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| Ben Olson, «Le pope of fools» |
Hola:
Fundé el Club de Neuróticos de Valencia (CNV) el día 11 de febrero de 1985, tras tener un sueño extraño en el que era engullido por una vieira gigante que usaba gafas graduadas con cristales progresivos para ver de cerca, aunque después de tragarme por completo, el pectínido sufría un fuerte ataque de mioclonía frenoglótica y me vomitaba vivo pero asquerosamente cubierto de bilis de color verde «Chartreuse». Actualmente, ejerzo de administrador general y secretario en funciones, pues el sujeto que hasta hace apenas una semana ocupaba ese cargo está convencido de que es una caries dental alienígena y se encuentra hospitalizado en el pabellón de alta seguridad del manicomio municipal.
Celebramos el primer congreso a los diez minutos de la fundación y redactamos nuestro primer manifiesto tras bailar una sardana a la pata coja. Desde entonces, hemos pasado de veinte miembros a veintidós, aunque hay un tipo que casi nunca asiste a las reuniones pues está enamorado de un ravioli satiriásico extraordinariamente celoso que controla sus movimientos y, en definitiva, transforma su vida en una repugnancia de difícil solución.
Como no tenemos dinero suficiente para alquilar un local que haga de oficina y sala de actos, nos reunimos en un váter público, casi siempre en el de la Renfe, y no puedes llegar a imaginarte lo que nos cuesta convencer a la policía de que no estamos celebrando degeneradas orgías bisexuales sino reuniones entre amigos aquejados de una patología similar pero nada reprobable.
Ser neurótico en un mundo repleto de seres cabales, íntegros y sobre todo honrados y decentes nos asusta y nos hace preguntarnos si verdaderamente somos unos enfermos despreciables que merecen exterminio o si el destino nos ha jugado una mala pasada, seguramente por haber sido malvados y ruines en una existencia anterior. No he de explicarte la sensación que cada uno de nosotros experimenta cuando nos tachan de locos y desequilibrados por el simple hecho de no ser como ellos quieren que seamos; por no asumir el rol para el cual se supone que estábamos predestinados, que no era otro que el de formar parte de una población perfecta, superior, esplendorosamente madura y, en definitiva, la culminación evolutiva del homo sapiens desde que hace bastantes miles de años decidió erguir la espalda y cambiar de look.
Si tuviera la oportunidad de volver atrás, al día en que mis padres me concibieron, te prometo que trataría der ser una célula responsable y digna de mis semejantes, a las que honraría manteniendo una membrana plasmática despejada, fluida, racional y rozando, por qué no, la perfección absoluta.
Besos histéricos.
