Nombre del autor:El despotricador anhedónico

Email del 15 de octubre 2022

Banksy. Nobody likes me

Elegía

Ahora ya no queda nadie. Algunos no existen y el resto simplemente se deja ver de vez en cuando. Los que se fueron sollozaron sobre los hombros de los que se quedaron o de los que no podían irse. Todos necesitaban un cambio de vida. Los que huyeron, pero regresaron al no encontrar un motivo, sintieron que habían cometido un error de proporciones considerables y partieron de nuevo. Mientras se alejaban, un sueño cayó del cielo y sepultó sus esperanzas. Los encargados de inhumarlas las bendijeron y ocultaron cada una de sus promesas incumplidas bajo un dosel de madreselva y lavanda. Mientras cantaban los himnos aprendidos a base de cachetes en la nuca, una sensación de ahogo se apoderó de cada uno de ellos. El más viejo se atusó la barba y engendró un deseo con vehemencia antes de fijar su vista sobre la línea del horizonte.

Ahora ya no queda nadie. Los pocos que eran alguien, cualquiera o algunos, tienen miedo. Los goznes de las puertas de sus hogares se han petrificado y los rayos del día ya no caldean los visillos de sus ventanas. Egerterisa, Saluenca, Miraren y Yunibia están sentadas sobre la tierra, que una vez fue suelo. Sus manos temblorosas intentan extraer el calor del sinsentido aferrándose al pasado, de la misma forma que un lagarto se agarraría a una piedra para intentar pasar inadvertido. Cuando se miran a los ojos una niebla densa oculta sus emociones, sus pretensiones y cualquier hecho, palabra o aspiración que se le parezca. Ya no hay tiempo para rezar, para santificar, para expresar los anhelos o convertirlos en futuro. Ya no existen las sonrisas, ya no existen los abrazos. Sólo perviven el frío y la oscuridad. La noche perpetua y los demonios que nos acechan.

Ahora ya no queda nadie. Todos los que formaban parte de la comunidad se han arrancado los ojos. No podían mirar donde les apetecía, por lo tanto pensaron que ya no los necesitaban. ¡Ya no eran útiles! Cada una de las banquetas, reclinatorios, catres o cachivaches que sirven para descansar han sido sacrificados en la pira de fuego. Ya no queda tiempo para la constricción. Sólo queda tiempo para aguantar las continuas vejaciones. Ya no quedan momentos para la oración. Sólo quedan pequeños instantes; fotografías veladas o carcomidas. Todos los que se fueron y todos los que se quedaron siguen sintiéndose diferentes, aunque ya no son los mismos. Y los que ni siquiera salieron de sus casas. Y los que no podían abrir las puertas. Los que cerraron los portillos, los tragaluces. Los que se ocultaron en los rincones. Los que se estiraron el cabello mientras se escondían de su propia cobardía. Y los que no se atrevieron a ponerse delante de los espejos. Y los que se encerraron en los graneros. Los que lloraron lágrimas fingidas. Los que parieron criaturas adulteradas. El resto, el remanente o la diferencia. Los despojos, la basura y los vestigios. Los sacrificios, las epifanías y los compromisos. El perdón, el sayal y el cuchillo.

Ahora ya no queda nadie.


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Email del 11 de octubre 2022

Victoria Contreras. El mundo perfecto (1985)

En la etapa más prematura de su crecimiento consciente el ser humano se considera eterno por naturaleza: fantasea con la idea de que nada tiene límite y que su cuerpo no morirá jamás. Esta imagen sugerida por los sentidos, que carece de objetividad real y que poco o nada tiene que ver con el conocimiento puro y racional, pronto se altera y transmuta en una especie de percepción antagónica que, la mayor parte de las veces, sólo sirve para distorsionar la eterna conexión del ente con su propia esencia. Cuando esto sucede, lo que es, existe o puede existir deja de tener importancia; de repente, ese conjunto de sensaciones, pensamientos y emociones preeminentes y divinas, aunque totalmente ficticias, nos alejan de la presencia del yo. Desconocemos que cualquier cambio puede llevarse a cabo únicamente en el ahora. Cualquier otro modo de proceder constituye una injerencia. Aferrarnos al statu quo de que siempre somos niños no es sino una racionalización evocadora.

Intentamos tomar contacto con nuestras emociones bloqueadas y lo único que conseguimos es perder el control intelectual y sumirnos en una etapa de gimoteos continuados y confusos, obviando que somos una parte del todo, y que ese todo sólo se puede definir como casualidad. El resto es puro caos. Pero es dentro de los parámetros del desorden y el desconcierto, donde parece que nos encontramos más cómodos. Fabricamos embustes con el único propósito de convencernos, y cuando esas patrañas son demasiado considerables, las ocultamos en recipientes inestables, protegidas de cualquier atisbo racional que pudiera poner fin a la mímesis paradójica en que hemos convertido nuestras realidades concretas. Carecemos de proposiciones pero defendemos hasta el último aliento cada una de nuestras inútiles abstenciones. El simple deseo de tener razón ha llevado a una gran parte de la raza humana a abundar en la incongruencia, el despropósito, la incoherencia.

Quiero volver con mi mamá. Ella me mimaba y le daba sentido a mi desconcierto existencial. Recuerdo que mi padre sentía celos de mí, yo me moría de envidia al ver la vida que llevaba nuestra perrita, Carlotta, y ésta suspiraba por parecerse al periquito que mantenían en una jaula de acero los vecinos de enfrente. Los vecinos recelaban de cualquier cosa que no sirviera para ganar dinero y el portero sospechaba de cada uno de nosotros. Pero nosotros éramos ellos y ellos pretendían ser todos, o por lo menos, una parte divisible del total. El total era parcial, por lo que algunos viandantes se quedaban estupefactos, pero la vida mantenía un pulso firme, general y absoluto, y las pequeñas bagatelas nunca excedían su tamaño (el que ocupa un simple momento determinado en el tiempo). Daría lo que fuese para volver hacia atrás, sin tropezarme con un año bisiesto, aunque con los ojos firmes en el horizonte y en la línea que traza para diferenciar lo de aquí con lo de allí.

Quiero volver con mi mamá. Ella sabía donde se metía alentándome para que hiciese lo que ella siempre había querido hacer, pero que no hizo por temor al verbo hacer y a cada una de sus temibles conjugaciones. Alguna vez lo intentó, pero como no sabía desistir o insistir, el proceso la sumía en un aburrimiento emocional que he heredado. ¡Sí! Nosotros éramos ellos. Ellos procuraban mirar en otra dirección cuando las gotas de lluvia se colaban en el interior por las ventanas. Las ventanas eran de madera de pino y requerían una mano de pintura al año. La pintura costaba bastante dinero. El dinero no servía para nada. La nada era apreciable cuando nos parapetábamos tras las cortinas. Las cortinas necesitaban una buena limpieza, pero la lavadora hacía tanto ruido que le producía unas terrible migrañas a mi abuelo que vivía a siete manzanas de distancia. La distancia equivale a la longitud del segmento de la recta que une dos puntos. Cada punto no es más que un concepto primario.

Quiero volver con mi mamá. Ella se relamía las heridas que produce vivir sin ninguna razón aparente. Yo me relamo porque ella se relamía. Yo me relamo porque ella se relamía… Se relamía.


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Email del 6 de octubre 2022

Johann Heinrich Füssli. Aquiles sacrificando su cabello en la pira funeraria de Patroclo (1795)

Era el único chino de mi barrio que sonreía, por esa razón siempre me tomaba el café en el bar que regentaba. En contadas ocasiones me servía su mujer, una asiática samuga con rostro de cópula ilícita. No sonreía nunca, se contentaba con ordenar telepáticamente a su pareja que lo hiciera en su lugar. Un día estaba sentado degustando mi cortado de 1,30 euros cuando de repente se sentó en la mesa contigua un cofre de almacenamiento con melena rubia y grandes labios enrojecidos. Su grandiosa gordinflosidad, de idad, de idad, con blandingosidad, blup, blup, y lánguida burralidad me llamó la atención y durante los siguientes 20 minutos no dejé de mirar su silla. Sin embargo esta nunca se rompió y aguanto el peso sin resignarse plásticamente. Cuando se levantó, después de pagar, por supuesto, se ajustó la andorga y se asustó al contemplar mi mirada, blanquihorchatosa y abarquillada.
-Señor, ya sé que estoy rellenita pero no hace falta que me lo recuerde de esa manera tan repugnante.
-No la miro a usted. Miro su silla. Mi esposa, que en paz descanse también sabía a rata.
-¿Cómo se atreve?
-A nata. A lata. A pata. A mota… rota. ¡Nota! ¡Ñata! Bota hita. ¡Cita apta! Acta. afta.

En ese mismo instante en el que las palabras de cuatro caracteres y terminadas en «te» y «a» se me estaban acabando se acercó una joven guapísima y, salpicando mi cara, me dijo que había estado contemplando toda la escena y que había llegado a la conclusión de que yo era el ser más asqueroso y nauseabundo que había visto en su vida. Y añadió que no comprendía cómo un ser humano podía meterse con otro por su físico.
-Eres un yogurín.
-¿Cómo? ¿Ahora me insultas a mí? Voy a llamar a la policía…
–Streptococcus termophilus y Lactobacillus bulgaricus. Eso eres. Una bonita combinación de ambas bacterias.

Mientras salivaba deslumbrado por su belleza, sentí ganas de comerme un producto lácteo.
-¡Fu Ling, tráeme un yogur de fresa!
-No habel yogules, jefe!
-Es una pena que no tenga yogures porque yo misma se lo hubiese despachurrado por la cara.
-Usted cállese, gor…, ejem, señora rellenita. Yo nunca la insulté. Solo miraba su maldita silla. Soy fabricante. ¡Esto es ofuscante! ¡Y limitante!
-¡Y lacerante! Es usted una mierda…
-¡Excitante aunque fatigante, pero sencillamente hilarante! ¡Colorante! ¡Castrante! ¡Bogavante!
-¡No habel pescados, jefe!

De repente sentí ganas de levantarme y liarme a escupitajos con Laurel y Hardy en versión mujeril, sin embargo opté por retirarme pausadamente mientras ambas me injuriaban. Caminé y caminé, aunque casi siempre que camino y camino parece que no camino. Al cabo de un rato llegué a un jardín y me senté en banco de piedra. No habrían pasado ni cinco minutos cuando se me acercó un bigote encima del labio de un tipo vestido de poli.
-Buenos días, señor. Por favor dese la vuelta. ¿Ve a esas damas? Pues lo han denunciado. ¿Quiere que les diga que se acerquen?
-No, no me gusta que nadie se acerqué a mí. Por favor, aléjese unos centímetros.
-¿Cómo dice?
-No me gusta que nadie se acerqué a mí. Por favor, aléjese unos centímetros.
-Sí, eso ya lo oí. ¿Qué tiene usted que decir?
-Eres un yogurín.
-Bueno, me mantengo joven. Desde luego no aparento 57…
–Streptococcus termophilus y Lactobacillus bulgaricus. Eso eres. Una bonita combinación de ambas bacterias.
-Muchas gracias. Es lo más bonito que me han dicho en la vida. Espere un instante. Iré a decirle a esas dos que ya me encargo de todo.
-Vaya.
-Voy.
-Raya.
-¿Dónde?
-Laya. Faya. Yaya. Caya…

Mientras el poli se alejaba para luego volver a acercarse yo me alejé, sin que ninguno de los tres se diera cuenta, y desaparecí a una velocidad que habría que haberla visto para haberla creído. Como no quería que mis persecutores, que por momentos aumentaban en número, me alcanzaran opté por parar un taxi.
-¿Buenos días? ¿A dónde le llevo?
-Us-usted es una mujer.
-Es usted muy perceptivo, ¿acaso odia a las mujeres?
-No soy perceptivo. Ni vigilativo o despectivo.
-Bueno… no se enfade. ¿Dónde le dejo?
-Lléveme al bar de Fu Ling. Creo que ese lugar es ahora el sitio más seguro para mí.
-¿Donde está ese bar?
-Cerca. Muy cerca. Tire recto. Luego doble la segunda a la derecha, la cuarta a la izquierda y continúa tres manzanas hacia abajo.
-Si sigo esa ruta terminaremos otra vez aquí.
-Pues déjeme en mi casa.
-Señor, ¡se encuentra bien?
-Calle de los albaricoques, número ocho.
-Ese policía y esas dos mujeres nos están haciendo señas…
-¡Póngase en marcha!
-No puedo. Nos está diciendo que sigamos parados…

Salí del vehículo sin uno de los zapatos, aunque corrí como si fuera el orgulloso propietario del mejor par que hubiese existido. Desde lejos pude ver que el trío se había convertido en un cuarteto. De pronto recordé cuando era un niño y jugaba al teto. ¡Seto! ¡Veto! ¡Peto! ¡Jeto! ¡Reto! ¡Eto! ¡No, eto, no! ¡Eto, no! ¿Eto? ¿Eto ta bien? ¿Eto y lo otro y lo otro de lo otro? Llegué a un portal verde. Como nunca me gustó el color verde continué huyendo. Llegué a un portal azul. Como el azul me recordaba al verde volví a retomar la carrera. Llegué a un portal decolorado. Levanté una ceja y reconocí mi hogar. Subí dos pisos y abrí una puerta. Traspasé el marco y me senté…, bueno en realidad no me senté, sino que me sentí… me sentí protegido. Y sonrugido, aunque también resurgido, y en cierta forma, reelegido.

Toqué, sí, toqué la guitarra, aunque antes me tocó descolgarla. Mientras posicionaba la mano en un acorde disminuido escuche varios «ista» que entraban por la ventana. Dejé la guitarra apoyada sobre un Tintoretto falso que descansaba sobre el suelo y me asomé. ¡Me asomé! ¡Me asomé! ¡Me asomé! ¡Nunca debí asomarme! Abajo junto al cuarteto se había congregado una multitud vociferante que me dedicaba un millón de «istas». ¡Ista! ¡Ista! ¡Ista! ¿Fascista yo? ¿Derechista? ¿Machista? ¿Narcicista? ¿Conformista? ¿Onanista? ¿Racista? ¿Enemista? ¿Derrotista? ¿Despotista? ¿Elitista? ¿Agonista? ¿Tremendista? ¿Oportunista? ¿Pleitista? ¿Pesimista? ¿Jaranista? ¿Partidista? ¿Extremista? ¿Chantajista? ¿Clasicista? ¿Arbitrista? ¿Simplicista? ¿Pragmatista?

Cogí de nuevo la guitarra y musicalicé sus insultos. Cuando me cansé de musicalizar… Ummm, musicalizar. Generalizar. Revitalizar. Puntualizar. Neutralizar. ¡Oficializar! ¡Lexicalizar! ¡Parcializar! ¡Estatalizar! ¡Encanalizar! ¡Lateralizar! ¡Nominalizar! ¡Bestializar! ¡Ja, esa si que es buena!


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Email del 4 de octubre 2022

Eyvind Earle. Cliffs of darkness (1986)

Hola:

A partir de una sencilla realidad construyo una ficción adulterada. Puedo escuchar unas palabras en forma de letanía maliciosa retumbando en mi cabeza: «no limpies las manchas, no limpies las manchas». Nunca limpio las manchas. Con el paso del tiempo he llegado a descubrir que cada mácula corresponde a un periodo de mi vida. De modo que las conservo, las protejo y, en ocasiones, hablo con ellas. Nunca me contestan, pero no me importa, sé que me escuchan, que comparten mis presentimientos, entonces, ¿por qué sigo escuchando esas súplicas semejantes a oraciones? ¿Imbecillitas mentis? Nunca limpio las manchas. Nunca limpio los recuerdos, aunque intento mantenerme alejado de ellos. Contemplo cómo pasan los días. Observo cómo se suceden las noches. En ocasiones falsifico los instantes. Me siento tan a gusto encerrado entre luz y sombras, administrando ocasiones, estipulando coincidencias. Rebelándome ante las sonrisas desnortadas e inclinadas que se desgañitan cuando reprimes sus murmullos.

Tengo una cuerda. La acaricio con las manos abatatadas. La imagino rodeándome el cuello. Siento cada uno de sus hilos torcidos besándome la piel. Es una sensación extraña a la que no puedo resistirme. La alejo de mi cuerpo. La alejo de mi vida. La guardo en una caja de cartón y meto ésta debajo de la cama. Me arrodillo en el suelo. Intento imaginar que no existe. Pero existe. Intento distraerme dirigiendo mis ojos en todas direcciones, pero ya no hay direcciones. Ya no queda nada, sólo ese rumor del viento arrastrando las siluetas imaginarias de los esqueletos de mi confusión.

La niebla se ha esparcido. Cada uno de sus puntitos repletos de fluido ha volado en direcciones opuestas. Intento reconstruirlos para formar una figura mojada. Estoy convencido de que soy el único ser vivo capaz de moldear el agua. Me responsabilizo de mis actos, aunque nunca he creído en las obligaciones. Me inmiscuyo en divagaciones, pero cada uno de esos desvíos me remolca al presente. Necesito creer que sirvo para algo, pero entonces vuelven a surgir desde dentro esas molestas repeticiones. No, no pienso limpiar las manchas. Han estado ahí demasiado tiempo.

Greg

P.D.:
Hoy ha salido el sol. Me hubiera gustado más que saliesen los números a los que apuesto en la primitiva, pero no se puede tener todo en esta especie de lánguida estridencia que es la vida. Hace unos doscientos años existió un tipo que tenía tres ovejas en una cabaña, pero en estos tiempos que corren, mantener un ganado, por pequeño que sea, no deja de ser una contumeriosa inutilidad. Personalmente, mantengo varias cosas, entre ellas, los nervios a base de tranquilizantes; aunque no me dan leche ni lana, ni siquiera me mantienen toda la semana, por lo menos son de mi propiedad y me sirven para marcar el terreno sin necesidad de mear en las paredes.


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Email del 3 de octubre 2022

James Joyce. Leopold Bloom (Siglo XX)

Tengo algunos conocidos que me achacan un cierto tufillo dogmático en lo que atañe a los conceptos ordinarios relacionados con la existencia y la forma o modales que utilizo para enfrentarme a ella.¹ Me atribuyen proposiciones vacías, sin ningún rastro de principios innegables, forradas con ramalazos humorísticos que emborronan los mismos conceptos que trato de definir con un léxico anticuado y falsamente espeso.² Algunos incluso van más allá y se atreven a mostrarse escépticos con mis demostraciones y las boicotean con locuciones relámpago o intentos vergonzosos de desacreditar mi persona.³ Pero cuando les dejo un espacio en la mesa y les doy permiso para manifestar su verdad empírica, responden indignados que el único con pretensiones racionales pseudofilosóficas y egomaníacas soy yo, y que ellos sólo intervienen para impedir que mi super-ego se suicide bajo el peso del dualismo intrascendental que se retroalimenta con mis muchas contradicciones.

Es muy cierto, soy un emisor malfamado y presuntuoso, pero sólo porque me repugna la falsa modestia y la sencillez oligofrénica de sus pusilánimes propuestas.⁴ Reflexiono sobre las consideraciones y destruyo sus consecuencias. Intervengo cuando tengo seguridad de que causaré deterioros en la lógica y no me amedrento cuando tengo que defender las paradojas incoherentes que salen de mi boca.⁵ Generalizo, etiqueto, falseo e invento porque nadie se atreve a hacerlo con la impericia necesaria. Mi omnisciencia es tan imprecisa como obstinada. Mi propósito, acoquinar el sentido de las palabras.

¿Soy un terrorista gramatical y un homicida del léxico? Un gran sí afirmativo al estilo de Molly en el 18. ¡Y no me avergüenzo de ello!

Notas:

  1. Puta mierda de los cojones.
  2. ¿Principios innegables? ¡Ja! ¡Esa si que es buena!
  3. Vuelvo a vivir en la entropía.
  4. ¡Y muy atractivo!
  5. ¡Yupiiiiiiiiiiiiiiiiii!


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Email del 29 de septiembre 2022

Kaoru Kawano. Figure with eyes closed (1955)

“Te pasas la vida despidiendo a los que se van, hasta el día en que te despides de los que se quedan”.
(Vera de Talleyrand-Périgord)

Cierro los ojos. ¿Para qué sirve cerrarlos? Para acercarse a la nada. Pero entonces, ¿qué es la nada? La nada es la ausencia total, una respuesta sencilla e inútil con la que poder disimular el vacío. Existen infinidad de vacíos. El mío poco se puede parecer al vuestro, o al de cualquiera que sea capaz de reinterpretar este texto. Mi vacío lo he construido yo. ¿Yo? ¿Qué es el yo? El yo es una línea virtual que divide y, a veces incluso, aísla a los individuos. Mi yo es infinito y limitado. Eterno y perecedero. Yo soy una piedra a la orilla de un riachuelo. Soy una gota dentro de una nube. Soy los días, los meses, los años, pero también soy parte del espacio y del tiempo. Soy la esquina doblada de un libro. Soy el filo de un cuchillo. Soy la sangre que se escurre por un antebrazo. Soy una semilla. Soy un hueso, pero también soy lo que he sido en mis días y en mis noches anteriores. Y he sido un árbol. He sido una mortaja. He sido un alfil y he ganado algunos juegos. He sido guitarra. He sido hechicero. He sido cristal y he sido hierro.


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Email del 28 de septiembre 2022

George Grosz. Día gris (1923)

El número tres es sagrado,
así como las historias en las que se ve involucrado,
Por favor, no mancillar con ideas preconcebidas
o hechos improbables y sesgados.

(G. de Lopezei-Perezei)

Tres son las oraciones con las que Beatriz intentó ponerse en contacto con Dios. Ninguna surtió efecto. O bien la omnipotencia estaba demasiado ocupada o ella no era digna de ser escuchada. Con aspecto triste se dirigió hacia su habitación, extrajo de un cajón un cilicio de metal bastante viejo y oxidado y se lo enrolló en un muslo. Cada vez que lo apretaba la sangre brotaba de su carne.
-Por ti, mi Señor, por tu Hijo y por el Espíritu Santo.
De repente alguien llamó a la puerta. No usó el timbre, sino que golpeó rítmicamente sobre la madera. Cuando abrió y pudo ver la cara y el cuerpo del visitante, su cara se desencajó mientras que con su mano derecha se persignaba.
-¿Sabe quién soy? -preguntó el forastero.
-No soy digna de que entres en mi casa, pero…
-¿Sabe por qué he venido?
-No, pero mi casa es tu casa…
-Muchas gracias. Su arrendador me ha dicho que su pila no traga. Quiero decir, ejem, creo que está embozada.
-¿Entonces no es usted Dios?
-Bueno, en realidad hoy no tengo tiempo, ya me pasaré en un par de días. Adiós señora.

Tres son las veces que Darío intentó hacerse un huevo frito. Desde que su mujer lo abandonara hacía tres semanas había estado alimentándose con latas de atún y comida prefabricada, de esa que venden en las grandes superficies. Hoy era el día en que por fin se atrevía a encender el fuego y nada salía como él pensaba.
-Mierda, esto es más difícil que levantar la ceja izquierda.
De repente alguien llamó a la puerta. No usó el timbre, sino que golpeó ritmicamente sobre la madera. Cuando abrió y pudo ver la cara y el cuerpo del visitante, su cara se iluminó mientras dibujaba una gran sonrisa.
-¿Sabe quién soy? -preguntó el forastero.
-No sé quien es usted, pero por favor, ayúdeme a prepararme un huevo frito.
-¿Sabe por qué estoy aquí?
-No, y si quiere que le sea sincero, no me importa en absoluto. Pase a la cocina y enséñeme a freír un huevo y le invito a una copita de Jerez.
-Su arrendador me ha dicho que su nevera está tibia. Quiero decir, ejem, que su refrigerador no enfría.
-¿Entonces no me va a ayudar?
Bueno, en realidad hoy no tengo tiempo, ya me pasaré en un par de días. Adiós señor.

Tres son las historias que Patricio contaba cada día a su nieta antes de que ésta se fuera a la cama. Aunque siempre se las inventaba, en ocasiones se confundía y las repetía hasta que ella le regañaba. Cuando eso sucedía tenía que inventar una excusa a toda prisa para poder sentirse bien. La edad le pasaba factura y su genio, que hasta entonces nunca había salido de su cabeza, luchaba por desplazarse al exterior.
-¡Maldita pequeñaja petulante y engreída!
De repente alguien llamó a la puerta. No usó el timbre, sino que golpeó rítmicamente sobre la madera. Cuando abrió y pudo ver la cara y el cuerpo del visitante, no se le ocurrió otra cosa que mandarlo a la mierda.
-Espere, no me cierre la puerta. ¿Sabe quién soy? -preguntó el forastero.
-Supongo que un maldito Testículo de Jeováh o un vendedor de aspiradores. ¿Me equivoco?
-O sea, que no sabe por qué estoy aquí.
-Maldita sea, si lo supiera no le habría abierto la puerta.
-Su arrendador me ha dicho que su nieta es una chulita, ejem, que arma mucho escándalo y algunos vecinos se quejan.
-Dígale a ese exprimidor fascista que me paso por los cojones lo que diga y las molestias de los vecinos. ¿Se ha enterado, pedazo de imbécil?
-Bueno, en realidad hoy no tengo tiempo, ya me pasaré en un par de días. Adiós.


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Email del 25 de septiembre 2022

Honore Daumier. El hipocondriaco (Siglo XIX)

Hola, amiga mía:

El jueves, mientras desmontaba un mueble feo y carcomido sufrí un terrible y dolorosísimo ataque de lumbago que me mantiene doblado todavía. Te escribo estas líneas en una posición que resultaría obscena si fueras una malpensada o acabaras de ver un film porno. ¡Me estoy haciendo viejo! Me gustaría decir que me estoy haciendo joven, pero nadie se lo creería, sobre todo si me pillan lubricando las articulaciones anatómicas con aceite del árbol del té, que es lo que hago a todas horas en un vano intento de amortiguar los sonidos que hacen éstas cuando me muevo. Ahora ya sé por qué los vecinos golpean las paredes: para que no haga ruidos osteoartríticos. Quizá debería meterme en la cama y esperar a la muerte, pero temo que esta se metiera en el catre conmigo y me sometiera a tocamientos libidinosos. No sé qué hacer, si ingresarme en una residencia para ancianos, una para neuróticos o una para ancianos neuróticos. ¡Y sólo tengo 60 anos! Perdón, ano sólo tengo uno, y no funciona demasiado bien pues se atasca, pero es que la tecla que representa a la decimoquinta letra, ya sabes, esa tan típicamente castellana, se desprendió de mi teclado hace unos meses.

Recuerdo cuando era joven y lo único que me importunaba era pensar en el futuro, este que ya ha llegado y me está haciendo la vida insoportable. Hace unos pocos días estornudé y al hacerlo incrusté la dentadura postiza en una columna dórica. Y el mes pasado, mientras trataba de seguir los movimientos sinuosos del trasero de una bella señorita, un globo ocular se me cayó al suelo y fue mordisqueado salvajemente por un sintecho que sintecheaba por allí en ese preciso instante. Envejecer es un fastidio, pero contemplar cómo envejecen tus amigos una satisfacción. ¡Ahora ya sabes cual es la razón por la que colecciono catálogos de funerarias! Quiero estar preparado para cuando ese instante final se presente de improviso. Antes, era coleccionista de enfermedades, hasta que alguien me ofreció una suma considerable por mi colección y me vi obligado a vendérsela. El sujeto que la adquirió ya ha fallecido, pero eso no importa demasiado ahora mismo. Lo que realmente me importa es saber que cada uno de nosotros morirá tarde o temprano, y que una vez muertos y enterrados, todo carecerá de sentido. Todas las noches que he pasado en modo pluripatológico y en constante vigilia se verán reconfortadas con el perfectísimo sueño perpetuo, ese que sucede cuando nuestro cuerpo se niega a seguir pagando facturas, escuchando idioteces, descomponiendo las totalidades, en definitiva, a seguir malviviendo.

Puede resultarte gracioso, pero mientras tecleaba el párrafo anterior mis dedos han sufrido una parálisis discinética y no tengo más remedio que mecanografiarte el resto con una oreja. Para despedirme te enviaría, como hago siempre, un besazo, pero mis labios han contraído herpes labial, queilitis y liquen plano, todo a la jodida vez, y no puedo permitirme el lujo de propagar tanta mierda vírica, por lo que esta vez te envío un narizazo.

G


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Email del 23 de septiembre 2022

Alfred Kubin. Angst (1903)

Durante muchos años alguien pensó que estaba equivocado. Sin embargo, en 2005 se anunció el hallazgo de unos manuscritos redactados por cierto antepasado de aquel alguien, un tal alguien-quizá-posiblemente que deshizo y corrigió cada uno de los velos que enturbiaban el incidente. Pero, ¿qué tiene que ver esto con lo que trato de explicar? O mejor, ¿qué es lo que realmente trato de explicar? Para que podáis confiar en que lo que estáis leyendo tiene cierta lógica, trataré de hacer un pequeño resumen introductorio:

Alguien asumió los costes de su teoría y otros se lo hicieron pagar muy caro. Entonces se descubrieron aquella serie de papeles viejos y casi ilegibles que demostraban que nadie tenía razón, porque la razón no es aplicable en ciertos sucesos en los que el factor tiempo ha dejado impresa su huella. Entonces ellos y el resto, es decir, los demás, iniciaron unas maniobras de desprestigio que a punto estuvieron de llevar a alguien al suicidio, pero que en ultima estancia lo hicieron más fuerte. Y quizá las palabras escritas por alguien-quizá-posiblemente fueron el detonante de lo que sucedió a continuación y que todos se atrevieron a negar tajantemente. Como todos vosotros deberíais saber, sólo niega el que desconoce. O el que conociendo, está demasiado ocupado consigo mismo y sólo contradiciendo siente que justifica su lógica.

Supongo que puesto todo en perspectiva, estaréis en disposición de tomar partido por uno u otro. Mi consejo es que neguéis dos veces antes de llegar a una conclusión que os satisfaga. Alguien se comportó de manera honesta, pero nadie necesitaba sentir la razón de su lado envolviéndole completamente. Ambos perseguían un mismo fin. Si nunca hubiesen aparecido los papeles de alguien-quizá-posiblemente, el corolario de todos estos hechos seguramente hubiera sido diferente. Y es esa diferencia la que emponzoña la información que sobrevive. Sois libres de tomar partido por uno de ellos. Por mi parte, sólo puedo deciros que la razón sustentada por la lógica no siempre es infalible. Si hemos de ser honestos deberíamos no dejarnos llevar por la infatigable descomposición de las circunstancias.

La aceptación como demostración de voluntarismo es un mal superfluo al que debemos cierto respeto. Aquí es donde empieza el verdadero problema…

¿Lógica? ¿Dónde está la lógica de todo esto?

Email del 23 de septiembre 2022 Leer más »

Email del 19 de septiembre 2022

Roberto Ferri. Resurrezione (2020)

Vae puto deus fio

Habría sido capaz de todo¹. Pero no siempre todo significa por entero o en conjunto². En ocasiones mis «todo» y mis «nada» se complementan, por lo tanto, podría haber sido capaz de nada. Y eso fue lo que sucedió: no hice gran cosa³. Bueno, sí, protesté⁴ con cierto comedimiento y con esa manera típica, aunque discreta y sumamente hipócrita, con la que se debe desafiar a los semidioses⁵. Sabía que tenía perdida de antemano la condición y la situación⁶, por lo tanto mis circunstancias y, sobre todo, mi disposición, se pusieron en mi contra. Y una vez allí yo ya no tenía nada que hacer. Tampoco es que fuera mi porvenir o incluso mi vida⁷ en ello. Simplemente decidí comportarme como un dinámico e intrépido pusilánime⁸. Me encanta ese papel. Creo que está hecho para mí. Y cada vez que lo interpreto lo bordo⁹. Las leyes sociológicas no están desencaminadas: siempre habrá un pequeño número de imbéciles¹⁰ que se crean superiores porque perdonan. Y si quieres permanecer lo suficientemente lejos de cualquier tipo de amnistía, tienes que estar absolutamente convencido de que todo y todos te la sudan¹¹. Es terriblemente sencillo. Al fin y al cabo lo que otros puedan pensar de uno mismo no es lo que uno mismo piensa de sí mismo¹². Tampoco es lo que uno mismo cree que es uno mismo¹³ u otro mismo¹⁴.

Greg L. Pérez¹⁵

Notas:

  1. Referido al inútil acto de sobrevivir. Subsistir implica dolor. El dolor implica sufrimiento. Sufrir conlleva numerosas entradas a los centros de salud de la Seguridad Social y numerosas salidas de estos con uno o varios papelitos en la mano (o en el bolsillo). Son las llamadas recetas. Estas se canjean en las farmacias por medicamentos. Una gran parte de estos fármacos solo producen cosquillas en el píloro, sin embargo el resto trasforma en zombis submongoloides a los pacientes-víctimas que los ingieren.
  2. Algunos creen que Todo es una especie de sentimiento fascinante, un arrebato causado por una intensidad específica, una elevación y un éxtasis. Yo, sin embargo, estoy convencido de su banalidad, su intrascendencia. ¡Entre ambos criterios existen tantas derivaciones! Quizá sólo los que puedan mantenerse en un lugar alejado del punto de partida o de convergencia, sean capaces de vislumbrar esa objetividad que yo renuncio a aprovechar. ¡El Todo es confuso! Tratamos de permanecer al lado de quien proclama al viento cada una de nuestros maravillosos todos en forma de bondades, pero huimos como posesos cuando nuestros padres nos gritan. Somos fragmentos desperdigados que esperan ser recompuestos. ¡Mentimos, delatamos, justificamos! Falsificamos nuestras sensaciones con el extraordinario propósito de obtener una indemnización, pero, al mismo tiempo, nos sentimos importantes, exclusivos y únicos.
  3. Creo que soy un tipo relativamente coherente, pero en demasiadas ocasiones me frustro terriblemente al no ser comprendido y en ese estado me siento incapaz de hacer nada, excepto escribir, por supuesto siempre que estemos convencidos de que escribir significa no hacer nada en absoluto. Las palabras están al servicio del que las organiza, bien sea en forma hablada o por medio de la escritura. Y estructurar frases con el único propósito de que sean entendidas o interpretadas implica esfuerzo y tiempo. Conozco a demasiadas personas que hablan por hablar, es decir, para justificar sus existencias. Inculpan, determinan y juzgan, pero nunca entienden, intuyen, y mucho menos, asimilan. Los niveles de significados de sus locuciones se encuentran tan dispersos como las partículas de un coloide. Cuando intento acercarme a ellos mirando al mundo a través de sus ojos, tiendo a ver todo borroso, difuminado, básicamente distinto.
  4. Si se me acabaran las ganas de reprochar, trazaría una circunferencia sobre la tierra empapada de agua y viviría dentro. Me convertiría en un extraño, pero seguramente alcanzaría unas cotas de bienestar de las que ahora carezco. Si cada una de las palabras que a veces me acarician suavemente desaparecieran llevadas por el céfiro, gesticularía hasta estrangular sus pretendidos significados. Si pudiera, si pudiera. No puedo. Lo intento. Os juro que sigo intentándolo. Pero el espacio que media entre dos sucesos es un cercado insalvable. Prefiero esperar junto a la puerta, preguntándome si el castigo es proporcionado, o si por el contrario, merezco otra jodida oportunidad.
  5. Cuando presto atención a las reacciones de los que se creen únicos, pero que en realidad son unos auténticos imbéciles, advierto claramente que son unos auténticos imbéciles. Y después de concluir que son unos auténticos imbéciles, suelo quedarme pensativo y, a veces, me pregunto: «¿qué hago yo perdiendo el tiempo analizando a unos auténticos imbéciles? ¿Me habré convertido también en un auténtico imbécil? ¿Por qué no me dedico a intentar cambiar mi Aquí y Ahora? O por lo menos, ya que estoy convencido de que mi presente se agota, ¿por qué no preparo un buen final a toda esta farsa en que se ha convertido la existencia, rodeado de tantísimos auténticos imbéciles? Pero casi nunca me respondo. Es imposible encontrar una respuesta sin sentir que debes algo a nadie, o que nadie te debe nada, porque algo es demasiado poco. O que nadie es nada, y que yo soy una conjunción específica de varios, algunos, y suficientes. No quiero sentirme tan vacío, pero admito que jamás he necesitado sentirme colmado. He caminado por el lado equivocado sin saber que todos y cada uno de los lados son incorrectos, erróneos, inexactos. Por esa razón ya no me muevo. Simplemente permanezco sin saber si existe una determinada razón. Ni siquiera cierro los ojos. ¿Serviría para algo? ¿Transformaría mis circunstancias? Soñar despierto es una ocupación extenuante e inútil, pues ninguna de las representaciones alteradas que se forman en mi cerebro permanecen el tiempo suficiente como para que el experimento me sobrecoja.
  6. En ciertos instantes es demasiado tarde para fingir, para compartir. Demasiado tarde para moldear un rápido arrepentimiento o una súplica delatora. Demasiado tarde para aislar los murmullos permanentes. De cualquier manera, estoy demasiado asqueado como para pretender que ocurra algo.
  7. Distingo dos clases de vida. Una me provoca ansiedad en Technicolor y en sesión continua. La otra está supeditada a mis impulsos sádicos. Esos estímulos despiadados transforman mi tolerancia inocente e inmaculada en delirios repletos de imágenes de sangre, dolor y peladillas de Casinos.
  8. Supongo que la única salida que me queda es convertirme en una especie de kamikaze solitario y echarme a la calle a golpear a alguno de esos hijos de puta con piedras y palos mientras grito «Tora Tora Tora». Podría ser más patriótico y hacerlo al estilo ibérico, pero me siento más japonés, africano, neozelandés o incluso marciano que hispano.
  9. Me gusta bordar y me gusta bordar. La primera acepción del verbo me entretiene, aunque debo hacerla a escondidas, pues si no los pocos amigos que todavía me quedan terminan insultándome y comparándome a una campesina vieja y paleta. La segunda, es decir, la que significa realizar cualquier cosa con talento y perfección, sencillamente, me define, me delimita, me constriñe, y en ocasiones, me estriñe.
  10. ¡No! No quiero pertenecer al club de los auténticos imbéciles. Prefiero formar mi propio club.
  11. Sin embargo, en muchos casos, ese proceso de desinterés e indiferencia o pasotismo condonativo comparativamente simple esconde una serie de particularidades marcadamente sombrías que desarrollaré en su totalidad una vez me haya convertido en cadáver y esté enterrado en una fosa común.
  12. Porque uno mismo nunca será uno mismo. Es imposible. Esta sociedad jamás lo permitirá. Cada uno de nosotros pertenece al estado de su propio país, y este depende de las corporaciones. El estado nos suministra con cuentagotas, y cierto júbilo neroniano, prodigios serendípicos patológicos, y las corporaciones, o mejor, los OTI, organismos tóxicamente independientes, suministran a cada uno de los estados garantías y depósitos que luego son transformados por los politicastros farsantes en regalías para ellos y pan (¿integral o de centeno?) y circo (Gaby murió, pero creo que Fofito está vivito y coleando) para el resto de nosotros. Los miles de millones de «uno mismo» que se conforman con todo porque poseen televisores de altísima gama con tecnología OD Zero, QNED, LED, OLED, MiniLED y motherfuckerLED.
  13. Según Serrano Ruiz, psicólogo, antropólogo y excuidador de la cabra de la Legión, un «uno mismo» tiene algunas características principales. Lamentablemente se desconocen cuáles son ya que el autor no las cita.
  14. A menudo tengo la sensación de haber salido de un frenopático.
  15. En estos días repletos de melancolía existencial y garambainas, tengo que comunicar un acontecimiento muy importante que creo puede cambiar las tristísimas vidas de todos mis amigos y lectores. A partir del día de mañana, XX de septiembre de 2022, mis testículos cambiarán de nombre y pasarán de llamarse Victorio y Peregrino a Cástor y Pólux, siendo Cástor el derecho y Pólux el izquierdo. Si alguien tiene alguna duda o necesita una aclaración en cualquier idioma, incluido el siamés, puede ponerse en contacto conmigo por los circuitos habituales.


Email del 19 de septiembre 2022 Leer más »