Email del 13 de agosto 2012

Richard Prince, Killer Nurse. 2005

Hey:

De entre todas las flatulencias dolorosas que se han formado en mi tracto gastrointestinal, hay una que destaca sobre las demás. Dicha ventosidad, a la que llamé Fifí, que me amargó durante una semana y que al final fue destruida gracias a un montón de comprimidos de Flatoril, transformó mi carácter y me convirtió en un maldito cínico despreciable, incapaz de interactuar con humanos guapos y, sobre todo, un negativista recalcitrante. Pero no te escribo para disertar sobre mis gases estomacales, aunque la verdad es que el asunto daría para varias páginas y al final estoy seguro de que te resultaría una lectura reconfortante, sino para quejarme enérgicamente sobre el desodorante Deliplus y su fama inmerecida. Creo que fue el lunes de la semana pasada cuando por alguna razón completamente ilógica decidí cambiar de marca y adquirir el de Mercadona; ya sabes que esa es su marca blanca en droguería y perfumería. No me voy a detener a expresarte con cuanta emoción llegue a casa y con qué ilusión lo deslicé por mis axilas, por supuesto después de destaparlo. Al principio y por mucho que intenté meter la nariz entre el sobaco izquierdo (sabes que soy rojo hasta para este tipo de cosas) no percibí ningún olor agradable; la verdad es que tampoco reconocí ni siquiera mi olor corporal viril, recio y súper masculino, pero no me alarmé, pues es de todos sabido que algunos de estos potingues, sobre todo los que son en barra, tardan un rato en hacer efecto. El problema surgió cuando de repente y sin previo aviso mi oreja derecha se desprendió por completo, cayó al suelo y fue mordida por mi perro. Tampoco me hizo sentirme del todo bien el hecho de que de uno mis sobacos empezase a crecer una mano y tratara de estrangularme. Pero lo que de verdad trastornó mi atractiva seguridad en mí mismo fue lo que ocurrió pasadas las doce y cuarto de la noche. Como sé que eres fácilmente impresionable voy a omitir por completo la serie de transformaciones increíbles que afectaron a algunas partes de mi cuerpo.

Mientras te escribo estas líneas, una enfermera grande y gorda, pero que por razones incomprensibles sólo pesa cuarenta y dos kilos, me está cambiando el catéter; mientras su asquerosa sonrisa demuestra que debería visitar al odontólogo más a menudo, no para de contarme la suerte que tuvo su tío-abuelo Alfredo en la guerra civil cuando unos fascistas lo confundieron con un salmón de rio y Superman lo salvó de ser cocinado y engullido en el último instante. Sinceramente, no sé si estoy en el hospital, en un sanatorio mental o simplemente en un sueño, pero no me importa. He llegado a un punto en mi vida en que lo único verdaderamente importante es sobrevivir sin pasar por la consulta del urólogo. Y creo que lo estoy consiguiendo. Poco importa que el noventa y cinco por ciento de mis antepasados masculinos murieran de cáncer de próstata, gangrena de Fournier o tuberculosis urogenital. De momento estoy vivo, no demasiado cuerdo, eso está claro, pero todavía soy capaz de gritar piropos obscenos en las manifestaciones y consignas políticas a las tías buenas y macizas.

Si quieres que te sea sincero, desconozco cuándo se terminará este sueño, o cuándo me darán el alta en el frenopático. Si como yo espero sucede antes de que el anticristo regrese a la tierra y someta a suplicios considerables a los políticos, jueces y ninfómanas, te avisaré con un silbido anagramático soplado debajo de tu ventana. Si por el contrario no sucede nunca, te recomiendo que sigas con tus estudios de sociología neoconductista zulú y con la clase de inexistencia que llevas ahora.

Querida, tengo que despedirme, pues si no lo hago la gorda de la que ya te he hablado y que me cambia los pañales me asfixiará con ellos. Te deseo lo mejor de lo mejor en esta vida, y lo peor de lo peor en la otra vida, ya sabes, esa que algunos imbéciles creen que existe pero que realmente sólo existe cuando uno está verdaderamente jodido.

Un besazo.