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| Carl Spitzweg. The Bookworm (1850) |
Amiga mía:
Mi ensayo «Exégesis de la aporia» va por buen camino. Ya he escrito el título y las palabras «Se acabó» que, como puedes suponer, irán al final, justo después del último párrafo. Sospecho que nadie que tenga un mínimo de sentido común se atrevería a terminar un texto filosófico con esa expresión, pero en mi caso es diferente: necesito tranquilizar los nervios de los lectores que hayan sido capaces de llegar hasta la última página y notificarles graciosamente que su sacrificio ha terminado. Me siento tan esperanzado con este tratado que tengo miedo incluso de pensar sobre qué va a tratar; pero por lo menos tengo la seguridad de que el título atraerá a algunos intelectuales incautos, y que cuando quieran devolver el volumen y exigir el reintegro de lo que pagaron por él ya será tarde, pues estará descatalogado. Si la memoria no me falla, mi libro anterior dejó de figurar en catálogos editoriales quince minutos después de ser publicado, con lo que conseguí al mismo tiempo salir en el Guinness World Records y provocar una apoplejía a la prostituta a la que había prometido destinar todos los beneficios.
Escribir aumenta mi autoconfianza y algunas erecciones involuntarias e incontroladas. Cuando no estoy delante de una hoja en blanco, experimento una sensación extraña muy parecida a la que siente un constructor de edificios al que le han escondido el casco protector de seguridad dentro de una papelera pública, justo al lado de una compresa sucia y tres paquetes de chicles sin azúcar vacíos. Poco o nada me importa si los editores corren asustados y con el rostro desencajado cuando les presento uno o varios textos. Escribo porque necesito gastar el tiempo. ¡Y porque no sé tocar la batería! Si supiera, te aseguro que dedicaría tres cuartas partes de mi existencia a aporrear sin compasión el bombo, la caja, los timbales y los platos, para regocijo y disfrute de los perroflautas del vecindario.
Claro, que el duro trabajo de escribir se suavizaría enormemente si no existieran las malditas comas, que me sacan de quicio y me provocan sudores fríos y ataques de ansiedad acompañados de diarrea osmótica. ¡Nunca sé dónde ponerlas! Ni siquiera estoy seguro de que desempeñen un papel esencial dentro de la narración o la escritura en general, a no ser el de impedir que los lectores con menos capacidad pulmonar caigan al suelo asfixiados. Pero hay que seguir las normas, aunque éstas sean absolutamente disparatadas e imbéciles. Un día voy a revolucionar el mundillo literario escribiendo una obra de 2000 páginas únicamente con consonantes africadas y oclusivas. Y te aseguro que no perderá un ápice de coherencia textual.
Pero mientras espero que llegue ese gran día, debo seguir justificando las palabras que mi padre Gregorio II me repetía cuando era pequeñín: «Nunca serás nada en la vida.»
Un abrazo (de Gregorio III)
