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| Benjamin Anderson, «Liquidation» (2007) |
Hi, my dear friend:
Este es mi mail mas tempranero, puesto que me acabo de levantar, eso sí, bastante animado y cantando el Kumbayá con parte de la letra en spanglish. Sinceramente, estoy convencido de que es mejor contemplar el amanecer con cara sonriente y espíritu bondadoso en lugar de cagarse en el Supremo, creador y regidor implacable de todos los futuros, pues para esto último ya hay tiempo durante el resto del día. Personalmente, prefiero maldecir a las fuerzas celestiales a partir del mediodía, que es cuando me siento un poco más fuerte y cuando creo que los insultos están más justificados. Me es indispensable interactuar con por lo menos un par de cretinos para sentir esas náuseas imposibles de reprimir que yo bautizo como cenutriofobia y que, generalmente, suelen tener consecuencias letales sobre mi caracter. En resumidas cuentas, este texto es anterior en el tiempo diario a mi suprema transformación en huraño, insociable o misántropo despreciable, así que creo que deberías valorarlo como se merece. Eso no quiere decir que vaya a estar repleto de florecillas silvestres multicolores, jilgueros cantando posados suavemente en una ramilla o cielos color turquesa, pues hasta el momento no he llegado a ese extremo de sencillez anímica, pero sí que, de alguna forma, será menos cruel con el ser humano, sus valores enfermizos y lo que estos pueden llegar a representar en una sociedad justa, libre y perfecta (¡Ja!).
De todas las palabras que alguna vez han salido de mi despiadada boca destacaría una: algolágnico. Según mi diario, este magnífico y poco usado vocablo fue escupido por mi bocaza el 17 de abril de 1981 a las 15:47 horas mientras un colega me atizaba en la cabeza con una tortuga carey disecada y yo me descuajeringaba como un autentico poseso idiota. Personalmente, creo que es un término o voz fonéticamente perfecto y animaría al personal que todavía utiliza más de cincuenta palabras en una conversación habitual, a emplearlo de una forma precisa, cabal y correcta. Al fin y al cabo todos somos algolágnicos, activos o pasivos de alguna forma, aunque el 90% no sepan lo que quiere decir la dichosa palabreja.
Después de mi anterior clase de vocabulario raro y poco usado, voy a permitirme el lujo de cambiar de tema, demostrándote al mismo tiempo la rapidez innata de mis pensamientos contemporizados y la poca credibilidad que tienen para las neurasténicas neuronas que se ufanan en fabricarlos. Como aún no he desayunado ni me he duchado, voy a hablarte sobre las ovejas y la forma correcta de acariciarlas en el bajo vientre sin herir sus sensibilidades o las de sus dueños. Pero antes, permíteme un corto mensaje comercial:
«Todos los proxenetas están de acuerdo. Utiliza el látigo Josef Mengele, confeccionado con cuero porcino de primera calidad y demuestra a tu esclava para qué sirve un macho fascista y reprimido.»
¿Te has parado a pensar detenidamente en la cantidad de suciedad que hay en las calles y lo guarra y cochina que es la mayor parte de la gente? Hasta el momento había visto tirados al lado del contenedor colchones, muebles viejos, neveras desvencijadas, inodoros mugrientos, ropa ensangrentada y cosas así, pero ayer vi algo que me dejó alucinado. Al lado del cubo de basura municipal que hay en la calle contigua a la mía, había tirada una Angraecum Equitans perfecta y saludable en su pequeño tiesto de plástico. Caray, ya tiran hasta las orquídeas más raras, preciosas, caras y difíciles de conseguir. Alguien que se atreve a arrojar a un cubo de desperdicios una planta de ese calibre es alguien que no valora la belleza de los seres vivos falsamente llamados «inferiores». ¿Cómo se puede llegar a un punto de bajeza moral tan ruin y despreciable? Puedo llegar a comprender que se pueda acabar tirando al cubo de los desperdicios a una suegra o un niño que berrea demasiado, pero no estoy preparado para contemplar a un hermoso vegetal yaciendo inerte al lado de compresas hinchadas, servilletas de papel repletas de mierda verde o inmundicias semejantes. El mundo, o lo que creemos que queda de él está llegando a su fin. Puedo ver los títulos de crédito finales cada vez que salgo a la calle. Y quizá es lo mejor para todos…..
Ha llegado el momento de que vaya a relajarme mientras un montón de agua con cloro y cal cae sobre mi cuerpo perfecto en la ducha. Por cierto, un agua que nos cobran a precio de oro y que tiene una calidad ínfima y que puede llegar a lisiarnos de por vida si no la utilizamos correctamente. Yo, generalmente me ducho con un traje de neopreno, que al mismo tiempo que realza la silueta de mi oronda y magnífica barriga, protege mi piel suave y libre de impurezas de las afecciones que puede producir semejante H2O.
Besos (haz con ellos lo que te plazca)
