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| Christian Edler. Emotion landscape |
Amiga:
Mi viaje por el infierno ha escondido un dolor inimaginable. He estado a punto de no regresar y no tengo claro si parte de mi psique se encuentra todavía en estado catatónico. De momento creo que mi dignidad no se ha visto demasiado dañada, pero sí mi estómago y el sistema locomotor, aunque supongo que en unos pocos días ambos volverán a su estado normal. Pero es que se me juntó todo en un breve espacio de tiempo: una serie de desgracias tanto internas como externas, los biorritmos emocionales y psíquicos arrastrándose por los suelos y, la maldita luna llena rielando sobre mi cabeza. No trato de justificarme, pues cuando cometo una estupidez suelo llevarla hasta sus últimas consecuencias, pero te puedo asegurar que un impulso perverso e inusitado ha movido mis hilos como si fuera una marioneta de trapo y, por alguna razón, no he podido o he querido resistirme.
Ahora, mientras intento mantener el pulso, me siento avergonzado e impasible. Si pudiera y fuera efectivo, no dudaría en sacrificar un cebú a los cocodrilos del Guelta de Matmata en el Chad, para dar las gracias por mi regreso del lado sombrío y conservar parte de mi dominio racional. Mientras estuve caminando perdido por los acantilados, crestas, macizos entrecortados y desfiladeros de la muerte, cruzados por llanuras aluviales repletas de cadáveres carbonizados por sus propias decisiones, no sentí ninguna clase de miedo, pero añoraba la vida inconsciente que había llevado hasta entonces.
La respuesta nunca está en los Valiums. Dudo de que exista tal respuesta, pero acabo de convencerme de que las pastillas incrementan el estado de indefensión ante los procesos imperfectos de la existencia. Sólo tenemos una vida, no es el regalo maravilloso que algunos idiotas pregonan para demostrarse que están vivos, pero es la única que conocemos y deberíamos estrujarla hasta llegar a tolerarla. Lo contrario es un suicidio incompleto.
De ahora en adelante voy a volcarme en las plantas y los animales. Interactuar con humanos conlleva unos riesgos tan imprudentes como poner un brazo en la boca de uno de esos cocodrilos del Guelta. Supongo que saboreando la soledad que implica no pertenecer a ninguna parte podré llegar a sentirme menos desaprovechado. Sí, soy un memo, pero ¡caray, todo es tan empalagosamente complicado!
Un beso
