Email del 23 de agosto 2012

Marc Chagall, Clock. 1914

Querida:
¿Cuánto tiempo dura un suspiro? Yo te lo diré, pues lo he cronometrado: 2 segundos aproximadamente, 3 si acabas de comer queso y te sientes fortalecido, es decir, el mismo tiempo que un abogado dedica a su aseo personal diario y el doble de lo que le dura a un sacerdote la fe en Dios. Claro que estos datos no son más que una conjetura, pues nunca me he acercado a un picapleitos y desde que tomé la comunión jamás un cura ha osado situarse a menos de 150 metros de distancia de mi. Pero el dato de los segundos al suspirar es real. Como te dije, está cronometrado en mí mismo y validado por un notario al que soborné con un «vale por 3 sodomizaciones y 1 orgía» en un club de alterne gay. Como tú eres una mujer que usa el cerebro, quizá pienses que definitivamente mi locura ya se ha vuelto peligrosa, pero no te preocupes, todavía puedo pasar delante de un cuchillo jamonero sin sentir deseos irrefrenables de cortar yugulares. Simplemente, me cronometro para matar el tiempo. Si tuviera curare lo asesinaría envenenándolo, pero mi otra personalidad no me deja tener productos químicos peligrosos en casa, salvo leche de burra, que es la que uso para bañarme (ahora ya sabes porqué mi cutis es tan suave).
Desde que empecé a computar y a anotar mis tiempos he llenado 2 libretas de anillas y voy por la tercera. A continuación te transcribo algunos datos interesantes acerca de algunos de mis tiempos o marcas personales:
Pedorretas: De 3 a 38 segundos.
Eructos: Entre 4 y 7 segundos.
Orinar: Datos no concluyentes. 
Defecar: Datos indeterminados o no confirmados.
Dolores flatulentos: De 5 minutos a 16 días.
Ataques epilépticos: 38 segundos aproximadamente.
Lumbalgia: Un espasmo cada 6 meses de una duración cercana a las 2 horas por ataque.
Cunnilingus: Sin chicle hasta 1 hora, con chicle, un sopapo.
Fornicar: De 4 horas en adelante.
Cantar: Aunque tengo una voz semejante a la de Enrico Caruso, no canto nunca. Algunas veces toso y carraspeo, pero nada, de ahí no paso.
Planchar ropa:
a) Camisa, 7 minutos y un ataque de nervios.
b) Calzoncillo, 2 minutos cada slip, 15 minutos los bóxer.
c) Leotardo, 1 minuto, aunque la única vez que lo intenté, éste desapareció sin dejar rastro. 
Mis insultos duran entre 2 a 3 minutos, según quién sea la victima. Si es humana generalmente la cifra no baja de 2.68, aunque mi marca está en 9 horas seguidas (con una parada de 45 segundos para que mi trainer personal me secara el sudor).
Cocinando tengo algunos records difíciles de superar:
a) Albóndigas de Könisberg, 25 minutos, 27 si se me cae la sal al suelo .
b) Tortilla de patata, 4.34 minutos aunque generalmente no me complico la vida y la suelo robar en Alcampo.
c) Ñoquis con Ragú de Ternera, 33 minutos pero sustituyendo la ternera por berenjenas.
Tengo un amigo que incluso cronometra el tiempo que necesita su mujer para quitarse la faja sin golpear al perro con las gomas elásticas y otro que baila sevillanas disfrazado de almorrana, aunque esto no venga al caso. Computar el tiempo es un hobby enfermizo, pero también una forma de controlar la inevitable decadencia que produce el incesante fluir de una hora tras otra. Además, si no pudiera controlar mi propio tiempo, ¿en qué malgastaría las putas horas? Hablando de malgastar las horas y putas, tuve una novia que malgastaba el dinero, pero nunca las horas, pues con la pasta compraba tiempo al taxidermista que la dejaba como nueva y a veces incluso le quitaba la ropa con la boca. Pero creo que estoy divagando. Caray, ahora que lo pienso nunca he cronometrado mis divagaciones, ni mis purgaciones, ni siquiera…. ¡Basta ya! No puedo seguir así. Necesito algo de paz mental o acabaré suicidándome (¿podría cronometrar mi propio suicidio?). A veces pienso que no me queda tiempo que gastar, otras que este es infinito y que puedo usarlo, odiarlo, malgastarlo, acoplarlo, conquistarlo, amarrarlo, ajustarlo, acotarlo, afinarlo, alquilarlo, apretarlo, asegurarlo, autorizarlo, combinarlo, confiarlo, cortejarlo, enfadarlo, ensartarlo, forzarlo y violarlo, pero también gestionarlo, hechizarlo, honrarlo, juzgarlo, marcarlo, llorarlo, mostrarlo, infectarlo, multiplicarlo, motivarlo, personalizarlo, pisarlo, podarlo, vomitarlo, traicionarlo y amueblarlo. ¿Amueblarlo? ¿Amueblar el tiempo? Bueno, todo es cuestión de intentarlo. En Ikea venden unos armarios de aglomerado que quitan el hipo (NOTA: cronometrar las contracciones espasmódicas involuntarias) y unas chaiselongues cómodas hasta el punto de provocar orgasmos mortales en el que se sienta.
Ahora debo dejarte, amiga mía. Mientras te escribía este penoso email mi crono ha estallado. Uno de sus muelles ha golpeado al ficus que a su vez ha caído encima de mis zapatillas ensuciándolas con compost y tierra. Si no las lavo ahora, no lo haré nunca, sobre todo porque en los chinos las venden a 2.50 euros. Por cierto, tardo 12 minutos con 45 segundos en recorrer los 984 metros que me separan del «todo a 1 euro» a la pata coja y 9 minutos si lo hago a la manera tradicional. 
Un saludo.