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| Cecily Brown, «Guys and dolls» (1997) |
Hola:
Hace apenas dos horas, un cura me ha silbado en la calle, parece que ahora les gustan maduritos. Mi primera reacción frente a su libido infrahumana ha sido cruzar las piernas pero al hacerlo la próstata ha vuelto a molestarme, por lo que he optado por arrancármela y tirarla a un contenedor. Mientras me alejaba del sacerdote rijoso y alborotador he observado con cierta impresión como este se acercaba a la basura y se la guardaba en un bolsillo. Al principio no le he dado demasiada importancia, pues he imaginado que sería coleccionista de próstatas, pero cuando se ha largado a trote hacia la iglesia y ha entrado en ella, he sentido una especie de intranquilidad emocional que todavía me inquieta.
Llevo todo el día pensando en la muerte y he llegado a la conclusión de que los muertos no necesitan mechero, pues los cadáveres no fuman. Es increíble el poder de razonamiento del cerebro humano cuando se exprime al máximo. Incluso el mío, bastante aburrido y apático por naturaleza puede llegar a deducciones inusitadas y de un valor filosófico sin igual cuando se lo exijo. En esos instantes de lucidez psíquica es cuando realmente le doy cierto valor a la existencia, por otra parte bastante predecible, pero de obligada experiencia. A veces me pregunto cuál es la razón por la que el cerebro se aloja en la cabeza y no en el ano, pues allí, envuelto en perfúmenes esenciales y rodeado de un esfínter vigorexico, tendría más posibilidades a la hora de razonar de una manera más productiva. Lo que está claro es que ningún órgano o apéndice importante se encuentra donde debería estar. Por cierto y hablando de zonas corporales, ¿podrías explicarme para qué diantres sirven los sobacos? Además de para criar golondrinos, acrocordones y hacer ricos a los fabricantes de desodorantes no creo que tengan una función útil, aunque puedo equivocarme.
Te habrás dado cuenta de que este es un mail visceral y vulgar, con pequeños toques de humor tabernero y mínimas dosis de inteligencia. No me importa en absoluto. Como no me pagan por aforismo, ni por chiste, ni siquiera por palabra, puedo permitirme el lujo de escribir memeces de calibre superior al normal sin herir mi dignidad. Eso es lo bueno de ser anormal, nunca tienes que dar explicaciones a tu «yo» interior, más que nada, porque ese «yo» a ciertas alturas de la vida se debe haber mudado a otro país para escapar de la vergüenza.
Besos
