![]() |
| Michael Sowa, Big buzzer (s. XXI) |
Querida:
Cuando tengo pocas cosas que hacer o me aburro demasiado suelo concentrarme en minucias, o por lo menos en detalles que de otra forma se me hubiesen pasado por alto. Ayer estuve cerca de dos horas contemplando un cenicero y estudié su estructura al completo: el metal niquelado, las incrustaciones de madera teñida de colores diversos, la cavidad cóncava, diseñada posiblemente por un visionario de la edad de piedra, que sirve para depositar los cilindrines y que la ceniza no se derrame en cualquier sitio, las muescas de algunos golpes en el pasado que dejaron su huella y le proporcionan un cierto status de ancianidad y deslucimiento, las manchas grises aunque casi imperceptibles resultado de continuas limpiezas deficientes o descuidos inquietantes. Cuando me harté del cenicero, mis ojos eligieron el mando del televisor y escrutaron con avidez cada uno de sus múltiples botones y los dibujitos que descansan sobre ellos, gastados a fuerza de apretarlos una y otra vez en una especie de movimiento mecánico, absurdo y primario.
No creas que soy un tipo obsesivo, simplemente se trata de un sencillo ejercicio para combatir el sopor y la ansiedad. Podría resolver crucigramas o cambiar de sitio algunos muebles, pero no serviría de la misma manera a mis propósitos, que no son otros que mantener amodorrados los pensamientos. Razonar es un arte, y de alguna forma nos define como seres superiores, pero puede ser un arma de doble filo. En el pasado he llegado a conclusiones inquietantes utilizando el cerebro. Y si lo analizamos debidamente, no parece que esta facultad extraordinaria nos vaya a salvar de la hecatombe final o como lo denominaba Einstein, la aniquilación total.
Ahora estoy mirando las hojas marchitas de un helecho que descansa cerca de una pared, al lado de una ventana situada al norte. Puedo distinguir perfectamente una mosca de aspecto poco lustroso descansando entre sus esporas. Al igual que sus antepasados, el insecto es un superviviente que no conoce la definición de la palabra «moral»; por eso ha sobrevivido sin perceptibles cambios morfológicos. Vuela y se alimenta porque en algún rincón de su cadena genética existe una orden establecida que le obliga a hacerlo. Nada más que eso. Pero al mismo tiempo ¡es tanto! Todo es poco, mucho es demasiado y algo es parecido a nada. Si pudiera reencarnarme, me gustaría ser todo o nada.
Voy a finalizar este email con un pequeño chiste: ¿en qué se parece un microtúbulo a un ñoclo poco hecho? Yo no lo sé, pero espero que tú me des la respuesta.
Un abrazo.
