Email del 20 de agosto 2014

N.C. Wyeth. The opium smoker (1913)

Querida:

En mi barrio hay una tienda de venenos. Allí acuden todos los que por algún motivo no están contentos con su vida. Nunca he entrado, pero cuando paso por la puerta intento mirar de reojo. Tengo un amigo que tiene una amiga cuyo hermano estuvo a punto de suicidarse en ese local, pero se arrepintió en el último instante y ha contado todo lo que allí ocurre. Incluso pudo sacar de tapadillo una carta de venenos e hizo unas fotocopias que ahora pasan de bolsillo en bolsillo. La mía está manchada de sudor y con la tinta corrida de tanto manosearla. La verdad es que tienen una gran cantidad de bebidas ponzoñosas. Mis preferidas son «Muerte Livia» y «Adios chiripitiflautico». El primero está dedicado a la esposa del emperador Augusto que, entre otras muchas cosas, fue una gran envenenadora, mientras el segundo tiene reminiscencias del capitan Tan, Locomotoro  y Valentina y se suele beber mezclado con té Mofeng de la Montaña Huangshan o con zumo de Rambutan.

Claro que, si no quieres morir bebiendo, también puedes hacerlo comiendo. Su menú de repostería está a la altura del de cualquier pastelero que haya viajado a París o Roma en tren, y dicen que sus pancakes de solomillo y berro no tienen comparación. El único problema que yo le encuentro a esta forma de arrepentimiento existencial es que te obligan a firmar un documento mediante el cual les eximes de cualquier responsabilidad o delito, y otro en el que autorizas que tu deceso pueda ser grabado y fotografiado, aunque dejan claro en el contrato que las copias que envíen a la familia y allegados serán sin coste alguno, cortesía de la casa.

¿Te has dado cuenta de lo torpe que puedo llegar a ser como narrador o cuentista? He completado un montón de líneas explicando las entretelas del establecimiento y todavía no he sido capaz de escribir su nombre comercial. Y es que el talento, o mejor, la falta absoluta de él, no es una cuestión meramente genética, sino una pasión irrefrenable, adquirida durante años y años tachonados de monumentales y sorprendentes esfuerzos. ¿Sabes? Cuando era pequeño y me preguntaban qué quería ser de mayor, siempre respondía con la misma palabra: gusano. Y cuando me volvían a preguntar extrañados cómo es que quería ser lombriz, simplemente, cerraba los ojos y viajaba en sueños perfectamente inducidos a mi madriguera subjetiva, relativa e individual.

En mi barrio hay gusanos. Algunos son acantocéfalos, pero la mayoría son anélidos repelentes. Los puedes ver sentados en las terrazas de los bares o comprando en los grandes establecimientos de moda mientras se hurgan los dientes con las tarjetas Visa. Como nunca pude llegar a ser uno de ellos, puedo insultarlos con alegría. Odio lo que representan y lo que engendran. Me repugna su aliento y me da miedo su mirada, enferma y desgastada. Si estuviera en mis manos los mataría a todos de un buen pisotón. De esa forma los borraría de mi chip estropeado que hace años, muchos años, cuando era idiota e inexperto, los reverenciaba porque representaban la verdadera felicidad, esa que sólo se obtiene si nunca -o pocas veces- usas el cerebro. Pensar asesina. Pensar es el verdadero veneno.

Un abrazo

PD: No pienso decirte el nombre de la venenería.