Segundo email del 16 de agosto 2012

Max Ernst, La vierge corrigeant l’enfant Jésus devant trois témoins: André Breton, Paul Eluard et le peintre, 1926

Hola otra vez, cielo:

Hace unos días recibí por Gmail un correo de un supuesto lector de mi blog en el que entre otras cosas me explicaba lo mucho que se ríe con mis textos divertidos y bla bla bla, y el enorme desprecio y asco que siente por bastantes emails, sobre todo los graves e introvertidos o aquellos en los que arremeto contra la religión y la vida. En su atolondrada misiva compara ese tipo de escritos con los de un suicida en potencia y me pregunta cuál es la razón por la que no me cuelgo de una viga para bien de los que realmente están convencidos de que vivir es un auténtico regalo de Dios.

Al principio, nada más leer ese conjunto de malas interpretaciones y extrapolaciones de mis humildes emails (dirigidos a ti) decidí no hacerle ni puto caso y, por supuesto, no enviarle una respuesta. Pero como el cerebro de los primates es volátil, contradictorio y la mayor parte de las veces, extremadamente cambiante a conveniencia, esta madrugada he decidido contestarle y he preparado una respuesta. Te la copio:

Querido anónimo:


Al leer tu email he sentido unas repentinas ganas de viajar a cierto lugar lejano y en otro continente donde veneran a Herodes el grande y destrozar su altar por no haber extendido su hobby a Europa y más concretamente a España y al pueblo valenciano donde entre terribles esfuerzos viniste al mundo. Me imagino la cara de tus progenitores cuando contemplaron la santidad de tu cuerpo y la luz que resplandecía cuando sonreías a tu tremenda fortuna, la suerte de haber nacido para abrazar la inútil creencia de que todo lo que sucede es por un solo motivo (Dios). 


Puede o no que exista ese estúpido ser todopoderoso que juega con nuestros futuros, pero lo que está tremendamente claro es que tu Dios y el Dios de los católicos no es el mismo. El tuyo es incluso más fascista y peligroso. Ellos veneran una figura que les proporciona consuelo y dolor al 50 %. Tú, sin embargo, o mejor dicho, tu Dios sólo tiene un motivo para existir: dotar de autoritarismo concentrado a ciertos individuos trastornados. Porque eso eres tú, amigo sin nombre, un pingajo de carne con una cabeza repleta de odio y tontería a partes iguales, que desea de una forma totalmente irracional que ese maldito Dios inventado por sus miserias y terrores le regale cada día la perpetua razón. 


En una de tus más graciosas ocurrencias me dices que debería suicidarme por el bien de la gente que piensa que vivir es un regalo de Dios. Tu Dios. El Dios de los cenutrios. Un Dios asesino y cruel que no duda en propagar odio disfrazado de enseñanza. Pues bien, querido, me suicidaré cuando tú seas lo suficientemente valiente como para comerte a tu madre guisada con alcaparras en un Wok, es decir, nunca. Porque aunque mis escritos sean pesimistas con los seres racionales, no dejan de ser textos libres, con más o menos ficción, pero sobre todo, son míos; y yo, al contrario que tú y tu Dios omnipotente, supremo y absoluto, sólo doy MI opinión, que puede ser o no correcta y que, como nos sucede a los que verdaderamente pensamos, puede cambiar de un día para otro según las circunstancias, aunque a veces, no voy a mentirte, intervienen otros factores que ni en un millón de millones de años podrías llegar a entender.


No voy a extenderme más, mi tiempo es valioso y tú no te mereces ni un segundo. Sigue malinterpretando a tu antojo, sigue creyéndote un ángel misericordioso. A mi me la refanfinfla.



Tuyo:



Greg


PD: Me alegra saber que mis textos graciosos te divierten. Me apuesto un céntimo a que no los comprendes y que simplemente te ríes por inercia. La inercia de los zoquetes, que en su gran conjunto nos transporta a la involución final.

No sé si creerás que he sido demasiado benevolente con él, pero no tenía ganas ni tiempo para extender mi desprecio. De todas formas, y tú bien lo sabes, ya nada será igual, porque todo cambia y al mismo tiempo todo sigue un rumbo establecido, para bien o para mal.

Un besazo.