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| Dalí, El caballo de Caligula (1971) |
Sí, otra vez soy yo:
Cayo Julio César Augusto Germánico, más conocido con el sobrenombre de Calígula, nombró senador a su caballo Incitato; yo acabo de nombrar virrey a un cimex que he encontrado roncando en mi almohada viscoelástica. Por si no lo conoces, el cimex o chinche de las camas es un insecto bastante pequeñajo y gamberro que se alimenta de la sangre del animal de sangre caliente -humanos incluidos- que tiene más cerca. Y como virrey ha de asumir que dentro de sus competencias está administrar y gobernar la totalidad de mi catre. No creas que es una tarea sencilla, pues entre otros cometidos tiene que llevar una completa relación de los lavados de sábanas, vueltas mensuales del colchón de látex y otros onerosos menesteres. Para enfatizar su nombramiento, le he bautizado como Lectularius de López y Pérez, y su virreinato será recordado como el más cuerdo dentro de la vesania que caracteriza a su omnipresente Dios, yo. Porque seré el señor de toda la habitación y todo se hará siguiendo las tablas de la ley esculpidas sobre mis testículos. Cada ser racional, irracional, ilusorio o incluso extraterrenal estará obligado a santiguarse doce veces antes de osar mirarme. Y mis esclavos lavarán y plancharán mi ropa interior y bailarán de gozo cada vez que me digne a escupirles. Y cuando crea que se han rebajado lo suficiente, les engatusaré con sobres repletos de inmundicias. Y se sentirán agradecidos cuando apoye mis sacrosantos pies sobre las bocas de sus hijos, que servirán de cojines. Y se martirizarán con cilicios diseñados especialmente para el vulgo, la plebe, la chusma. Y de mis orejas brotará ambrosia prodigiosa que… Creo que me he pasado utilizando la conjunción copulativa «Y». Pero es tan bonita; me recuerda un tirachinas o la horquilla de un zahorí. Hace años alguien, no recuerdo exactamente quién, me regaló un monoptongo de cobre. Yo quería una consonante oclusiva y me enfadé con él. Para que hiciéramos las paces, la hermana del sujeto me entregó su «Y» preferida, la que guardaba entre sus pechos, y desde entonces me enamoré de la letra, de la hermana, de sus pechos y de un taxista hermafrodita que pasaba por allí en esos momentos.
Un queso (ya no me quedan besos)
