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| William Colclough Thomas. Tradescantia Bermudensis |
Amiga:
He pasado cerca de tres horas contemplando las tradescantias. Al contrario de lo que puedan pensar algunos, no ha sido en absoluto una perdida de tiempo. Prefiero admirar las hojas y las flores de mis plantas que perder un sólo segundo viendo un partido de futbol, que en realidad es la única fuerza que mueve a las masas en este extraño y decadente país. Poco o nada importa que nos estemos muriendo de hambre, aprisionados por las ideas psicóticas y trasnochadas de nuestros gobernantes. ¿Para qué salir a la calle a detener esta sangría, si una pelota de cuero tiene el poder narcotizante de convertir la naturaleza humana en embrutecimiento e insensibilidad? Estamos rozando el límíte de la cuenta atrás. A partir de ese instante, ya no serán útiles las palabras, sólo los gruñidos. Amontonaremos los libros en cuevas subterráneas y las bloquearemos con brasas incandescentes. Quemaremos los museos, los cines y cualquier cosa que tenga que ver con el conocimiento y la inteligencia y adoraremos la vacuidad absoluta como deidad suprema.
He pasado cerca de tres horas contemplando las tradescantias. Mientras yo me preguntaba cómo es posible que existan tales bellezas en este planeta, alguien o muchos, en algún lugar, o quizá en demasiados sitios, se alegran de pisar las flores. Para jugar al fútbol se necesita un terreno árido, o por lo menos sin plantas que hagan penoso el deslizamiento del balón, aunque si te lo puedes permitir, tienes a tu disposición extensos cotos de césped rodeados de gradas donde nadie, absolutamente nadie, te reprochara nada; donde incluso se te convertirá en héroe si marcas un gol o evitas que el equipo contrario te vapulee. Poco importa que en el exterior se libre una batalla por la supervivencia, porque no escucharás los lamentos de los que todavía lubrican el cerebro y creen en la bondad del hombre como creación máxima de la evolución.
He pasado cerca de tres horas contemplando las tradescantias. Observado atentamente el crecimiento de las que están a pleno sol y comparándolo con las que descansan a la sombra. He podado las hojas secas y he abonado a las más necesitadas. Es posible que no te lo creas, pero he hablado con las abejas que rondaban el polen de las inflorescencias, tratando de convencerlas para que no pierdan demasiados granos durante el vuelo. ¿Qué más se puede pedir? No tengo un anillo como el del rey Salomón, pero soy capaz de conversar con especies que no poseen la facultad del habla. Puedo materializar mis pensamientos y transformarlos en aromas químicos, o en zumbidos, en relinchos, balidos, chillidos, aullidos, chasqueos, cacareos… ¿Puedes hacer tú lo mismo?
Un abrazo
