. Yo tengo que hacerlo como mínimo una vez al día. Mientras mantengo el interior de mi cuerpo libre de mierda, él, ese grandísimo hijo de puta, el tiempo, se dedica a agrupar y ordenar mis instantes (también los tuyos y los del resto de monos), sin dejar que nada le afecte lo más mínimo. ¡Y hace un trabajo de primera! Jamás se malquista consigo mismo ni prolonga sus jodidos errores hasta llevarlos a una dimensión enteléquica peligrosa como hacemos la práctica totalidad de badulaques erguidos.

Nunca me he definido como un teporingo, aunque soy tan asustadizo como ellos o incluso más. Jugué con el Exin Castillos que me regaló mi abuelo hasta que cumplí los 47. Y si no continué con los capiteles, modillones, rosetones, ménsulas y voladeros fue porque las piezas de plástico terminaron convirtiéndose en partículas (cenizas a las cenizas, polvo al polvo) gracias a esa abacanada e inexplicable magnitud de la que hablaba en el párrafo anterior y que es tan graciosa como un berro. Bueno, supongo que también ayudaron varios factores endógenos y exógenos francamente contumeriosos que no vienen a cuento.

¿Has leído alguna vez algún libro de un tipo llamado Teodoro Osoro Montoro? Fue un magnífico ensayista y domesticador de garrapatas apátridas mexicano, aunque nacionalizado español, que produjo la práctica totalidad de su obra en la década de los años 30 del siglo pasado. Lamentablemente solo he sido capaz de conseguir cuatro de sus siete obras publicadas, pero te puedo asegurar que a pesar del aspecto prostibulario con el que aparece en las fotos de las contraportadas, su técnica literaria es de primera categoría. Él fue el primer escritor que se atrevió a manifestar que en la Sede de la Real Academia Española anidaban ratas del tamaño de un portaviones, aunque luego matizó que quizá confundió a las señoras de la limpieza con roedores. Eso le valió el desprecio de la práctica totalidad de trabajadoras de la limpieza y de algunas ratas sociológicamente avanzadas.

Si quieres puedo dejarte el que considero que es el mejor libro de los cuatro que atesoro, de momento. Se titula Salalalá o la desfachatez de los ácaros menos atractivos y sus registros íntimos de interacción grupuscular, y está escrito a medias con una tal Carmela Varela Tudela. A día de hoy he sido incapaz de averiguar quién era esa dama, y qué narices significa ese salalalá, aunque no me extrañaría que se tratase de una bufonada doble para diversión propia y de sus lectores más extravagantes. Otra cosa que siempre me ha llamado la atención es la dedicatoria…

«Dedico este libro a Javier Busquier Samitier y a su preciosa monga-monga Araceli Canteli Benimeli. Y por supuesto a Adriana Santana Orellana, Alberta Huerta Puerta, Fernando Pando Herrando, Ramón Guillamón Limón, Antonieta Zabaleta Mendieta y a Gregorio Tenorio Osorio López Pérez».

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Email del 31 de agosto 2022

Gregorín Lopezín (1979) Pelota playera Nivea

Se denominó Red Espósita al fraude creado por la mente estragada de David L. Espósito y Operación Sracohuk al desmantelamiento de dicha organización. Conozco el tinglado porque lo seguí, aunque a día de hoy todavía no tengo demasiado claro en qué consistió. Sé que durante el año 1989 ese tipo convenció a 17 (pretendidos) extraterrestres esféricos para que robaran objetos de valor. Gracias a ese modus operandi el excéntrico estafador se apropió de varios millones de pesetas en alhajas. Aunque en un principio se hizo cargo del caso el sargento Tomaso Valdivieso, héroe y adalid de la comisaría de la calle Hermanos Seguí, pronto tuvo que solicitar la ayuda del churrero castañero ambulante y detective amateur García Pérez. Entre los dos, indagaron, rastrearon, inspeccionaron, y al final, completamente desalentados, zascandilearon hasta llegar a un callejón sin salida y el suceso terminó enfriándose sin la inestimable ayuda de la termodinámica. Esto obligó a García Pérez a apartarse del caso en pos de su negocio de churrería y castañería de vanguardia.

Varios meses más tarde se escuchó un grito desgarrador que provenía de la denominada «manzana de los opulentos», una serie de fincas prominentes y yuxtapuestas habitadas por millonarios anonimizados. El alarido salió de la boca de una tal Gumersinda Talavérica, de 74 años, nieta prohijada y heredera de la Marquesa García-Collingwood. Cuando apareció el sargento Tomaso acompañado del cabo Nabo la legataria se encontraba en un estado de nerviosismo extraordinario. Una vez se tranquilizó intentó sentarse, aunque como ya estaba sentada la tentativa no sirvió de mucho; armándose de valor y confianza trató de responder como pudo a las preguntas del suboficial.

—Señora Cadavérica, necesito que haga un esfuerzo y me cuente todo lo que ha pasado.
—Por Dios, sargento, mi apellido es Talavérica…
—Perdone señora, mi segundo, el cabo Nabo, me dijo que… ¡Bueno, no importa! ¡Cuénteme lo que ha sucedido!
—Me encontraba tumbada en mi habitación, bueno, en la cama que hay en mi habitación, cuando escuché unos sonidos muy raros que provenían de una de las habitaciones que antaño utilizaba el servicio, por supuesto, cuando todavía disponíamos de servicio. Me dirigí allí con sigilo y acerqué un ojo al otro ojo, el de la cerradura. No se creerá todo lo que vi y escuché…
—Por favor, señora. ¡Cuéntemelo!
—Había unas criaturas extrañas redondas y verdiazuladas situadas a un lado.
—¿Redondas y verdiazuladas?
—Sí, redondas y verdiazuladas. No eran demasiadas en número, pero emitían un sonido extraño que inmediatamente me puso bastante nerviosa. El que parecía el líder se acercó a otro de ellos dando saltitos…
—¿Cómo? ¿Daban saltitos?
—Sí, pues carecían de extremidades. No tenían brazos ni piernas. Eran redondos como el caramelo de una piruleta, ¿comprende usted?
—Señora Talavérica, ¿se encuentra bien? ¿No lo habrá soñado?
—Señor sargento, soy insomne desde 1956. ¡Todo lo que le cuento es la pura verdad!
—Ejem. Continúe, por favor…
—Como le decía antes de la interrupción, el líder se acercó a otro de ellos dando saltitos de una manera tan torpe que estuve a punto de soltar una risita histérica. Cuando lo que parecía su cabeza se encontraba a menos de 20 centímetros de la del otro bisbiseó algo extraño que hizo que este se cuadrara como un recluta en el CIR. Mientras me preguntaba aterrada por qué esas criaturas grotescas estaban en mi vivienda, su caudillo realizó una especie de voltereta lateral que no le salió del todo bien y mirando al techo gritó «Yo soy Hawizuhuuo y estos son mis Hawizuhuus. Necesito dinero para conquistar todos los mundos. Sin efectivo mi poder es muy limitado». Al escuchar eso sus esbirros vociferaron una especie de galimatías caprichoso. Algo así como»¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Uhuu!» Luego, mirándose en uno de los espejos bramó «Vamos a recorrer esta casa y a hacer prisioneros. Prisioneros que convertiré en Hawizuhuus. Pero no en Hawizuhuus como vosotros, mis Hawizuhuus, que lleváis siendo Hawizuhuus miles de millones de años». Cuando acabó de decir eso yo estaba en un estado lamentable. Me sudaban las manos, los pies, el cogote y otras partes menos externas y superficiales de mi anatomía, sin embargo no podía retirar la vista del ojo de la cerradura. Cuando ya me estaba cansando de la posición los súbditos saltaron como si fueran pelotas playeras de la marca Nivea y volvieron a entonar la jerigonza de antes, ya sabe «¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Uhuu!».
—¿»Sracohuk. Sracohuk. Sracohuk. Ujuuuuk»?
—No. Yo no he dicho eso. Decían claramente «¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Uhuu!»
—Entiendo. ¿Qué sucedió después?
—Pues el fulano, el jefe, se puso un poco raro, bueno, mucho más raro. De repente, dió un brinco casi imposible y se golpeó el cuerpo, que también era la cabeza, con el Cestrum nocturnum.
—¿Qué es eso, señora?
—El galán de noche. Eso lo enfureció por completo y se puso a berrear lo que yo creo eran marranadas o …
—¿Marranadas?
—Sí, o tacos, ya sabe. Después, cuando se tranquilizó volvió a mirar el techo. Yo creo que tenía una fijación con el gotelé del techo…
—Continúe…
—Mientras contemplaba el techo dijo «Yo soy Hawizuhuuo y estos son mis Hawizuhuus. Ninguno de mis Hawizuhuus necesita pronunciar palabras con sentido. Les es suficiente con nuestra invocación ancestral». Luego ellos volvieron a las andadas con el «Sracohuk, Sracohuk, Sracohuk, Ujuuuuk» de las narices…
—Vamos a ver… creía que usted había declarado antes que decían «¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Uhuu!»
—Sí, ya lo sabe.
—Acaba de decir que dijeron «Sracohuk. Sracohuk. Sracohuk. Ujuuuuk», no «¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Uhuu!»
—Me habré equivocado, sargento. ¿Usted nunca se equivoca? Le aseguro que dijeron «¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Uhuu!». El que dijo «Sracohuk. Sracohuk. Sracohuk. Ujuuuuk» fue usted hace apenas unos minutos…
—Está bien. No importa. Dejémoslo así. Por favor, continúe…
—¿Por dónde me había quedado?
—Pues si quiere que le sea sincero estoy completamente perdido…
—¡Ah, sí! Hawizuhuuo, el caudillo, se detuvo en seco, se puso a rodar como si fuese una peonza beoda y remató las oraciones ancestrales o lo que fuesen con un «¡Srack! ¡Srack-o-uh! ¡O-uhuh! ¡Hawizu! ¡Uhuu! ¡Hawizuhuuo! Por supuesto ellos le contestaron con lo mismo, o sea «¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Uhuu!».
—¡Por favor! Perdone que haya gritado pero estoy poniéndome un poquito nervioso. ¿Pasó algo importante que no fuesen las oraciones ancestrales y los berridos inteligibles?
—¡Sí!
—¿Qué sucedió?
—Debido a la posición agachada que mantenía me entró una rampa en el gemelo de la pierna derecha y me puse a gritar como una posesa. En la habitación sucedía algo porque escuchaba ruidos y golpes. Durante unos minutos el jaleo prosiguió hasta que de repente cesó de la misma manera que había comenzado. Ojeé por el ojo de la cerradura y no vi absolutamente nada. La abrí y entré arrastrándome. Todos los cajones de mi cómoda estaban revueltos. La caja fuerte que estaba, ahora la verá, detrás de un cuadro del artista flamenco del siglo XVII, Joachim van der Contreras se encontraba completamente vacía y el suelo era un horror con mi ropa y mi colección de negligés diáfanas tirada por el suelo como si fueran vulgares batas de guatiné.
—¿Y usted qué hizo cuando vio el desaguisado?
—Desmayarme. Creo que estuve unas cuatro horas y media sin conocimiento. Cuando recobré la consciencia les llamé a ustedes…
—¡Vayamos a ver la habitación!

Y examinaron la habitación desde todas perspectivas posibles. Valdivieso y Nabo incluso tuvieron que tenderse sobre la superficie y ojear debajo de los muebles para analizar cualquier elemento que resultase sospechoso. Mientras comprobaban, comparaban y debatían llegaron refuerzos de la Casa cuartel y entre todos probaron indubitadamente que allí «olía raro». Luego dejaron a la afligida Gumersinda Talavérica limpiando el desaguisado y se fueron al bar, donde se entregaron a la ingestión de toda clase de bebidas alcohólicas con un índice de graduación etílica igual o superior a 59%, acompañadas de ensaladilla rusa y tostas de jamón serrano, queso brie y mermelada de tomate. Comenzaba a anochecer cuando terminaron la «reunión». Tras despedirse efusivamente cada uno regresó como pudo a su dulce dulce hogar.

Cuando Tomaso Valdivieso se despertó tenía una pítima de mil demonios y la pierna izquierda sobre la cara de su señora, Marciala. Se levantó como pudo y se arrastró hasta el aseo donde vomitó acompasadamente y en clave de Fa. Luego pegó un alarido que hubiera hecho palidecer de envidia a Pepe Pótamo y se sentó en la mesa de la cocina, donde su hija y esclava, Adolfina, le sirvió dos tostadas poco tostadas cubiertas de margarina derretida y un café aguachinado junto a un croissant amojamado. O quizá fue al revés. La verdad es que no importa demasiado porque los dos últimos párrafos no los he sacado de ningún periodicucho de la época. Sencillamente, ¡me los he inventado! Y podría idear perfectamente todo lo que sucedió durante los siguientes 34 meses hasta que, al fin, fueron detenidos David L. Espósito y Gumersinda Talavérica por intento de estafa y robo con invención retrógrada con ánimo de lucro. ¡O algo parecido! Sin embargo no pisaron la cárcel, pues solo recibieron una leve sentencia en forma de sanción administrativa. Cuando Gumersinda salió de los juzgados un pequeño número de reporteros la esperaban. Antes de escuchar ninguna pregunta ella puso cara de ciazo y respondió haciendo una estupenda imitación de un dictador fascista que a todos nos suena. Y mal, por cierto.

—¡Soy inocente! ¡Todo ha sido una conspiración del contubernio judeo-masónico-comunista-internacional!
—¿Señora Hawizuhuuo, piensa recurrir?
—¡Ja! ¿recurrir? ¿Para qué? ¡Srack-o-uh!


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Email del 21 de agosto 2022

Antonio Sicurezza. The confessional (1964)

Tengo 60 años. A menudo me pregunto cuál es el acto más extravagante y extraño que he cometido en todo este tiempo. La respuesta siempre es la misma. Todo sucedió hace algunas décadas. Un día en que me encontraba más aburrido que de costumbre me metí en una iglesia y luego en un confesionario y me hice pasar por sacerdote. La primera persona que vino a confesarse era una mujer de mediana edad que me reveló alguno de sus últimos pecados. Tras ella se arrodillaron otros pecadores de ambos sexos y vomitaron toda su mierda. A todos les proporcioné unas penitencias adecuadas y terminé absolviéndolos. Me disponía a salir del confesionario cuando se arrodilló un tipo raro con una voz más rara todavía.

TIPO RARO: Ave María Purísima.
YO (UN TIPO MENOS RARO): Ejem, …sin pecado concebida.
TIPO RARO: En el nombre del Padre y del Hijo… y también del Espíritu Santo.
YO: El Señor esté en tu, ejem, corazón. Confiesa tu mier… tus pecados, hijo mío…
TIPO RARO: Verá, padre… Yo… El martes, no, no, el miércoles, me encontraba intentando calibrar un presostato cuando sentí la necesidad compulsiva de interrumpir la calibración.
YO: Continúa, hijo mío…
TIPO RARO: Una vez suspendida me sentí un jodido pusilánime y reanudé mi trabajito con el interruptor de presión. Sin embargo de nuevo apareció ante mí esa maldita obligación coercitiva y volví a detener la ocupación. Estuve así, reanudando y paralizando, hasta que llegó un punto en el que me importaba una mierda disfórica…
YO: ¡Esa boquita!
TIPO RARO: Perdón, padre. Como le decía, llegó un punto en el que me importaba poco o nada el presostato y decidí que lo mejor para calmar mis nervios sería rebanar el cuello de alguien…
YO: ¿Cómo dices?
TIPO RARO: ¡Como lo oye, padre, así que me dirigí al parque y le metí 76 puñaladas a un sintecho. Lo hubiera acuchillado muchas más veces pero sentí la misma necesidad de interrumpir el ensañamiento. ¿Me escucha, padre?
YO: Cre… creo que sí…
TIPO RARO: Luego me dirigí a una fuente pública y me lavé las manos, pero no quedaron limpitas del todo por la puta necesidad de interrupción de los cojones. Sí, ¡de los cojones! Intentando que nadie reparara en las manchas rojizas que se repartían por mi ropa me encaminé a un puticlub en el que sabía que había putas que estaban de oferta ese día, pero por supuesto no llegué. Luego me tumbé boca abajo en un banco cerca de una acera. Me hubiera gustado tumbarme boca arriba pero sabía que si lo hacía se interrumpirían mis movimientos y me quedaría de lado.

YO: Creo que me tengo que ir, hijo… He de comprar macarrones y…
TIPO RARO: La realidad… la maldita realidad me recuerda continuamente quién soy… ¡y quién no soy! Mi vida está tan vacía como las de cualquiera de ustedes, curas, monjas y religiosos del montón. Por eso he venido a que me escuche. ¡Y me va a escuchar! Ya he matado varias veces, poco me importa clavarle el destornillador que llevo en el bolsillo en un ojo.
YO: Tran… de… debes tranquilizarte, hijo… ¿mío? ¡Y yo… yo también! ¿Por qué no vas a tu casa y rezas 25 padrenuestros y 15 avemarías… Bueno, po, podemos dejarlo en dos y dos… ¿te parece?
TIPO RARO: Mi padre pegaba a mi madre. Mi madre me pegaba a mí. Yo pegaba a nuestro perro, Siro. Mi padre también nos pegaba a mí y a mi perro, Siro. Mi perro Siro le mordió una vez en la rodilla a mi madre. Mi madre me culpó a mí. Yo le pegué un buen palizón a Siro. Siro se meó en los calzoncillos de mi padre recién comprados. Los calzoncillos amarillearon. Mi padre se volvió loco y a partir de entonces se hizo ladrón, pero solo robaba calzoncillos…
YO: Verás, hijo…
TIPO RARO: Cuando cumplí los 18 me largué de esa casa y empecé a trabajar en Galerías Preciados. En la sección de ropa interior masculina. Todos los días pasaban por mis manos cientos de calzoncillos y mis recuerdos familiares se hicieron insoportables. Un día en que ya no pude aguantar más estrangulé a unas bermudas azules con tan mala suerte que me vieron dos compañeros y el encargado. Me despidieron. A partir de entonces mi vida ha ido cuesta abajo. ¿Sabe, padre? hay una parte de mí superior, infinita, tenebrosa y desconocida…

Mientras el tipo continuaba con su perorata gimoteante yo me escabullí como pude y tratando de no ser visto y salí del Templo de Dios. Me apoyé sobre la verja que rodeaba la parroquia y traté de encenderme un cigarro, pero mis manos bailaban como una cacatúa. De repente levanté la mirada y vi salir a ese… a ese repugnante asesino. Cuando logré tranquilizarme un poco, y a pesar de que siempre me había considerado un ateo redomado, decidí volver a entrar y confesarme. Confesar que hacía un ratito había confesado a un psicópata.

YO: Ave María Purísima. Sin pecado concebida.
PÁRROCO: Perdona, pero la segunda parte la he de decir yo.
YO: Perdone drape, di digo padre. Estoy muy nervioso.
PÁRROCO: Comencemos otra vez.
YO: Ave María Purísima.
PÁRROCO: Sin pecado concebida. Cuéntame tus pecados…
YO: Padrehaceunratoheconfesadoaunasesinoselojuropordios
PÁRROCO: Por favor, Despacio. Tranquilízate. Confesarte no te va a doler nada, te lo aseguro.
YO: Hace un rato entré y me metí y se arrodilló él y tenía un destornillador y…
PÁRROCO: O te calmas o te largas. Así de clarito.
YO: Pedra, papa… padre, hace un rato me colé y me metí en ese confesionario de allí, el tercero por la izquierda. Me hice pasar por sacerdote y confesé a varios, ejem, feligreses…
PÁRROCO: ¿Pero qué cojones…? Perdón. Perdón. ¿Pero qué me estás contando?
YO: Se lo juro, padre…
PÁRROCO: ¡Aquí no jura nadie! Continúa…
YO: Pues eso, confesé a varias mujeres y les impuse las penitencias…
PÁRROCO: ¿Les impusiste las penitencias? ¡Nunca había escuchado nada parecido! ¿Qué penitencias?
YO: Bueno a una 30 padrenuestros. A otra 15 padrenuestros y 30 avemarías. A otra…
PÁRROCO: ¡Basta! ¡Basta!
YO: Pero las penitencias no son lo que me quita el sueño…
PÁRROCO: Vaya, así que imponer penitencias te reconforta…
YO: Padre, ¡escúcheme! Luego, cuando me iba a marchar vino un tipo extraño que confesó que acababa de matar a alguien y que era una pena de tío porque no podía acabar lo que empezaba…. y yo me volví loco. ¡Me volví loco, Padre!
PÁRROCO: A ver si lo adivino. Te dijo que estaba arreglando un cacharro o algo parecido y no podía acabar por culpa de sus cambios impulsivos, ¿no? Luego añadió que siempre que acababa matando a alguien era porque era la única manera de tranquilizarse. ¿Es así? Y más tarde expresó su deseo de irse a un club de alterne para…
YO: Dios mío. Creo que estoy volviéndome loco… ¡Usted! ¡Usted Padre es también un asesino! ¡Todos son unos asesinos!
PÁRROCO: Deja de decir animaladas. Y compórtate. ¡Estamos en un templo cristiano, no en un mercadillo de baratillo! A ver, ese hombre era alto, calvo y llevaba barba blanquecina y rala, ¿no es así?
YO: ¿Co, co, co, cómo lo sasabe, sa, sabe?
PÁRROCO: Ese pobre hombre se llama Bartolomé y… bueno… no está bien. Hace muchos años que no está bien. En su juventud fue actor. Y dicen que de los mejores. Sin embargo su vida cambió. Alguien, nunca se supo quién, le intentó estrangular con su propia ropa interior. ¡Como lo oyes! Y casi lo consigue. Desde entonces ha estado entrando y saliendo de pabellones psiquiátricos. A menudo viene por aquí y se confiesa. Siempre la misma confesión. Nosotros le dejamos y lo absolvemos. Al fin y al cabo cuesta tan poco absolver en esta vida.
YO: Me…
PÁRROCO: ¿Me?
YO: ¿Me está diciendo que todo ha sido una especie de montaje psicótico?
PÁRROCO: No. Le estoy diciendo que ese pobre hombre necesita ser escuchado. Y que aquí lo escuchamos. ¡Siempre!
YO: Me…
PÁRROCO: ¿Me?
YO: Me largo de aquí. Están todos locos. ¡Nunca debí venir a confesar a nadie!

Sigo teniendo 60 años. Bueno ahora tengo sesenta años y un par de horas más. Y continúo siendo un maniático del orden, cinomaniático, feo y poco locuaz, que padece del colon sigmoide. Me gusta vestir descuidadamente aunque siempre me gasto un pastón en sombreros que nunca me pongo. ¿Eso me hace más vulnerable? ¿Eso me hace más vulnerable? Por favor, que alguien me explique si eso me hace más vulnerable…

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Email del 16 de agosto 2022

Pablo Picasso. Bull (plate II) (1945)

Querida amiga:

Hace unos días descubrí un relato titulado De vacas y bueyes escrito en 1870, donde el autor, un tal Brígido Bramido Ululato, explicaba cómo se originó su boantropía. Sin embargo, antes de hallarlo escondido en el doble fondo del tercer cajón de una cómoda fabricada a principios del siglo XIX, fui mordido repetidamente por una araña mugrienta, repugnante y con un tamaño considerable que vivía, o por lo menos se escondía allí. Mi primer impulso fue quitarme una de las camperas, seguramente la izquierda, y aplastarla cruelmente. Y lo hubiera hecho si no hubiese escuchado un mugido que salía de alguna parte del mueble. Por esa razón descubrí las nueve hojas que conforman la narración. Esta se divide en cuatro capítulos, es decir dos páginas por capítulo excepto el último que tiene tres. El primero se titula La titilación de la tílica ternera Facundina, el segundo, Avante al ovante boyazo Tiburcio, seguidos por La capitulación de Casilda, la ponentisca becerra levantisca y ¡Yo soy el gran Brígido Bramido Ululato! Pero creo que será mejor que te transcriba un párrafo de cada capítulo para que te hagas una pequeña idea de mi extraordinario hallazgo:

«Facundina rechazó mugir. En su lugar optó por topar atrabiliariamente al pirquinero vaquero. Desafortunadamente, el intento de acornación solo sirvió para que Almudino, el toro casi bravo, se refocilara hasta la repleción. Mientras el estanciero se ponía a salvo detrás de un fárrago compuesto por tocones, revestimientos, maderos, palotes y arpeos, Facundina se repantingó como si fuese una dama disecada y depositó reverencialmente tres boñigos bastante vistosos».

«Junto a Condorcito se encontraba Tiburcio, un astado metafísico y ético-espiritual realmente positivista y antijerárquico. Su infinita madurez existencial se manifestaba cada vez que debía tomar una decisión. Suyas fueron todas y cada una de las determinaciones que impulsaron a la manada a convertirse en la favorita del pecuario. Eso implicaba que los mejores pastos y el mejor forraje siempre sería para ellos». Sucediese lo que sucediese».

«Levantisca componía todas las tardes mientras retozaba solitaria por la vereda. Su última canción se le resistía. Mientras se estrujaba la sesera y parte de la cornamenta intentando encontrar un sinónimo de «Muuuuu» reparó en un tábano regordete y chinchorrero que intentaba con poco éxito aguijonear a Frunicola, la hermana de Servilicia, también llamada «la vaquita vanidosa», hija de Frunchón y Javalidosa y nieta de Apologisto y Tacianila. A Levantisca Frunícola no le caía bien, pues en el pasado había intentado aparearse con Molindro, el prometido de su mejor amiga, Mudoglia».

«¡Yo soy el gran Brígido Bramido Ululato! ¡Yo soy el gran Brígido Bramido Ululato! Y cada vez que me lamo, me lamo. Y me lamo y me lamo. Porque ¡yo soy el gran Brígido Bramido Ululato! Y a menudo me cuadro cuando me cuadro. Y me cuadro y me cuadro. Porque ¡yo soy el gran Brígido Bramido Ululato! Y aunque todos crean que a menudo me encampano, no me encampano. No me encampano y no me encampano. Y sí, soy querencioso y siempre derramo. Porque ¡yo soy el gran Brígido Bramido Ululato! Y derramo y derramo».

Supongo que te habrás quedado con ganas de leer todo el manuscrito. ¡No te puedo culpar por ello! La próxima vez que vengas a visitarme te dejaré que te empapes y te empapes. ¡Porque está escrito por el gran Brígido Bramido Ululato! Luego, una vez te hayas empapado, podemos volver sobre nuestros pies y volver a repetir el proceso.

Greg de Beni

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Email del 9 de agosto 2022

Rene Magritte. Blue cinema (1925)

Sería preciso buscar las causas de las fantasías triolistas de Bardomiano. Pero antes sería más justo postergar las ideas preconcebidas acerca de las compulsiones incontrolables. Todos tuvimos claro desde el principio que Bardomiano no era un ser arrogante e insensible, y mucho menos un psicópata funcional. Y que tras su aspecto perdulario se escondía un tipo con bastante ingenio y una agudeza más allá de toda duda razonable. ¿Qué importaba que le gustara ver a su mujer follando con otros? A mi me gusta ver a mi esposa follando con nadie. Ni siquiera conmigo. Pero bueno, ¡eso es otra historia! El verdadero problema radicaba en su afán exhibicionista, pues no solo se conformaba con permitirle yacer con otros, sino que disfrutaba filmándose en película de 16 mm mientras gozaba contemplándola desnuda retozando arriba, abajo, y en ocasiones al lado, de sus amantes, por otro lado, escogidos con cierto mimo. Para que todo el tinglado funcionase necesitaba poner la cámara en un rincón de la habitación y dejarla rodando con un objetivo gran angular mientras él se acercaba a la cama y se sentaba a los pies a disfrutar del evento. Cuando este terminaba corría hacia la cámara y liberaba el automático. El resto era simplemente edición, edición y edición. De vez en cuando invitaba a sus amigos, entre ellos, a mí, y nos proyectaba todos sus films de, ejem, arte y ensayo. Sin embargo nos obligaba a taparnos los ojos con unos pañuelos oscuros para que no pudiésemos ver el sudor y la carne mientras él nos narraba lo que sucedía: «Ahora está haciéndole una mamada. ¡Qué gran mamada! Ojalá pudieseis verlo». Por supuesto su mujer nunca asistía a estos maratones cinematográficos y prefería pasar esas horas en algún hotelucho de mala muerte viendo follar a algunos de sus amantes con otras mujeres, la mayor parte de ellas pagadas a tocateja.

Varios años más tarde unos ladrones entraron a su casa y se llevaron la cámara, todas sus películas, la moviola, el resto de trebejos cinematográficos y una vasija de cuerpo esferoide. A partir de ese día Bardomiano cambió. Empezó a dejar de vestirse en Primark para encargar sus trajes a un imitador económico de William Fioravanti. Se divorció de su esposa y musa sicalíptica-concupiscente y se hizo revendedor de orbitoclastos vintage.

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Email del 6 de agosto 2022

Henri Fuseli. The nightmare (1781)

Segunda trilogía de la puta mierda. Parte I

¡A menudo interpretaba el papel de nefelibata escolimoso! En realidad no era ni lo uno ni lo otro, pero en aquella época disfrutaba de lo lindo actuando. Algunos de mis amigos me llamaban El Gran HR (histrión rezonglón), pues además de resultar afectado refunfuñaba por cualquier cosa, en cualquier momento, a la hora que fuese. Un día, mientras trataba de convencer a Baruch Spinoza, por supuesto, en sueños, de que su Dios, simplemente por ser nominado con ese apelativo divino, no era más que una especie de bodoque carcundo con cuerpo escolopéndrico cuyo hedor cadavérico podía ser percibido a kilómetros de distancia, sentí un pinchazo en el ano. Me desperté un poco asustado, pero no le di importancia. Cuando trataba de volver a ajustarme entre las sábanas sentí otro aguijonazo. Esta vez me puse en pie de un salto y me metí la mano en el culo. Cuando la saqué llevaba algo pegado en un dedo. «¿Qué cojones es esto?» La respuesta vino del propio «esto»…
ESTO: ¡Imbécil! Yo no soy Esto. Soy un gamborimbo. Aunque como no tengo nombre te permitiré que te dirijas a mí de esa manera.
YO: Pero… ¿Quién cojones…?
ESTO: ¡Mira al pedacito de papel que has sacado de tu culo!
YO: ¿Co…? ¿Cómo…?
ESTO: Sí, soy yo el que te habla. Un gamborimbo. Tu gamborimbo de hoy.
YO: Debo estar soñando… todavía debo de estar…
ESTO: No, ya no sueñas. Baruch se desvaneció hace un rato. Pero… ¡mírame cuando te hablo!
YO: Eres… eres un papelito…
ESTO: ¡Exacto! Soy un papelito. Soy un pequeño trozo de papel higiénico.
YO: El pa… El papel higiénico no habla…
ESTO: Pues yo sí que hablo. Y además, mucho. ¿No me oyes?
YO: Creo que me estoy volviendo loco.
ESTO: ¡Soy un gamborimbo! ¡Un gamborimbo! ¡La próxima vez que defeques lávate el culo en el bidé!
YO: No tengo bidé…
ESTO: Pues usa una palangana como si lo fuera. Nunca, y repito, nunca, uses papel higiénico.
YO: ¿Entonces los pinchazos fueron cosa tuya?
ESTO: ¡Claro! Esta vez te dejaste casi medio rollo de papel de primera calidad de dos capas ahí dentro. Deberías ser un poco más limpio con tu recto.
YO: Esto no me puede estar pasando. Si le cuento a alguien que mantengo conversaciones con un borigambo terminaré encerrado…
ESTO: ¡Gamborimbo! ¡Gamborimbo! ¡Gamborimbo! Repite conmigo: gam-bo-rim-bo, G-A-M-B-O-R-I-M-B-O.
YO: Gam-bo-rim-bo, G-A-M-B-O-R-I… ¡Dios santo!, un gamborimbo me esta enseñando a deletrear…

Por supuesto mi encuentro con el gamborimbo sucedió hace varios lustros. Desde entonces nunca se ha dirigido a mí ningún otro objeto inanimado. Las pocas personas de confianza a las que les conté el suceso dejaron de ser personas de confianza y se arrastraron fuera de mi vida. Quizá esa sea la razón por la cual no soporto a los zurumbáticos, aunque de alguna extraña manera yo sea uno de ellos. ¡Me gustaría tanto saber por qué mi pneuma inmanente y cuasidivino, gnoseológicamente hablando, se está transformando poco a poco en una estridulación discordante!

Pero para comprender la situación en la que siempre he estado, de una u otra manera, «engrudado», se deberían tener en cuenta cada uno de los aspectos específicos inherentes a la naturaleza humana. Claro que por otra parte, conozco varias decenas de tipos y tipas que con toda probabilidad me excluirían de la esencia o condición de individuo mortal. De la misma manera conozco a bastantes artiodáctilos de ambos sexos que arriesgarían sus ubérrimas posterioridades para que me excluyesen de su gen porcina. Sea como fuere, he de admitir que mi irrefrenable necesidad de apreciar, y en consecuencia, ser apreciado, terminó un 14 de enero de hace más de seis decenios. Podría haberme ahorrado todo este pretencioso e impertinente texto, pero entonces, todos y cada uno de los beneficios placenteros que me ha proporcionado despotricar e igualar al ser humano con un jodido y mierdoso gamborimbo se hubieran quedado en un limbo concreto, pragmático y verosímil al cual todavía no me he atrevido a bautizar.

Email del 6 de agosto 2022 Leer más »

Email del 29 de julio 2022

Winslow Homer. Below Zero (XIX-XX cent.)

Hoy he recibido carta de mi hermana…

Querido Greg:

Las discusiones en torno a la conformación del rostro de Sindulfo Dulsinfo no variaban en absoluto pese al tiempo que le estábamos dedicando. Yo me mantenía en mis trece: la cara de Sindulfo era como una trama ilógica dentro de un contexto relativizado conceptualmente. Sin embargo, para mi compañero sentimental, el rostro de Sindulfo le recordaba a un mamparo de popa. A pesar de nuestras divergencias, tanto intelectuales como emocionales, y a pesar del dolor que a mi pareja le producía su recién implantada férula cerebral, decidimos llegar a un acuerdo: Sindulfo Dulsinfo era feo. Tan feo que era imposible calificarlo del cero al cinco. De modo que nos inventamos un número que estaba por debajo del numeral de valor nulo. ¡El «rujo»! Al principio nos pareció un número maravilloso, pero pronto llegamos a la conclusión que podía ser fácilmente confundido con rojo y lo cambiamos por «zros». Zros, cero, uno, dos, tres, cuatro y cinco. Estaba claro, Sindulfo era un tipo que encajaba perfectamente con el zros. No obstante nos pareció que si lo pronunciaba alguien con disartria la cosa se saldría de madre y las carcajadas nos aguarían la fiesta. Si es que alguna vez nuestro inventito fonético daba una fiesta. «¿Y por qué no «groar» en lugar de «zros»? Vale, sí lo sé, parece que me esté atragantando». «¡Ya lo tengo, «frusan»! Queda bien… frusan, cero, uno, dos, tres, cuatro y cinco. La faz de Sindulfo Dulsinfo es de frusan patatero» «¡No, me parece que no. Creo que debemos esforzarnos más».

Los planteamientos casi siempre son relativos. Poco importa que estos sean producto de un arrebato, un sinsentido o propulsados por la soledad. ¡A veces nos sentimos tan solos! Consideremos la soledad, pero no teorizemos demasiado sobre ella. Acerquémonos a su cuerpo y tratemos de acariciarlo con cuidado de no rozar sus quelíceros. ¿Qué es lo que vemos? ¿Qué es lo que sentimos? ¿Vacío, aflicción, desasosiego? ¿O quizá, como es mi caso, júbilo, placer y alborozo? ¿Por qué? Me refiero a por qué experimentamos sentimientos? Sería más fácil tantear otras opciones. ¡Pero sin permitirse demasiadas soluciones! Dios, me gustan tanto los vocablos terminados en «ones», como descristianizaciones, omisiones, rotaciones, premociones, o la mas perfecta e inútil de todas, malformaciones.

«Estoy pensando que deberíamos dejar los inventos de términos. Sería más sencillo otorgar valores negativos al cero». «¡Pero eso ya existe!» «Sindulfo pertenece a la categoría -0» «¡Menos cero es igual a cero! ¡No, es bajo cero! Mientras divagábamos como si fuéramos dos autores retirados, llamaron a la puerta. «¡Coño, creo que es Sindulfo!» «Déjate de creencias y abre la puerta». «No es Sindulfo Dulsinfo. Menos mal. Es el jodido cartero». «¿El de siempre?» «Sí, el de siempre. Le pongo un 2. Quizá un 2.5». «No estoy de acuerdo, se merece un 1.8». «Quizá tengas razón. Vale, lo bajo a 1.7». «1.7 es una nota infinitamente superior al -0 otorgado a Sindulfo». En un momento dado los rayos de luz que entraban por las rendijas de las persianas se transformaron en tiritas de esparadrapo. Como no encontraron dedos tajeados o cortes en ninguna parte de nuestros marchitos aunque bien vestidos cuerpos decidieron salir por donde habían entrado.

Las evidencias son inequívocas. Tal vez mis observaciones puedan resultar inválidas, pero yo estaba allí. En realidad siempre he estado allí, excepto ahora que estoy aquí. La distancia que separa cada uno de mis aquí y mis allí es intencionada. No necesito ni sus aquí ni sus allí, ni siquiera sus ahora o sus nunca o siempre. Todavía creo que mandarle al carajo fue lo mejor que he hecho en la vida. Aunque estoy segura de que jamás llegará a ese lugar por mucho que lo intente. Con él me siento mas yo: desde que amo a Sindulfo creo en la lógica. Claro que la noción de causa o de condición se ha trastocado. Ahora considero las diferencias y hasta soy capaz de ponerles nombres. Acepto los argumentos tal y como son, sin necesidad de disfrazarlos con interrogaciones, puntuaciones, o partirlos en porciones, para encontrar falsas soluciones. ¡Dios, me gustan tanto los vocablos terminados en «ones»!

Tú ya me entiendes…

Cariños,

Gaga

Email del 29 de julio 2022 Leer más »

Email del 26 de julio 2022

Goya. Escena de Guerra (1808)

La antipatía de Pérez comenzó cuando López escribió un artículo en el periódico comarcal manifestando que Pérez no era más que un simple y «fascistizado» psicópata sub-sub (subclínico y submongoloide) tan chato como un escorpeniforme actinopterigio. De poco valieron las quejas de Pérez o de García, la mujer de este. En un momento dado, cuando la animadversión de ambos todavía no había llegado al vértice, Pérez comentó a un amigo mutuo que López le recordaba a un salchichón embuchado. Por supuesto la comparación llegó a oídos de López mientras este practicaba vudú sobre un muñequito con aspecto de Pérez, aunque un poco más reseco, que le mantuvo ocupado durante 15 minutos, tiempo suficiente para que García azuzase a Pérez con la intención de preparar una buena ofensa que desbaratase por completo el vigor lingüístico de su enemigo más íntimo.

La controversia crítica llegó a un punto en que, tanto los amigos, conocidos, intermediarios y alcahuetes de los dos contendientes discutieron acaloradamente si existió o no causación retroactiva. Al no alcanzar un consenso lógico y, por encima de todo, moral, decidieron no sin cierta desconfianza, dejar que los acontecimientos prosiguieran su degradado recorrido.

Y eso es lo que sucedió durante los siguientes 47 años. Hasta que el enfrentamiento verbal, manuscrito, publicado y ampliamente documentado llegó a las manos. O mejor debería haber dicho «a los tacatás». El incidente comenzó cuando López se encontró de casualidad con Pérez en la entrada de un supercomercio urbano de proximidad. Los dos, ayudados por sus andadores de aluminio con asiento incorporado, se miraron fijamente durante unos segundos hasta que estalló la conflagración final. López le preguntó con sorna extrema qué dónde cojones estaba García, su portera, su perrita faldera, su dueña y señora, jerarca, matriarca, diosa y amanuense, a lo que Pérez respondió con sus 206 huesos y los tres o cuatro dientes que le quedaban. La colisión fue pavorosa. Todos los pájaros del lugar volaron espantados en todas direcciones. Un gato que dormía plácidamente en un alcorque sufrió una parada cardiorespiratoria provocada por la fortísima impresión repentina y el bedel de la finca colindante estuvo a punto de hacerse sus necesidades fisiológicas encima. El resto es historia. Y como todas las historias será recordada para siempre por nuestros descendientes (y los de Juan Roig Alfonso). Y mientras el futuro se escribe con tinta barata fabricada en China o Taiwan, algunos de nuestros ascendientes se revuelven y se revolverán eternamente dentro de sus tumbas…

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Email del 20 de julio 2022

Marc Quinn. Shit painting 1997

Trilogía de la puta mierda. Parte III

A veces, cuando vagabundeo por la calle suelo pensar en ella. En la mierda. Y en la belleza de su desnudez, de la desnudez de la mierda. Y en la manera en que ese desvestimiento emocional me vuelve vulnerable. Porque la mierda se aferra a mi mente como un Shih Tzu al cuello de un gato desprotegido. Sin embargo la vulnerabilidad se transforma en culpabilidad cuando entran en juego las emociones humanas; entonces el dolor se multiplica y cada uno de mis pasos sobre el asfalto agrietado me recuerda que sentirse responsable es como meter las manos en las mandíbulas de una trituradora. Una imbecilidad suprema. Todavía recuerdo la última vez que me sentí supremamente imbécil: sucedió el día que cumplí 18 años y mi padre me regaló una película pornográfica en VHS. No recuerdo cómo se titulaba pero creo que la protagonista era Marilyn Chambers. En realidad no es algo que me quite el sueño. Me refiero al hecho de que no recuerde el título. Lo que sí recuerdo es que representé una mierda en mi cerebro. Y para dotarla de más esencia, imaginé un mando a distancia. El mando a distancia de la mierda. Enlazado con un cable a los mandos de la mierda. ¡Eran los años ochenta!  

La mierda me pertenece. Cada día intento ensamblarla, encajarla dentro de esa magnitud denominada tiempo. Si estoy contento incluso la articulo y desarticulo. La desgloso, la desasgo, la disgrego, la malmeto. Si tengo tiempo la incrusto en un paisaje indefinido o la lastro con insultos inventados y carentes de significado. Es mi mierda. Cada uno de nosotros tenemos una o más. Conozco a gente que incluso las ha bautizado. ¿Mierda Lola? ¿Mierda Tiburcia? ¿Mierda María? ¿Mierda puta ojiplática? ¿Mierda Maneki-neko? ¿Mierda elastósica arrugada por los rayos UVA? ¿Mierda conspicua? ¿Mierda deicida? ¿Mierda ínclita? ¿Mierda larvada, pirquinera e írrita? ¿Mierda licnóbica? ¿Mierda tautológica, paradójica, telúrica y proficua? ¿Mierda superferolítica? ¿Mierda con ojos Sampaku? ¿Mierda hipnagógica? ¿Mierda pin-pon-pin-pon-pironironi? ¿Mierda uterina, patológica, testada dermatológicamente? ¿Mierda Hic et nunc? ¿Mierda midoréxica? ¿Mierda sumida en un estado de inseguridad absoluta?

Creo que debo parar… ¡ahora!  

Email del 20 de julio 2022 Leer más »

Email del 17 de julio 2022

Ryan Germick and Susie Sahim. Pile of Poo emoji 1999

Trilogía de la puta mierda. Parte II

Ayer pensé en la composición de los pedos. Al principio me pareció increíble que esa nada casi incolora, pero de ninguna manera inodora, estuviese compuesta por nitrógeno, amoniaco, hidrógeno, gas metano y dióxido de carbono. Por supuesto sin olvidar pequeñísimas partículas de heces en suspensión. Cuando me cansé de divagar sobre ese tema recorrí mi habitación con la vista tratando de fijar mis ojos en algo que me sirviera para continuar con lo que siempre he llamado mis «horas muertas dedicadas a comprender por activa, pasiva y por perifrástica lo que muy pocos pueden llegar a concebir, y sobre todo, a asimilar». Sobre una especie de amasijo de libros y papeles manchados con caracteres, signos y grafemas descansaba, supongo que plácidamente, un trebejo extraño que me había regalado unos días antes un indigente al que había recompensado con unos céntimos para sentirme un ser superior. El cachivache se asemejaba a una escultura que hubiese sido diseñada y trabajada con la lengua por un ofidio que padeciese, en silencio o no, de anquiloglosia, glositis y lengua saburral al mismo tiempo. Cuando la agarré con la mano sentí un amago de pinchazo en el hígado, pues la imagen era realmente antiestética y repelente. Aún así me puse a pensar en ella. Mientras más trataba de llegar a alguna conclusión más difícil me parecía llegar a alguna conclusión. De repente sentí inconclusión. Dos o tres segundos después sentí oclusión intelectual y espiritual, seguida de  una sensación persistente que me recordó a lo que siente un individuo sin extremidades al que acaban de contar un chascarrillo penoso o lamentable. 

Sí, decidí arrojar la estatuilla, por llamarla de alguna manera, por la ventana. Me extrañó bastante no escuchar un quejido lastimero o un «hijo de la gran puta, te voy a matar». Pero no me asomé. Ya lo había hecho bastante en el texto anterior, del día 15 de este mismo mes, y me pareció que resultaría exagerado, sobre todo para mi único y asqueado lector. De manera que me dispuse a alzaprimar. Y alzaprimé y alzaprimé, hasta que escuché las risotadas emitidas por los pequeños insectos caseros, sobre todo gorgojos, polillas y lepismas (AKA pececillos de plata). Mi primer impulso fue tratar de poner todo patas arriba y pisotear cada bicho carcajeante que se dejara ver, pero de repente, un ejército de psiquiatras, psicólogos clínicos, psicoterapeutas y  «psinosecuantos» me agarraron con fuerza y me pusieron un bozal y un dogal. Me encantan los vocablos terminados en «al» ¡Al Hitler! (¿O era Hail?). 

Email del 17 de julio 2022 Leer más »